17 julio 2017

¿Compromisos serios?

Conocí, en mis años de Salamanca, a un estudiante de Medicina que, sobre la mesa de estudio de su habitación, había colocado un slogan, a modo de acicate o aliciente, que decía: “El que no consigue lo que desea es porque no lo ha querido de verdad, o porque no ha puesto los medios para lograrlo”.
Me viene a la memoria el recuerdo de aquel futuro galeno, y de su slogan, cuando leo y medito el evangelio de hoy: la parábola del sembrador. Él lanza a voleo la semilla y parte de ella cae al borde del camino, otra parte entre piedras, un tercer lote cae entre cardos, y finalmente el último lote cae en tierra fértil. Trato de conocer a qué parcela del campo pertenezco, y llego a la conclusión de que mi fe se ajusta al trozo de terreno salpicado de piedras.

Jesús, en la explicación de la parábola, dice: “Estos son como la semilla que cayó entre las piedras: oyen el mensaje y de momento lo reciben con mucha alegría; pero no tienen raíces y son volubles; así que, cuando les llegan pruebas o persecuciones a causa del propio mensaje, no pueden mantenerse firmes”. No soy como la semilla que cae al borde del camino, donde están los que no prestan atención al mensaje, ni tampoco la que cae entre cardos, esto es, como los que oyen el mensaje, pero lo dejan morir sin que dé fruto, porque sólo se preocupan de los problemas y negocios de esta vida. Pero tampoco puedo afirmar con la boca grande que pertenezca a la tierra fértil donde la semilla da un fruto cumplido y generoso.
Tengo bien claro que la fe es el resultado de un encuentro importante con Dios, que nos conduce a algún compromiso decidido y serio. Como le sucedió a Zaqueo, que devolvió cuatro veces lo que había robado; y a la Samaritana, que cambió de vida porque se encontró con el agua viva que calma de verdad la sed; y a los dos de Emaús, que se les abrieron los ojos y creyeron en el resucitado al partir el pan.
Cuando he afirmado que mi parcela es el trozo de campo que se halla entre piedras, he intentado manifestar sencillamente que, aunque oigo el mensaje del sembrador, lo recibo, y sigo recibiendo con alegría, ante las dificultades, escollos y pruebas que me visitan en mi caminar, no siempre estoy a la altura de las circunstancias, me acoquino y me arrugo, escatimando un algo mi generosidad y casi nunca logro alcanzar “el sobresaliente”. La semilla da fruto, pero no cumplido y sabroso… Ha llegado la hora de que me comprometa seriamente con Jesús.

En cualquier caso, me atrevo a comentar las otras parcelas del campo: A quienes personifican el borde del camino, los que no prestan atención al mensaje, a los alejados, a los ausentes de Dios, yo les aconsejaría que se acerquen a Jesús ya que la primera condición para para conocer algo es la aproximación, la cercanía; como decía a quien se interesaba por su modo de vida: “Venid y lo veréis”… A quienes encarna el trozo de campo repleto de cardos, esto es, a los que dejan morir a la semilla sin que dé fruto ocupados locamente en los problemas y negocios de esta vida, yo les rogaría que no se apeguen como lapas a los bienes de este mundo y vuelvan su rostro hacia Jesús, el verdadero rico: rico en misericordia… Y por último, a quienes representan la tierra fértil donde la semilla da fruto sano y abundante yo les diría, sencilla y llanamente, que les envidio y voy a intentar emularlos. Prometo despojarme de todos mis estorbos y acoger la semilla y mimarla hasta que fructifique cumplidamente… También yo quiero alcanzar “el sobresaliente”.

Pedro Mari Zalbide