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10 agosto 2017

Tras las huellas de Clara de Asís. Parte I


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Fuente: Ediciones Aránzazu

Clara de Asís, conocida por muchos como la “plantita de san Francisco”, tenía personalidad propia, una personalidad exquisita que merece la pena descubrir.
Nos vamos aproximando a la celebración de su fiesta, el día 11 de agosto y, con la ayuda de algunas de nuestras publicaciones sobre ella, queremos ofreceros un sencillo camino de acercamiento a su vida y su espiritualidad.
Cojamos su mano y caminemos junto a ella con un nuevo ánimo, una nueva mirada, un nuevo sentido, que nos llene de nuevas fuerzas para creer, esperar, amar..
“Me llamo Clara y nací en 1193, en Asís, una bella ciudad de la Umbría italiana, en una casa-torre de la plaza del pueblo, cerca de la catedral de San Rufino. Mi familia, perteneciente al linaje de los Offreduccio, era una de las veinte familias más ricas y poderosas de la zona. Mi madre fue una gran mujer. Dotada de grandes aptitudes humanas y una profunda fe cristiana, cuando esperaba emocionada el feliz momento de mi nacimiento, oró ante un Cristo crucificado pidiendo ayuda para el momento del parto, y escuchó en su interior estas palabras: “No temas, porque de ti saldrá una gran luz que iluminará el mundo”.  Y desde ese momento supo que me llamaría Clara.
Mi infancia fue feliz, aunque no siempre fácil. Fue mi madre quien me enseñó los fundamentos de la fe cristiana, iniciándome muy pronto en la oración con métodos adaptados a mi edad. Mi madre era una mujer que se entregaba con todo su ser y cuya coherencia de vida la hacían creíble. De ella aprendí la firmeza de voluntad siempre acompañada de la dulzura, el sentido positivo de la vida y una profunda gratitud por lo beneficios de Dios. También junto a ella aprendí el amor para con los pobres, ese amor que mi madre tantas veces practicaba con sencillez y sin ostentación. Mi vida era acomodada, rodeada de bienestar, y ver a otros niños viviendo en la pobreza, solos, sin el calor y la seguridad de una familia, interpelaba mi corazón y me sentía llamada a compartir con ellos todas esas cosas buenas que yo tenía en mi vida. 
Mi inocencia infantil pronto se vio turbada por el horror y la crueldad de aquella interminable lucha entre los nobles y el pueblo, hasta llegar a experimentar la dureza del exilio. Fue mi tío Monaldo quien nos llevó a toda la familia a Perusa, donde residimos durante varios años. Una nueva ciudad, diferente a Asís, no sólo por su situación geográfica y por su estructura, sino también, y sobre todo, por la costumbres de los ciudadanos, diferentes a aquellas en las que se había desarrollado mi vida hasta ese momento. Se estaban gestando tiempos nuevos y había que aprender a situarse en ellos. Y una vez más mi madre Ortolana fue un ejemplo de vida para mí.
Por lo demás, mi infancia se fue desarrollando según las costumbres de la época y recibiendo la instrucción en aquellas materias que constituían el ajuar de una mujer de la aristocracia de aquella zona. En el proyecto de mi familia estaba el matrimonio, pero yo sentía que mi vida debía transcurrir por otros caminos y decidí oponerme a esos proyectos. No fue fácil, ya que en aquella época en las familias nobles eran los padres quienes decidían el porvenir de los hijos, y más especialmente de las hijas. Además en mi familia no había herederos varones, y siendo yo la primogénita, había más interés aún por concretar acuerdos favorables de matrimonio con alguna otra familia noble. Y aunque llegué a estar cansada de esta larga lucha familiar, yo me mantuve inflexible. No quería seguir el camino establecido, quería seguir el camino del Evangelio que había ido descubriendo desde mi niñez de la mano de mi madre; un camino que pide cambiar de mentalidad y no conformarse a las costumbres del mundo.
Tenía claro el camino, pero necesitaba encontrar el cómo hacerlo realidad. La Iglesia en aquellos tiempos ofrecía diferentes posibilidades de consagración. Yo suplicaba sin cesar al Espíritu Santo que me indicara el camino. En esa situación estaba cuando llegó hasta mí una noticia que corría de boca en boca: Francisco de Pedro Bernardone había abandonado todo y estaba iniciando un nuevo camino evangélico. Había emprendido una  nueva vida de comunión fraterna y de pobreza extrema. Surgió entonces dentro de mí el deseo de conocer de cerca su nueva experiencia de vida. Me enteré que Francisco iba a hablar a los fieles de Asís en la Catedral y fui a escucharle. Y al hacerlo sentí vibrar en lo más íntimo de mi ser una profunda sintonía espiritual.
En aquel momento, a los ojos de la gente bien de Asís, Francisco no era sino un aventurero, un exaltado. Pero yo estaba decidida a encontrarme con él, aunque fuera algo que estaba muy lejos de los convencionalismos sociales de aquella época, algo atrevido e incluso temerario. Por supuesto tenía que hacerlo a espaldas de mi familia, lo que no facilitaba las cosas; pero lo conseguí. Aunque de eso os hablaré en otra ocasión."

Bibliografía:
Clara de Asís. Un silencio que grita, Chiara G. Cremaschi. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Me llamo Clara de Asís, Gadi Bosch. Ediciones Franciscanas Arantzazu
Clara de Asís, habitada por la vida y el amor, Hermanas Clarisas de Salvatierra. Ediciones Franciscanas Arantzazu