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04 mayo 2018

La pascua es alborozo del espíritu

1.- PARA DIOS NO HAY FRONTERAS. – Cornelio era centurión de la cohorte itálica, una de las más prestigiosas del imperio romano. Hombre profundamente religioso que temía al Señor y que “hacía muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios”. Un pagano que sentía en lo más íntimo de su alma la necesidad de amar y dar culto al verdadero Dios… Cristo lo había predicho: “Vendrán de Oriente y de Occidente, para sentarse en la mesa de los hijos de Abrahán, de los hijos de Dios”. Es uno de los momentos primeros en los que esa profecía maravillosa se cumple. En contra incluso de lo que pensaban los judíos, entre los que también estaban los mismos apóstoles.

En efecto, Pedro, el primero de todos ellos, se va a oponer a la admisión de los gentiles de un modo casi instintivo. Él seguía pensando que no debía de entrar tan siquiera en la casa de un pagano, convencido de que ese acto le manchaba, le dejaba impuro ante Dios… Pero el Espíritu, la gran fuerza que mueve a la Iglesia, le empuja a vencer sus escrúpulos de judío observante. Y entra en casa de Cornelio. Y descubre atónito la buena disposición de aquel soldado romano, sus sinceros deseos de encontrar el verdadero camino.
 “Levántate que yo también soy hombre” -responde Pedro a esa actitud de humilde adoración-. Es un encuentro imborrable, un primer e importante paso para la difusión universal del Evangelio del amor y de la verdad. Gracias a esto, también nosotros, los paganos de la remota Hispania, escucharíamos un día la proclamación del mensaje cristiano.
Al ver Pedro la de fe de aquel puñado de paganos, se siente conmovido. Descubre en los hechos la magnanimidad grandiosa de Dios, su corazón grande, inmenso, tan lleno de amor y de deseos de salvación. En él no hay acepción de personas, no hay clases sociales, no hay favoritismos, no hay injusticias. Las puertas de su casa, la Iglesia Santa, están abiertas de par en par para todos los hombres que acepten, lealmente, su mensaje de liberación.
Los judíos pensaban que sólo los descendientes de Abrahán podían participar en los bienes que Dios daba a los hombres. Sólo ellos eran hijos del Altísimo. Pero esa cortedad de miras se cambia de modo insospechado, para dar cabida en las moradas eternas de Dios a todos los hombres, paganos o no, de la tierra.
 Sólo era necesario practicar la justicia y temor a Dios. Temor que no es miedo, temor que es amor reverencial y entrañable. Temor no de siervo que tiembla ante el látigo, sino temor de hijo amante que se entristece ante la posibilidad de causar una pena a su buen Padre Dios… También es necesario practicar la justicia. Dar a cada uno lo que es suyo, no aprovecharnos de nadie, por muy débil que sea. Cumplir con honradez las obligaciones personales de cada momento y circunstancia. Ese es el temor y esa es la justicia ante la que Dios se complace, derramando a manos llenas su gracia, su paz, su amor.
2.- ALEGRÍA EN PLENITUD. – Bajo la luz de la Pascua seguimos contemplando a Jesús que abre su corazón a los apóstoles, en la intimidad del Cenáculo. Como para el evangelista San Juan, aquellas palabras han de adquirir para nosotros una dimensión nueva y profunda después de que Cristo ha resucitado. Su victoria de entonces, preludio de la victoria final y definitiva, confiere a nuestro entendimiento una perspectiva más rica y luminosa para comprender lo que el Maestro nos dijo. El triunfo de Jesús fortalece además nuestra voluntad, enciende la ilusión y el entusiasmo de ser fiel a Jesucristo hasta la muerte, para recibir luego la corona de la vida.
Declaración de amor son las palabras que el Señor nos dice hoy: “Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo… Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos…”. Palabras que abrasan el alma y que fueron, y son, una realidad viva y gozosa; palabras que resuenan ahora con la misma fuerza de la vez primera que se pronunciaron, con la misma intensidad, con la misma urgencia. Pablo expresa con vigor esa incidencia del amor de Dios en el alma y exclama: La caridad de Cristo nos urge. Sí, también a ti y a mí nos urge con su impulso arrollador el amor divino.
Pero el amor es cosa de dos. Dios nos ama con toda la grandeza infinita de su corazón. Sin embargo, el hombre puede quedarse insensible al requerimiento divino, puede decir que no, o lo que es peor puede responder que sí a medias, sin que esas palabras de correspondencia pasen de sus labios, sin decir que sí con el corazón, con las obras. Jesús nos urge insistente: “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Está claro, no basta decir que se ama a Dios, hay que demostrarlo con una vida coherente y fiel al querer divino.
La Pascua es el tiempo de la alegría, es tiempo de fiesta, es alborozo del espíritu. El Señor nos conoce, sabe cuánto añoramos la dicha íntima y verdadera. Para que la alcancemos nos ha prescrito, como un mandato nuevo, el mandamiento del amor: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Este es el resultado de una fidelidad exquisita al Señor: una felicidad honda, la alegría inefable del mismo Dios, el gozo llevado hasta el culmen de su plenitud. Alégrate, hermano mío, alégrate. Surge de nuevo de tu vida muerta, di que sí al Señor que te habla de amor y recobra la dicha y la paz suprema.
Antonio García-Moreno