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17 julio 2017

Sorprendidos por la palabra

El día en que Jesús no preparó el sermón…
Ante todo quiero subrayar un detalle que pasa casi inobservado. No faltan ni mucho menos los comentarios sobre la parábola del sembrador y la consiguiente explicación de la misma. La semilla, los diversos tipos de terreno, el rendimiento de cada uno, Cristo en equilibrio precario sobre aquel púlpito insólito que era la barca meciéndose a la orilla del lago.
Pero se olvidan de la escena introductoria, que me parece muy sugestiva.
«Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago».
Parece que no tenía nada programado, que no tenía ninguna cita con nadie, que no había ningún compromiso especial.
Se sentó a contemplar el panorama familiar de «su» lago.
Creo que es también éste un rasgo significativo de la humanidad de Cristo.

Juan nos presenta a un Jesús agotado por el viaje, que descansa junto al brocal de un pozo.
Marcos nos habla de un Jesús que duerme sobre la barca sacudida por olas furiosas, con la cabeza apoyada en una almohada.
Mateo nos regala esta escena sorprendente del Maestro en un momento de distensión, a la orilla del mar. Quizás está alabando al Padre por aquella obra maravillosa de sus manos. O, simplemente, deja que se empapen sus ojos de la belleza que lo rodea, permaneciendo en silencio.
«Y acudió a él tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla…»
No se nos dice cuánto tiempo duró aquella soledad extática. El evangelista quema los intervalos, entrelazando las secuencias sin darnos la posibilidad de medir el tiempo.
De todas formas, todo parece desarrollarse con la mayor naturalidad y bajo el signo de lo imprevisible, casi de la improvisación. Aquel día Jesús no había pensado quizás en encontrarse con el público, que acudió llamado nadie sabe por quién y de qué manera. ¿Quiere decir esto que no se había preparado para el sermón? Hay muchas circunstancias que así lo hacen suponer. Pero hay que reconocer que, en el evangelio, Jesús toma la palabra casi siempre con espontaneidad, estimulado por las circunstancias, provocado por los acontecimientos más accidentales, tal como se presenta. Para él no hay tiempos ni lugares privilegiados. Puede ser la explanada del templo, o una habitación cualquiera, o el recinto de una sinagoga, o -como hoy- una playa.
Sorprende que, en estas circunstancias, casi todo el discurso «en parábolas» se sitúa en un ambiente campesino: se habla de la siembra, de los campos, del grano y de la cizaña.
Solamente al final, después de volver a casa, el Maestro utiliza una imagen relacionada con el lago (los pescadores que, después de sacar las redes, se sientan y seleccionan los peces). Quizás se trate de una escena que contempló él mismo por la mañana, antes de que su soledad se viera interrumpida por la llegada de un público inesperado.
Pero saquemos enseguida una modesta conclusión de tipo práctico. A saber. Una forma esencial de preparación consiste en la capacidad para observar la realidad. Uno «encuentra» a las personas sólo cuando encuentra el mundo que les es familiar y se sumerge en él.
La gente rodea a Jesús, de pronto; casi le obliga a hablar, aunque él no se lo había propuesto, porque sabe que comparte sus problemas, que es experto en la vida de cada cual, que no es un extraño, que no está lejos de las situaciones concretas de la existencia «común».
No es sólo Jesús el que sabe hacerse escuchar. Es en primer lugar la gente que quiere escucharlo, porque se reconoce en lo que él les dice.
El problema del lenguaje es también un problema de capacidad de «sentarse», como Jesús, a la orilla del mar (y en lugar del mar podemos pensar en cualquier otro panorama, aunque no tenga un contenido tan poético) y ponerse a mirar…
Aquella mañana, el Maestro no se fue a la playa a preparar el sermón. Lo que quería era estar solo, contemplar. Deseaba establecer un contacto con la naturaleza, con un cierto mundo, sin ninguna preocupación inmediata…
Por casualidad, el problema del lenguaje ¿no será también un problema de ojos abiertos más aún que de lengua?
Eficacia y riesgo de la palabra
El tema de fondo de la liturgia de hoy podría enunciarse de esta manera: eficacia y, al mismo tiempo, riesgo de la palabra de Dios. La perspectiva en que podemos interpretarlo es doble: por parte del predicador y por parte de los oyentes.
Isaías nos informa que Dios nos manda «cada una de sus palabras», encargándola de que obtenga un objetivo concreto, un efecto bien determinado.
No podemos hacer con la palabra de Dios o sacar de ella lo que nosotros queramos o decidamos. Es la palabra misma la que tiene que producir lo que Dios ha establecido.
Si obtiene resultados distintos, vuelve al cielo «sin efecto».
Son los deseos de Dios los que cuentan, no nuestras intenciones (por muy laudables que sean).
No está en manos del que anuncia fijar de antemano, según sus puntos de vista o sus propios gustos, las consecuencias de su sermón. Y mucho menos le está permitido aprovecharse de la palabra para desahogar sus resentimientos reprimidos o lanzar «advertencias» a su antojo o tomarse la revancha contra los adversarios que él sabe…
La palabra de Dios no puede jamás ser un pretexto… para otra cosa.
Todavía es más preocupante el caso en que el predicador recibe una orden, por así decirlo, del director de orquesta de turno, y se pone a tocar temas, a templar cuerdas, a machacar teclas, a iniciar motivos, para llegar -forzando quizás las cosas- a conclusiones «musicales» que pueden agradar mucho a los oyentes y entrar en los intereses de algunos, pero que no tienen nada que ver con la palabra de Dios. También es poco honrado apelar al evangelio para cosas y problemas -o soluciones de problemas- que el evangelio ni siquiera rozó.
En la otra parte, no es el destinatario (y también el predicador, lógicamente, es un destinatario) el que tiene derecho a escoger las ideas que más le agradan.
Me atrevería a decir que las ideas no las proponemos nosotros después de haber leído o escuchado el sermón.
¡Las ideas las tiene Dios antes de que comience el sermón!
En una palabra: si nuestras ideas -y, desde luego, su actuación son reductivas respecto a las suyas, o están desfasadas de ellas, la palabra resulta ineficaz.
Por muy paradójico que parezca, las ideas son anteriores a la audición de las mismas. Y no se formulan en el aire.
Dios «piensa» algo sobre nosotros cuando nos dirige la palabra. Cada palabra suya contiene un deseo, una esperanza, un proyecto, una… idea de Dios.
Por tanto, no es importante que el predicador baje del púlpito más o menos satisfecho. Ni que los oyentes se muestren contentos o desilusionados, según hayan oído decir lo que se esperaban, lo que les gustaba, lo que entraba en sus esquemas mentales o en su programa de vida.
Lo interesante, por el contrario, es saber si la palabra ha vuelto a su sitio después de «haber cumplido aquello para lo cual» la había enviado Dios.
Y el deseo de Dios, evidentemente, no se limita al hecho de que alguien exclame: «¡Qué bonita homilía! ¡esto es precisamente lo que quería oír!».
Y, sin embargo, esto es un grave riesgo.
El peor enemigo: la costumbre
La interpretación de los diversos tipos de terreno, más o menos prometedores, más o menos productivos, nos la dio ya Cristo. Los comentaristas de todos los tiempos han dado otras muchas.
Me gustaría aludir solamente al peligro más grave que corre la palabra de Dios. Que no es el rechazo explícito, sino más bien la costumbre.
El fenómeno, una vez más, se verifica en dos lugares. Encima y debajo del púlpito.
Por parte del predicador, la costumbre toma la forma de oficio, de repetitividad, de falta de originalidad, de discursos grises y manidos, de vulgaridad, de desánimo.
Por parte de los oyentes, la costumbre quiere decir desencanto, aburrimiento, rutina, sensación de tenerlo todo archisabido, desconfianza, interés superficial, indiferencia, distracción, tedio mal disimulado.
Tanto de una parte como de otra, no hay un verdadero compromiso, ninguna vibración interior, ninguna participación profunda.
A ninguno se le ocurre pensar que la proclamación de la palabra de Dios se hace con vistas a la conversión.
No se dan cuenta de que en esa palabra -como nos recuerda Isaías, en el trozo que cita el mismo Cristo- tienen que implicarse los ojos, los oídos y sobre todo el corazón. Sí, se trata precisamente de «entender con el corazón».
Uno puede decir que ha hablado o escuchado sólo si la palabra ha sido captada en el corazón. La palabra germina, es guardada, explota en el corazón, y encuentra la complicidad de otros corazones.
En el camino de Emaús, Cristo abrió a los dos discípulos desilusionados la inteligencia de las Escrituras, practicando la hermenéutica del corazón. «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»: Lc 24, 32. Su mente se despertó, iluminada por un conato de incendio en el terreno del corazón.
Me pregunto muchas veces personalmente cuál es el antídoto más eficaz contra el endurecimiento de la costumbre (endurecimiento que afecta a los oídos, al corazón… y también a la vista).
Y hasta ahora no he encontrado otro remedio que éste: hay que acercarse a la palabra de Dios, a una página del evangelio, a cada una de sus frases, como si fuese la primera vez. Y en realidad se trata siempre de la primera vez, porque esa palabra es viva, eficaz, nueva, inspirada e inspiradora «al instante».
El sacerdote que preside los domingos la Eucaristía debería acercarse al trozo del evangelio de aquella misa con la actitud de quien «no sabe» aún lo que está escrito y qué es lo que va a decir (aunque esté bien preparado y haya masticado, «rumiado», durante toda la semana aquella palabra).
Todo el que abra el Libro y se disponga a leer, debería hacerlo como principiante, como inexperto.
La palabra es irrepetible y no reproducible. Aunque uno la haya oído mil veces, no es nunca lo mismo.
Decir que la palabra es ciertamente eficaz, no significa que ilumine siempre de la misma manera y produzca los mismos frutos, obteniendo resultados «standard».
No se trata de una cadena de montaje, en la que todo puede calcularse, preverse y obtenerse «en serie». Se trata de una creación. Jesús nos informa que es posible ver el Reino sólo como recién nacidos. Y el viejo y experimentado y un poco encallecido Nicodemo se quedó pasmado ante aquella revelación.
Así pues, ver y acoger la palabra sólo es posible si se renuncia a la experiencia anterior y se acerca uno a ella con la actitud y la frescura de un parvulillo que empieza a leer, a comprender, a descifrar y a silabear alguna palabra.
La impermeabilidad es derrotada con la vulnerabilidad.
No gente resabiada, escéptica, experimentada y resignada. Sino individuos indefensos, receptivos, con afición de exploradores.
El endurecimiento puede desaparecer sólo si se recupera el sentido de la sorpresa.
Sí, es cuestión (encima y debajo del púlpito) de dejarse sorprender por la palabra.
Los dolores que anuncian el parto
Y añadamos finalmente el sufrimiento como elemento necesario para la fecundidad de la palabra de Dios.
En este sentido podemos leer el texto de Pablo (segunda lectura), donde se habla de los «trabajos de ahora» y de una creación «expectante… aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios». Sí, aquellos hijos que nacen de la palabra y no de la charlatanería de los hombres.
El mismo Pablo alude de manera realista, a propósito de la creación, a los «dolores de parto».
Es evidente que no se trata aquí de la preocupación del sacerdote que tiene que preparar la homilía dominical. Ni tampoco del malestar y del fastidio que a veces sienten los feligreses al oír ciertos sermones.
No, más radicalmente es esa misma palabra la que nos hace sufrir, la que nos desgarra en carne viva, la que sacude nuestro equilibrio normal, la que nos hace sentir mal. Y entran ganas de gritar: «¡Ya basta, Señor! ¡déjame un poco tranquilo, dame una tregua, no me atormentes así!».
Muchos de nosotros pretenden exclusivamente saborear la palabra, gozarla, admirar su belleza y su perfume, como en un jardín.
Pero la palabra no pertenece solamente al terreno de la consolación. Ni mucho menos al del goce estético (aunque sea de una estética espiritual).
La palabra es semilla que produce la vida. Y la vida, para nacer, nos hace un daño… de muerte.
Que la palabra está viva dentro de mí puedo percibirlo, no por las exclamaciones devotas que brotan de mis labios, sino por las heridas dolorosas, casi insoportables, que me produce por dentro.
Isaías nos advierte que también puede haber «falsos dolores» de «falsos partos»: «Habíamos concebido, nos retorcimos de dolor y dimos a luz, pero sólo era viento; no trajimos salvación a la tierra, no nacieron habitantes al mundo… » (Is 26, 18).
De todas formas, es mejor advertir la insoportabilidad de la palabra que la anestesia de la costumbre (¡aunque a veces se disfrace de familiaridad!).