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04 agosto 2017

¡Cuidemos a los niños en nuestras celebraciones!


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Tenemos el encargo de cuidar el crecimiento espiritual de los niños de nuestras escuelas, barrios, parroquias, ciudades. Es cierto que el entorno espiritual en el que crecen hoy no es fácil y que en un escenario de desapego eclesial, al menos en España y buena parte de Europa, la Iglesia debe hacer un esfuerzo para que los espacios sagrados y las celebraciones sean adecuadas. Las Eucaristías que celebramos hoy, pese a la riqueza propia de la liturgia, se encuentran lejos muchas veces de las necesidades pedagógicas que requieren los pequeños. Si queremos que estos niños de hoy vayan creciendo como creyentes, debemos procurarles una experiencia más inteligible en su niñez.
La principal responsabilidad, obviamente, recae sobre la familia. Es en la familia, a través de padres, abuelos, padrinos, donde los niños deben ir iniciándose en la oración, en la escucha, en el perdón, en la acción de gracias… pero no sólo la familia es responsable de esto. También la comunidad donde esa familia es acogida y vive su fe (parroquia, escuela, comunidad, etc.) es escuela espiritual y litúrgica para todos los niños.

Enseñar y acompañar a los niños en las celebraciones es fundamental, sobre todo en lo que se refiere al acceso a la Palabra de Dios y a su escucha. Hay textos que son más adecuados para ellos y otros más complejos y conviene explorar las posibilidades que nos da la Iglesia al respecto. Ejercitar la escucha y el silencio para luego ayudarles a llevar la Palabra a su vida concreta de todos los días es fundamental. Escucharles también a ellos y descubrir cómo reciben la Palabra es también un ejercicio muy recomendable. Pero se trata de que vayan viendo cómo el Evangelio, de manera privilegiada, tiene algo que decirles con su edad, en su lugar de residencia, con sus preocupaciones, sueños, actitudes y realidades cotidianas. Creo que más allá de la figura tan manida de Jesús como amigo, los niños pueden ir descubriendo a Jesús también como maestro, como hermano, como compañía segura, como Hijo de Dios que trae la buena noticia del Reino.
Y, por último, hay que animarles y posibilitarles el que puedan participar. Muchos de ellos pueden cantar en el coro, tocar instrumentos, preparar el local o el altar, llevar las ofrendas al altar, responder en la homilía… Las acciones no deben llevar a los niños a la distracción sino más bien lo contrario pero todo llevado con ambiente festivo, fraterno…
Ojalá nos animemos a crecer en todo esto. No sigamos pensando que deben ser los pequeños los que se deben adaptar a lo que los mayores les ofrecemos. Tampoco se trata de infantilizar el misterio. En el fondo se trata de contar con ellos, de cuidar el ambiente, los gestos y las palabras y de ser un poquito más “niños” nosotros también.
Un abrazo fraterno – Santi Casanova