31 julio 2018

Domingo 5 agosto: Quiéreme por lo que soy


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“Ámame por lo que soy y no por lo que tengo.” Así de conciso, el refranero castellano, nos puede resumir a la perfección el mensaje evangélico de este domingo. Acostumbrados a fiarnos sólo de lo que vemos, nuestra fe nos exige algo más: ir al fondo y no quedarnos en lo externo.
Las personas, por lo que sea, nos dejamos seducir rápidamente por los sucesos extraordinarios.
1.El verdadero milagro de Dios entre nosotros es Jesús. Lo demás, incluidos los signos, prodigios y milagros que realizaba, no estaban encaminados ni mucho menos a satisfacer la necesidad puntual del momento. ¡Iban mucho más allá! ¡Jesús era el Hijo de Dios! Sin esa percepción, sin esa fe, sin esa confianza, los milagros no hubieran sido posible.
No hace mucho tiempo regresaban dos peregrinas de realizar parte del Camino de Santiago en España. Y, a su retorno, una de ellas decía: “No nos hemos encontrado con Dios ni con el Espíritu Santo”. La contestación del sacerdote no pudo ser menos clara y contundente: “¿Ya lo habéis buscado?.”

Y es que no siempre, entre los pliegues de lo que decimos creer, sentir o celebrar, damos lugar a lo más extraordinario de todo ello: la presencia de Cristo en medio de nosotros. Nos puede ocurrir un poco como aquella maraña de carreteras que, de tanto cruzarse entre sí mismas, no había forma de salir al camino principal. ¿Ya buscamos a Jesús en medio de los caminos y recovecos entre los que nos encontramos? ¿Ya le decimos que sea el mejor milagro de nuestro vivir? Una fe oportunista (creo cuando veo o cuando siento) no es buena. ¿También vosotros os queréis marchar?

2. La Iglesia, en estos momentos, también tiene el mismo problema que sufrió Jesús en propias carnes. Hay muchos que, lejos de verla como un signo de la presencia de Dios en el mundo, la toleran porque hace el bien. Porque soluciona problemas. Porque llega a los lugares más recónditos del mundo levantando hospitales, construyendo orfanatos o cuidando a los enfermos de Sida. Pero, la Iglesia, no desea que sea apreciada por su labor social o humana. Su fuerza, su orgullo y su poder no está en esas obras apostólicas (que están bien y son necesarias para calmar tantas situaciones de miseria o injusticias). El alma de nuestra Iglesia, de nuestro ser cristiano es Jesús. Un Jesús que tan sólo nos pide creer en El como fuente de vida eterna. Como salvación de los hombres y de todo el mundo.
A Jesús, primero, le pedían pan. Luego le exigían más y, al final, solicitaban de Cristo, todo, menos lo esencial: su Palabra, su Reino, la razón de su llegada al mundo. Al final por pedir pidieron hasta su cuerpo en cruz. ¿Pudo dar algo más?
Que sigamos viviendo nuestra fe con la seguridad de que, Jesús, sigue siendo el pan de la vida. Y, sobre todo, que amemos al Señor no por aquello que nos da, sino por lo que es: Hijo de Dios.
 Javier Leoz