20 enero 2018

Para fijarnos en el Evangelio del domingo 21 enero

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• Mc 1, 14-15 Resumen de la predicación inau- gural de Jesús. El lugar geográfico en que Jesús inaugura su presentación es Galilea, una región hasta entonces insignificante y sin relieve. Aquí hace oír su voz, apareciendo no como un profeta más, sino como aquel en quien, llegada la plenitud de los tiempos, el esperado Reino de Dios comienza a ser realidad. Reino de Dios es una expresión que hunde sus raíces en el Antiguo Testamento y el judaísmo. Compendiaba todo lo que Israel esperaba de los tiempos mesiánicos. En labios de Jesús adquiere un significado concreto: soberanía universal de Dios como Padre compasivo y salvador. Sobre los corazones opri- midos destella así un rayo de esperanza.
La prioridad primera de Jesús es el Reino (cf. Mt 6,33). Esta realidad es ofrecimiento y don de Dios, del que nadie queda excluido. Pero, si Dios otorga, espera a su vez una respuesta de acogida por parte del hombre. La respuesta exigida se expresa en dos actitudes concretas: conversión y fe.

• Convertirse significa literalmente tomar otra dirección, cambiar de rumbo, no quedarse donde se está y como se está, esforzarse por llegar a ser lo que se debe ser. En el contexto de la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios esto equivale a permitir que Dios sea Dios, a reconocer a Dios como la realidad que todo lo determina; equivale, en otros términos, a romper la cerrazón humana, a abandonar toda autosuficiencia, a vivir la existencia terrena como don recibido de Dios.
• La segunda actitud, la fe, no es sino el lado positivo de la primera: la apertura y disposición a escuchar, la buena voluntad para abandonarse al poder salvador de Dios con una confianza ciega y total. ¡Esa es la esencia de la vida creyente: experimentar el amor divino y dejar que el Padre sea Padre en nuestra vida por la acción del Espíritu que obra en nosotros! Todo lo demás viene después.
• Mc 1,16-20 Llamada de los primeros discípulos. Conversión y fe tienen que realizarse en el seguimiento de Jesús. La vocación de los primeros discípulos es, por su parte, un ejemplo concreto de conversión y de fe y, por parte de Jesús, un acto revelador de lo que Él quería y debía realizar.
Llamando a su seguimiento a unos pescadores, Jesús manifiesta que no se propone actuar como un simple rabino o maestro de su tiempo. Estos, en lugar de llamar a sus discípulos, eran llamados y elegidos por ellos. Además, la perspectiva de la llamada de Jesús no tiene connotación magisterial de ninguna índole. En juego está la vinculación a una persona, no a una doctrina. La iniciativa de Jesús, que llama y crea la decisión de seguirlo, hace pensar en la iniciativa y autoridad con las que el Dios de Israel llamaba sus profetas para que llevaran a cabo u misión especial en favor del pueblo (1 Re 19,19-21; 2 Re 2,12-15), misión que aquí viene explicitada en la imagen de ser pescadores de hombres, es decir, de reunir a los miembros dispersos del pueblo de Dios.
El contenido del relato no se agota aquí. La elección de los cuatro primeros discípulos (dos parejas de hermanos pescadores: Pedro y Andrés, Santiago y Juan) tiene un carácter ideal y ejemplar. Detrás de esta escena se esconde una teología del seguimiento de Jesús en clave comunitaria. Ser discípulo, o lo que es lo mismo, miembro de la comunidad que comienza a ser formada por Él, no es otra cosa que: a) escuchar la llamada de Jesús, que siempre lleva la iniciativa; b) seguirle con decisión para compartir su estilo de vida y asimilar sus enseñanzas; c) aceptar la tarea confiada, prosiguiendo su causa; d) preferirle por encima de todo lo demás, ya que en Él está obrando Dios; e) asumir vocación y misión por el Reino no en solitario sino de manera comunitaria.
Podemos percibir en esta historia, el primer paso hacia la formación de la comunidad, que el Padre bueno desea como fermento del Reino. La llamada consistente en seguir personalmente a Jesús se convierte en exhortación para sumarse, de manera libre y consciente, a la comunidad de los discípulos del Maestro, que se gozan con la aceptación del Reino y colaboran con ilusión y valentía en su extensión. Quien elige el seguimiento de Jesús se convierte en:
– una persona nueva: hija del Padre bien amada y hermana de sus semejantes;
– equipada de un hacer renovado: con fuerza interior de gracia, para llevar a cabo el cumplimiento de la ley y los profetas en plenitud;
– situada en unos tiempos nuevos: los últimos, que preludian la consumación escatológica y anticipan toda su fuerza salvífica.