02 agosto 2018

Domingo 5 agosto: EL ALIMENTO QUE SACIA EL CUERPO Y EL ESPÍRITU


Resultado de imagen de JESÚS, ALIMENTO QUE SACIA DE VERDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna. Sí, es evidente que lo primero es buscar el pan nuestro de cada día; tenemos un cuerpo al que debemos alimentar diariamente, si queremos que se mantenga sano y fuerte. El pan físico de cada día es necesario para alimentar el cuerpo, pero no es suficiente para alimentar al hombre. El ser humano es mucho más que cuerpo, es espíritu, es anhelo, es deseo, es amor, es felicidad. Si alimentamos físicamente el cuerpo, pero dejamos vacío el espíritu, el ser humano se siente insatisfecho y frustrado. Sigue siendo estadísticamente verdad que hay muchos más suicidios entre los ricos que entre los pobres. Jesús reprocha a los que le buscan que le busquen únicamente porque les ha saciado el cuerpo; yo no he venido sólo para eso, les dice, yo he venido para daros un pan que sacie vuestro espíritu, un pan que os alimente para la vida eterna. En tiempos de crisis económica, todos nosotros podemos caer en la misma tentación en la que cayeron aquellos seguidores de Jesús: podemos terminar creyendo que lo único importante en estos momentos es saciar el hambre corporal. Y, como hemos dicho, esto no es así: el dinero es necesario para vivir físicamente, pero no es suficiente para ser vivir felizmente. Tratemos de ganar, con esfuerzo, el pan nuestro de cada día, pero no nos olvidemos de buscar, también con esfuerzo, el pan que alimente nuestro espíritu para la vida eterna. Esto es lo que nos pide Jesús en este texto evangélico que leemos este domingo.


2.- Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed. San Juan repite muchas veces las palabras de Jesús cuando dice que “el que cree en mí tiene vida eterna”. Cuando san Juan dice <creer> no se refiere a un asentimiento racional, sino a un compromiso vital. Creer en Jesús es seguirle, es defender sus valores, es alimentarse con su espíritu, es dejar que sea él el que dirija y gobierne nuestra vida. El que cree en Jesús de esta manera no pasará hambre, ni sed. Jesús, mientras vivió en este mundo, dio de comer a muchos pobres materialmente hambrientos y sació la sed de muchas personas espiritualmente sedientas. Esto es lo que debemos hacer los seguidores de Jesús: luchar contra el hambre física que padecen injustamente millones de personas y tratar de saciar la sed espiritual que padecen muchísimas personas descarriadas e insatisfechas. La Iglesia de Jesús debe ofrecer, en la medida de sus posibilidades, ayuda física y consuelo espiritual a las personas que se acercan a ella. De alguna manera, la Iglesia de Jesús debe tratar de ser para mucha gente despensa, fuente y farmacia física y espiritual. Esto es lo que hizo y fue Jesús de Nazaret y esto es lo que debe intentar ser la Iglesia Católica.

3.- Vestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdadera. San Pablo se dirige a cristianos recién convertidos del paganismo al cristianismo. Antes, les dice, erais como hombres viejos, corrompidos por deseos seductores, ahora debéis vivir como hombres nuevos, creados a imagen de Dios, cuyo único vestido debe ser la justicia y la santidad verdadera. Este programa de vida que propone san Pablo a los nuevos cristianos de Éfeso es un programa que sigue siendo válido para todos nosotros. Justicia y santidad, ahí es nada. Los cristianos de ahora debemos aspirar a ser lo que siempre han debido ser los seres humanos: justos y santos. Justos en nuestras relaciones sociales y laborales con las demás personas, y santos, amando a Dios y al prójimo sobre todas las cosas. A este hombre nuevo, vestido de justicia y santidad, es al que debemos aspirar todos los días, intentando dar muerte en nosotros a tantos deseos seductores que todavía siguen vivos en nuestro hombre viejo.