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18 julio 2017

Domingo 23 de julio: Homilías

1.- EL TRIGO Y LA CIZAÑA CONVIVEN EN NUESTRO CORAZÓN

Por Gabriel González del Estal

1. Dejadlos crecer juntos hasta siega. Ya dijo alguien hace muchísimo tiempo que el hombre era mitad bestia, mitad ángel. Nacemos con un corazón inclinado al bien, pero con tendencias al mal, al mismo tiempo. Tradicionalmente hemos dicho que nacemos ya con el pecado original clavado en el alma. El autor de nuestro corazón lo sabe y no nos va a juzgar como a bestias, ni como a ángeles, sino como a hombres. Pero esto, que es un hecho cierto, no nos autoriza a nosotros a convivir plácidamente con el mal que hay dentro de nosotros, sino que nos exige un esfuerzo constante contra el mal. Dios no ha querido que, mientras vivamos en este mundo, podamos arrancar de nuestro corazón todas las raíces del mal, pero nos pide que aspiremos cada día a ser un poco más ángeles y un poco menos demonios. Esta es la tarea espiritual de todo ser humano: vivir de tal manera que, a lo largo de toda nuestra vida, el trigo vaya floreciendo cada día más pujante y más limpio, mientras que la cizaña vaya secándose y destruyéndose. Nacemos pecadores y moriremos pecadores, pero debemos hacer todo lo posible para ser cada día un poco más santos y un poco menos pecadores. El saber que tenemos dentro la cizaña nos debe hacer siempre humildes, mientras que el saber que Dios ha plantado en nuestro corazón trigo limpio nos debe animar a vivir siempre atentos y vigilantes. Al final de nuestra vida, Dios juzgará nuestro trabajo y nuestro esfuerzo, quemará él mismo la cizaña mortecina que aún quede en nuestro corazón y almacenará, gozoso, el trigo pujante de nuestra alma en sus graneros del cielo.


2. Tu poder es principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos... Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento. Este texto del libro de la Sabiduría está ya muy cerca, en el tiempo y en el contenido, al evangelio de Jesús. Precisamente porque Dios es poderoso, está siempre inclinado a perdonar a los hombres, porque sabe que nosotros estamos hechos de barro y fragilidad. El Dios de Jesucristo es un Dios misericordioso, que está siempre dispuesto a perdonarnos, precisamente porque conoce la cizaña hay en nuestro corazón. Lo que quiere es que estemos siempre dispuestos al arrepentimiento y al deseo sincero de ser y crecer como trigo limpio, en medio de un mundo en el que abundan los demonios sembradores de la cizaña y del error. También nosotros debemos ser misericordiosos con todas las personas, estando siempre más dispuestos a perdonar, que a condenar.

3. Hermanos: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. San Pablo dice a los primeros cristianos de Roma que no se desanimen en medio de tantas adversidades como tienen que sufrir y que dejen al Espíritu dirigir sus oraciones y sus corazones, porque el Padre, Dios justo y misericordioso, les va a dar en cada momento lo que más necesiten. Nuestra oración de petición debe ser siempre una súplica al Padre para que nos dé lo que más nos convenga en cada momento. ¡Señor, que se haga tu voluntad en mi vida!

2.- SER Y SEMBRAR BUENA SEMILLA

Por Pedro Juan Díaz

1.- Seguimos con las parábolas de Jesús, con este capítulo 13 del evangelio de Mateo. “Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo”. Son esas parábolas que nos hablan de cómo es Dios y de cómo actúa en el mundo. A veces pensamos que Dios está en el cielo, de brazos cruzados, sin hacer nada, porque no hace lo que nosotros queremos que haga, o porque las cosas no nos salen como nosotros pensamos. Y resulta que Él está más cerca de lo que nosotros pensamos.

2.- A través de estas parábolas, yo entiendo que Dios quiere un mundo bueno y que haya unas personas que hagan el bien, pero que el Maligno también ha sembrado el mal y por eso hay “trigo y cizaña” que crecen juntos. ¿Quién necesitará más a Dios? Jesús dijo que había venido a llamar a los pecadores, porque “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos”. Y esta llamada también nos la traslada a nosotros. Cuando Jesús envía a sus discípulos les dice: “Id a las ovejas descarriadas de Israel y decidles que el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10,7). Por tanto, no debemos asustarnos de que el trigo y la cizaña crezcan juntos, de que exista el mal en nuestro mundo, sino que debemos hacer crecer el buen trigo, para que sea el que predomine.

3.- ¿Cómo hacer esto? Con la parábola del grano de mostaza entiendo yo que cualquier acción, por pequeña que sea, produce un gran efecto, según los planes de Dios. Es decir, que esta tarea ha de empezar por los que tenemos cerca de nosotros. Será importante sembrar buen trigo en nuestra familia. También en las relaciones con nuestros vecinos y con nuestros amigos, entre nuestros compañeros de trabajo y entre todos aquellos que nos rodean. Una pequeña acción, un pequeño gesto, un detalle, harán posible algo muy grande, como la semilla de mostaza, que “aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece se hace un arbusto más alto que las hortalizas”.

4.- ¿Y qué pasa con el resto del mundo? ¿Qué pasa en nuestra sociedad, en el mundo de la cultura, en la política, en los ambientes más hacia el exterior? ¿Hay que sembrar buen trigo ahí también o lo damos por perdido, como la cizaña? La tercera parábola dice: “el Reino de los Cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente”. Si los discípulos le hubieran pedido a Jesús que se la explicara, seguramente les habría dicho algo así como que la masa es la sociedad en la que vivimos y la levadura somos los cristianos, y que nuestra tarea es “ser levadura”, es decir, hacer que la sociedad “fermente”, crezca, con la buena semilla de Dios. Y que los cristianos tenemos que estar en la vida social de una manera activa, pero no imponiendo, sino dialogando. Sabemos que hay cizaña, pero no iremos a arrancarla a hachazos. El evangelio dice: “Los criados le preguntaron: ¿quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Y estaremos ahí, en medio de la masa, por mandato evangélico, enviados por Jesús, para hacer su tarea, para construir el Reino de Dios, para ser Iglesia, presencia de Dios en medio del mundo. Y después de hacer nuestro trabajo, de ser levadura en la masa, dejaremos también que Dios haga el suyo, que esa masa “fermente”.

5.- Fijaros cuantas cosas decía Jesús con sus parábolas. Cada una de ellas merece una reflexión más profunda. Quizá esta es insuficiente. Tal vez deberías leerlas tranquilamente en tu casa, aprovechando este tiempo de vacación y de relax (si es que lo tienes), y preguntarte que te está diciendo Dios para tu vida concreta. Será conveniente que empieces invocando al Espíritu Santo, para que Él interceda y rece en tu nombre, porque muchas veces “no sabemos pedir lo que nos conviene” (2ª lectura). El Espíritu Santo reza por nosotros y pide aquello que verdaderamente necesitamos, aquello que nos va a ayudar a ser felices de verdad.

6.- Que este rato de la Eucaristía que estamos viviendo sea un verdadero momento de encuentro con el Señor Resucitado. Dejemos que Él nos hable al corazón, no lo endurezcamos. Que no sólo seamos sembradores de buena semilla en nuestro mundo, sino que también nosotros seamos buena semilla para los demás. Y sobre todo, que dejemos que Dios siembre su semilla en nuestro corazón con su Palabra y con su Eucaristía.

3.- TRABAJAR POR EL REINO

Por José María Martín OSA

1.- Jesús predicó el Reino. En los evangelios encontramos hasta 10 parábolas sobre el Reino. Jesús hablaba en parábolas para hacerse entender mejor por la gente que le seguía. Un buen ejemplo para los predicadores de hoy día que muchas veces utilizamos un lenguaje elevado, clericalizado y desencarnado de la realidad. En el evangelio de hoy hay nada menos que tres parábolas o comparaciones de lo que es el Reino: la buena semilla sembrada en el campo, el grano de mostaza y la levadura. Las tres nos hablan de vida y de crecimiento, pero también del peligro que acecha e impide la realización del reino de Dios. Porque el Reino "no es de este mundo", pero comienza aquí en este mundo, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. Es el "ya, pero todavía no". Jesús dejó bien claro que su Reino no es como los reinos de este mundo. En él es primero el que es último, es decir el que sirve, no el que tiene el poder. Muchas veces quisieron hacer rey a Jesús, pero El lo rechazó porque había venido a servir y no a ser servido. Su mesianismo no es político ni espectacular, sino silencioso y humilde. En este sentido, recuerda San Agustín que "no dice que su reino no está en este mundo, sino que no es de este mundo. No dice que su Reino no está aquí, sino no es de aquí".

2. - Todos somos responsables de la transformación de este mundo. La consecuencia que se deriva del establecimiento del Reino en este mundo es que tenemos que trabajar para que haya unas condiciones de vida en las que reine la justicia, la paz y la fraternidad. Mientras esto no se consiga, no podemos estar contentos. No debemos huir del mundo, sino implicarnos en su transformación aquí y ahora, sin esperar a que llegue pasivamente el "Reino de los cielos". Es decir, todos somos responsables de la construcción de la civilización del amor, de la que hablaba Pablo VI. Debe crecer y extenderse como el grano de mostaza y nosotros ser levadura que fermenta la masa de nuestro mundo.

3.- Se nos juzgará de nuestro compromiso por el Reino. Dios demuestra que es paciente con todos, bueno y clemente, como proclamamos en el salmo. Su juicio será al final de la historia, dejando mientras tanto que convivan el trigo y la cizaña. Pero también es sabio, pues no juzga por las apariencias y sabe distinguir quién actúa bien y quién actúa mal. Deja que crezcan juntos, pero al final separará a unos de otros. ¿En qué consistirá el juicio? Se nos examinará del amor, dice San Juan de la Cruz. Se nos juzgará de nuestro compromiso por el Reino. Y ese examen no consiste en una prueba final, sino que es una evaluación continua que se realiza todos los días. Los que no se comprometen a nada por escrúpulos de pureza, por miedo o por pereza son los más culpables de todos. Quizá no hicieron nada malo, pero tampoco hicieron nada bueno cuando estaba en sus manos hacerlo. ¿Qué haces tú para construir la civilización del amor?

4.- DIOS ESPERA...

Por Antonio García-Moreno

1.- SER HUMANOS.- Los demás dioses son mentira, invención de los hombres. No hay más que verlos. Son pequeños, limitados, mezquinos. Los hombres se construyeron unos ídolos y les salió algo a la pobre medida de sus manos. Seres raquíticos, dioses que luchan entre sí, dioses con bajas pasiones, con miras cortas. Tiene ojos y no ven, tienen manos y no palpan, tienen oídos y no oyen, pies y no andan. Son dioses muertos, incapaces por tanto de dar vida.

Tú no, tú eres el Dios vivo, el creador de cuanto existe, el mantenedor omnipotente de este ritmo continuo de la vida que sigue sin parar. Tú cuidas de todo. Estás al tanto de todo. Te preocupas de cada cosa con la misma solicitud que una madre buena. Sabes atender al detalle que remata la perfección de una obra, atiendes a lo pequeño y a lo grande, todo lo prevés y lo dispones para nuestro bien.

Si lo creyéramos, Señor... Si creyéramos de verdad que te cuidas de todo. Si aceptáramos la grandeza infinita de tu amor, si no nos empeñáramos en hacerte pequeñito y ridículo, un dios hecho a nuestra medida, tan estrecha y tan escasa. Si comprendiéramos, un poco al menos, tu grandeza de corazón, nada nos robaría la paz. Estaríamos siempre seguros de ti, de esa providencia solícita que piensa en todo, que no deja escapar nada de lo que nos pueda servir de provecho.

Como Tú eres, así debemos ser cada uno de nosotros. Lo dijiste muy claro: "Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso". Y también llegaste a decir: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado". Ni más ni menos. Compréndelo, Jesús. Es difícil, casi imposible. Imposible no, porque entonces serías muy cruel al pedirnos lo que no te podríamos dar. Es posible, sí; todo es posible para el que cree. Y todo lo consigue el que pide sin vacilar.

Hoy, en esta nuestra pobre oración, te pido que seamos como Tú, tan humanos como Tú. Humanos, luego no se trata de algo inalcanzable para el hombre. Incluso, pensándolo bien, ese intentar ser como tú es precisamente lo que realiza plenamente al hombre, lo que le acerca a su máxima grandeza. Ser humanos, tener humanidad. Querer a todos, olvidarse de sí mismo, darse plenamente a los demás. Sin poner límites a nuestra generosidad, hasta entregarnos del todo... Ser humanos, amar de tal modo que comience a ser ya una realidad la gran esperanza de ser como Dios.

2.- SANTO TEMOR DE DIOS. "Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (Sal 85, 5) Los salmos repiten con frecuencia que Dios es inmensamente bondadoso. Sobre todo en estos salmos que la Iglesia, nuestra Madre, ha escogido como cantos interleccionales. Ante este hecho podemos tener el riesgo de formarnos una imagen equivocada de Dios. Es posible que nos imaginemos al Señor incapaz de enfadarse y de castigar. Un Dios acaramelado y dulzón, un ídolo hecho de pasta flora según los moldes de nuestra blandenguería y sentimentalismo.

Hay que superar el riesgo apuntado sabiendo que, además de misericordioso, Dios es justo y fuerte, vengador implacable de desafueros y de pecados. Además de amar a Dios, hay que temerle con ese llamado, precisamente, santo temor de Dios. Es decir, hay que tomarse a Dios en serio, muy en serio; hemos de sacudir nuestra indolente actitud ante sus leyes, desterrar nuestra continua desfachatez y descaro para tomarnos tan a la ligera las cosas de Dios, sus santos mandamientos, las exigencias que entraña el ser cristianos.

Pensemos que Dios, además de padre, es justo juez. Tengamos en cuenta que después de esta vida caduca hay otra perdurable. Avivemos el recuerdo del juicio de nuestra vida y seamos más coherentes con lo que creemos y esperamos.

"Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor..." (Sal 85, 9) Nadie podrá escapar al juicio de Dios. Todos tendremos que comparecer ante el tribunal supremo, en el que no caben excusas ni mentiras. El Señor será el juez inexorable cuya sentencia no admite recurso alguno. Él conocerá todos nuestros actos, incluso aquellos que han permanecido en el secreto de nuestra propia conciencia. Es relativamente fácil engañar a los hombres, mantenerlos en la buena opinión que puedan tener respecto de uno. Tanto es así, que es posible que quien aparece como una persona honorable, no sea más que un pobre miserable que, sagaz e hipócritamente, sabe guardar las formas.

Actualicemos la Fe en la realidad tremenda del juicio divino. No hagamos nunca nada de lo que un día podamos avergonzarnos. Recurramos por otra parte, con la frecuencia que sea necesaria, al sacramento de la Penitencia para pedir perdón de nuestras faltas y pecados. Pensemos que es mejor ser perdonados cuando aún hay tiempo de rectificar, que ser condenados cuando ese tiempo ya se pasó. Acudamos ahora a Dios que nos abre sus brazos como un padre, para que luego no tengamos que sufrir el rechazo del que entonces será nuestro juez divino.

2.- FUERZA DE NUESTRA DEBILIDAD "El Espíritu viene en ayuda nuestra porque nosotros no sabemos..." (Rm 8, 26) Es verdad que las exigencias del cristianismo rayan a veces en lo heroico. En cierto modo, siempre son difíciles de realizar dichas exigencias. En el fondo es porque la ley principal de Cristo, la de la caridad, la del amor a los demás, está en contradicción con la ley que tenemos metida en lo más íntimo de nuestra naturaleza, la ley del amor propio.

De aquí la necesidad de la ayuda divina para que supla nuestra natural fragilidad humana. Con esa ayuda, nuestra flaqueza se reviste de vigor y se encuentra capacitada para llevar a cabo la formidable tarea de vivir a lo divino todo lo que es humano. Con esa ayuda de Dios es posible la generosidad y el espíritu de servicio, el desprendimiento y la preocupación por los demás con olvido de uno mismo.

Vamos, pues, a pedir con insistencia y confianza al Señor que nos ayude a superar nuestro natural egoísmo. Que luchemos con afán y empeño, que no desfallezcamos al vivir esas exigencias de amor y de comprensión hacia todos, también hacia los que no saben comprendernos.

"El que escudriña los corazones sabe..." (Rm 8, 27) Sí, Dios nos ayuda, pero es preciso secundar esa ayuda, poner de nuestra parte ese poquito que claramente depende de nosotros. Sin olvidar lo que dijimos antes, y que por su importancia repito. Hay que rezar mucho, pedir con lágrimas si es preciso que el Señor venga en nuestra ayuda, que se dé prisa en socorrernos.

Y luego dejarnos llevar por la fuerza divina, por el Espíritu Santo, que no sólo ora en nosotros, sino que también actúa en el fondo de nuestros corazones para que seamos fieles... Si vivimos así, todo nos irá cada vez mejor. El que escudriña los corazones, el que todo lo sabe y todo lo puede, está más capacitado que nosotros mismos para conseguir lo que de veras nos conduce a nuestra felicidad. Si le hacemos caso, no nos arrepentiremos jamás. En caso contrario puede ocurrir que estemos arrepintiéndonos por toda una eternidad, desesperados, sin la más mínima esperanza de ser perdonados.

3.- SER TRIGO Y NO CIZAÑA.- Las palabras de Jesucristo conservan aún su lozanía y su sencillez. Sus metáforas e imágenes son universales, válidas después de tantos siglos; tienen la misma fuerza expresiva, la misma carga doctrinal. El campo de la siembra, nos dice hoy, es el mundo. En ese terreno ancho, un campo abierto, sembró Dios siempre. Sin descanso alguno. Ya al principio su semilla cayó generosa. Sin embargo, la tierra no siempre respondió. El Señor quiso al hombre libre, capaz de optar por el bien o por el mal. Y el hombre optó por el mal. Por eso, junto al buen trigo, creció la sucia cizaña, la mala hierba.

Dios puede escardar ya a fondo y limpiar del todo su sementera. Pero no quiere hacerlo, para no correr el riesgo de arrancar el trigo con la cizaña. Quiere dar ocasión a la mala hierba, para que se cambie en buena. Pensó que el hombre, al ser todavía libre, podría recapacitar y convertirse de su mala vida. De hecho, muchos así lo hicieron y descubrieron a tiempo la desgracia que implica el vivir lejos de Dios, y se volvieron a él, avergonzados y arrepentidos. Ahora sigue el proceso de ese crecimiento conjunto del trigo y la cizaña. Dios espera... Miremos hacia dentro y convirtamos lo malo en bueno, y lo bueno en mejor. No seamos cizaña que envenene el mundo, seamos buen trigo que sirva de alimento a los hombres y de satisfacción a Dios.

Porque al final tendrá lugar la siega. Entonces el trigo será reunido en los graneros luminosos de una eternidad feliz, mientras que la mala hierba será quemada para siempre en los tenebrosos parajes del infierno. Dios espera paciente, hemos dicho y lo repetimos, pero no indefinidamente. Hay un plazo, cuya extensión ignoramos. Puede ser largo, o puede no serlo. En realidad siempre, y al final lo entenderemos, es un plazo corto pues el tiempo, por su misma naturaleza, es fugaz y efímero.

5.- AL PAN…PAN

Por Javier Leoz

Sí; ¡Qué más quisiéramos una sociedad limpia! La realidad, mirémosla por donde la miremos, tiene sus contrastes y, el Papa Francisco, constantemente nos dice: “así no vamos bien”.

Lo cierto es que, un estado puro –en todo y sobre todo- es difícil conseguir, vivir y el alcanzar. Por lo menos cristianamente hablando.

1.- Mientras el mundo sea mundo. Mientras existan hombres y mujeres en él, nos tendremos que acostumbrar a nadar entre dos aguas: el bien y el mal.

El ritmo, y los tiempos de Dios, son muy distintos a los nuestros. ¿Qué tenemos que hacer? ¿Hacia dónde tirar? Para empezar, tenemos que ser pacientes. El mal, es como el aire, va a estar a nuestro alrededor mientras respiremos. Pero, al mal, se hace frente con dos escudos: el de la fe y el de la constancia.

-Con el de la fe; porque sabemos que Dios sólo es perfecto y acudirá siempre al lado de aquellos que luchen en contra de todo lo que degrada a al humanidad

-Con el escudo de la constancia; “Roma no se hizo en un día” dice el viejo proverbio. Y mientras esperamos la vuelta de Jesús de Nazaret, su definitivo retorno, a nosotros nos toca sembrar; depositar semillas de su Evangelio allá por donde pasemos. Uno de los grandes males de nuestra vida eclesial es precisamente ese: nos resignamos con frecuencia ante lo que concluimos son batallas perdidas (abandono de la fe, frialdad de muchas personas ante lo religioso, el desinterés por lo religioso, el ataque sistemático a la institución eclesial, etc.) Lo cierto es que, un amigo de Jesús, ha de tener la cintura, hemos de tener la cintura necesaria para enfrentarnos a circunstancias difíciles. Nunca, el Señor, nos dijo que el bien, la suerte o el éxito nos fueran acompañar de por vida. También es verdad que, el Señor, nos aseguró que estaría con nosotros hasta el fin del mundo. ¿Cómo no ver los signos de su presencia en el aquí y ahora? ¿Qué no hay proporción entre lo que hacemos –a nivel evangelizador- y entre lo que recogemos? ¿Qué no merece la Iglesia tanta cizaña en los campos de la información o de la televisión? ¿Y nosotros? ¿Dónde está nuestra voz? ¿Dónde nuestra huella y la razón de nuestra fe?

2.- No sé, si alguna vez, os habéis acercado a una panadería (normalmente preferimos acercarnos hasta ella simplemente para recoger el pan…pero ¡cuánto esfuerzo detrás de todo!). Pues bien; el panadero, dentro de la masa, pone una pequeña cantidad de levadura. Luego, pacientemente –en cámaras frigoríficas o a la intemperie y con una temperatura idónea- aguarda el momento en el que la masa esté lista para ser cocida en el horno. El panadero, lejos de desesperar, espera y confía en todo lo realizado.

También nosotros, en medio de la gran masa que es el mundo, hemos de ser levadura. No podemos acostumbrarnos a ser salero, sino sal. No podemos pretender ser océano, sino gota de agua. No intentemos ser sol, sino rayos de luz. Y, esto, no es poesía. Es la vida misma: la vida cristiana. Una vida cristiana que nos dice que, con Dios, todo llegará a cumplirse. Y se cumplirá, no cuando nosotros queramos, sino cuando, Dios, el gran panadero, vea el momento oportuno de recoger toda la masa de la humanidad y distanciar, definitivamente, lo bueno de lo malo.

Mientras tanto, ¡pues eso! A trabajar por Dios en donde haga falta y lo que haga falta.

3,. ¿LEVADURA YO, SEÑOR?

Y, cuantas más veces me lo  pregunto, Señor,

otras tantas Tú me  contestas:

¡Te necesito como sal, y no  como salero!

¡Como rayo de luz, no como  gran astro!

¡Como gota de agua que calme  la sed,

y no como torrente que  inunde todo a su paso!



¿LEVADURA  YO, SEÑOR?

Y, cuando veo lo que siembro  y no recojo,

siento, una y otra vez, que  Tú me respondes:

no te toca a ti exigir, sino  sembrar

no te corresponde a ti  recoger, sino abonar

no mires hacia atrás, pues  quien lo hace,

corre el riesgo de no construir  hacia delante.



¿LEVADURA  YO, SEÑOR?

Y, la impaciencia, me  invade, Jesús, y Tú lo sabes;

cuando me esfuerzo, y no  fructifica mi trabajo

cuando hablo, y siento que  pocos me escuchan

cuando cuido tu campo, 

y apenas siento un  agradecimiento humano



¿LEVADURA  YO, SEÑOR?

Lo intentaré por Ti, mi  Señor;

porque, bien sé, que Tú eres  el dueño del tiempo

porque, bien sé, que Tú eres  el Señor de la historia

porque, bien sé, que Tú  vences sobre el mal y la mentira

porque, en lo invisible, sé  que Tú sigues vivo y operante



¿LEVADURA  YO, SEÑOR?

¡Lo intentaré contigo, mi  Señor!

Incluso en medio del combate  y de la desesperanza

A pesar de las  contradicciones y las resistencias

Frente al maligno que lo  invade y lo confunde todo, 

te prometo, Señor, que  intentaré ser levadura de tu Reino

Levadura que no se ve, pero  hace crecer el pan de la fraternidad

Levadura que no se percibe, 

pero sazona la dureza de los  corazones

Levadura que, en justa  medida, 

haga que, mi mundo, tu mundo  Señor, 

sea un oasis de paz, de  amor, de alegría y de fe.



¿LEVADURA  YO, SEÑOR?

Dame un poco de tiempo

Dame un poco de tu fuerza

Dame un poco de tu Espíritu

Dame un poco de tu  Evangelio…

y sé que llegaré, contigo,  donde haga falta.

Amén

6.- EL MAL ESTÁ CON NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- La parábola de la cizaña es una enseñanza justa, precisa y muy importante. El Hijo de Dios nos recuerda que el mal existe y que quien lo siembra es el Maligno. El texto del Evangelio de Mateo es claro, conciso e inequívoco. Es verdad que asistimos a muchos episodios de maldad humana y ello nos puede llevar a suponer que es una realidad contingente y cercana, solo imputable al hombre. Por ello, entonces, podríamos suponer que la bondad es obra nuestra también y que solo es generada por nuestro buen corazón. Tampoco es así. La semilla de bondad que reina en nuestras almas ha sido plantada por Dios, por medio de la Palabra –el Verbo—que es su Hijo. El mal está en nuestra naturaleza, por causa del pecado original. Esa desobediencia cósmica, profunda, inducida por el Malo, cambió el curso de la creación. Pero, además, el mal anida en nosotros, por miles de actos que constituyen un enfrentamiento con Dios. No es sólo un problema de inclinaciones dentro de una naturaleza torcida. Cada vez que hacemos el mal y, entendemos perfectamente, que es C mal no existe como una prueba, ni como un test, ni tampoco como un inconveniente que haga brillar a los mejores y hundirse a los peores. El mal existe por voluntad de quienes, un día, se rebelaron, porque Dios hizo su creación en libertad. No fabricó unas marionetas, constantemente manejadas por hilos. Creó seres libres, ya que la libertad está en la esencia divina. Y los ángeles, espíritus puros, también asemejados a Dios, tienen su libertad y optan a ella. Cuando se produjo la rebelión angélica se estaba creando el imperio del mal. No por decisión divina, si no por voluntad de sus ejecutores. El Episodio del Edén, el engaño demoníaco frente a un árbol prohibido, tuvo su acción inductora, pero la responsabilidad fue de quienes comieron. El desafío era convertirse en dioses e iniciar su propia auto-adoración. Pues, como ahora. El gran pecado de la soberbia no es otra cosa que preferirse a uno mismo, en lugar de Dios y de los hermanos. Todo acto de rebeldía contra Dios no es un gesto inconsciente. Se trata de hechos concretos con su graduación en el mal perfectamente mensurable y basado en hechos reales.

 3.- Hay una resolución al antagonismo entre el bien y el mal, en el tiempo y en el espacio. Y se resolverá en los últimos días, cuando vengan los ángeles a segar. En toda la historia de la Salvación ese momento final está muy presente. Es posible que con la noción de la benevolencia divina, podríamos pensar que el mal –y el Maligno—desaparecerían sin mal, ni daño. Nos cuesta trabajo pensar en lo terrible de una condenación eterna, cuando sabemos que Dios es Padre y quiere a sus creaturas. Pero no podemos dejar de reconocer que son muchas las gentes que llevan su rebeldía hasta niveles profundos y definitivos. Militan en el Mal de tal manera, que no quieren salir de esa situación. Ya no será un leve engaño, ni una torpeza salida de tal engaño. Es una opción terrible y completa. Debemos de enfrentarnos con seriedad y conocimiento al hecho de la existencia del mal. Y no esconderlo entre los pliegues de una tolerancia mal entendida. Pero una vez aceptado ese hecho, nuestra obligación es pedir a Dios "que todos los hombres se salven", porque es lo que el Señor quiere. Es más que obvio que todos, con la ayuda de Dios podemos obviar el mal.

4.- "El Señor está cerca de los atribulados". El Señor cuida de que sus Hijos no se pierdan. Hay gracia sobreabundante donde reinó el pecado. No podemos dar por asumido ese juego maniqueo del bien y del mal, por el cual cada uno se alinea en un lado o en otro, como en un partido de fútbol. El bien vence al mal con la ayuda de Dios. Y ese es el camino. Tenemos la obligación de luchar urgentemente contra el mal y sacar de sus garras a nuestros hermanos. No hay reparto previo de malos y buenos en cantidades prefijadas. "Tú, Señor, eres bueno y clemente", dice el salmo que cantamos hoy. Y es perfectamente expresivo y diría que muy útil. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La Esperanza total de que un día seremos salvos por la generosidad de Dios, no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón "humilde y contrito".

5.- El fragmento del Libro de la Sabiduría, que leemos hoy nos muestra el deseo de Dios de perdonar y de olvidar, cuantas veces fuese necesario, el pecado del hombre. Dice la Escritura: "y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento". Dulce esperanza es una excelente expresión muy oportuna para ser meditada hoy. Es el Dios --Padre Nuestro-- que va siempre tras su pueblo, procurando su regreso y su arrepentimiento. Pero va a ser San Pablo quien afine aún más la acción divina en nosotros y dentro de la búsqueda del arrepentimiento y de la paz. Dice Pablo: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables". No hemos de temer por nuestros pocos medios personales, ni por una voluntad rota, ni por, tampoco, la repetición de nuestras faltas. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda.

6.- Por tanto, el reconocimiento de la existencia de la cizaña, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es dicho reconocimiento un planteamiento pesimista, ni truculento. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos de releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de San Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el Mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por "falsas bondades". Hemos de protegeremos del engaño del Maligno, pues sus armas preferidas son precisamente esas mentiras con aspecto de verdades entretejidas especialmente para nosotros, con parte de los materiales --malos-- que tenemos dentro. Jesús nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre.

LA HOMILÍA MAS JOVEN

VEGETALES, IMÁGENES DEL REINO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Como en otras muchas ocasiones os he recordado, el mensaje bíblico es iniciativa de Dios, que inspira a hombres, para que sean estos los que, a su manera, nos lo trasmitan. Este es el motivo por el cual en la liturgia, empezamos nombrando a un autor, en el caso de hoy Mateo, y acabamos diciendo que es palabra de Dios, o del Señor. Se deduce de esto que la composición, el texto que tenemos, está mediatizado por la personalidad del que lo redactó, su entorno geográfico y su momento histórico, que no es precisamente el nuestro. Las labores del campo en la actualidad están muy tecnificadas y por otra parte lo que se siembra, no es exactamente lo mismo que se recolectaba por aquel entonces. Quiero decir que la cultura de la cuenca mediterránea es del trigo y la cebada y la de otras sociedades, pueden ser del maíz o del arroz, por poner ejemplos concretos. Cosas tan inocentes, pueden influir en la idiosincrasia de la gente y hasta en el fácil o difícil el entendimiento del mensaje evangélico.

2.- El Señor, mis queridos jóvenes lectores, compara el Reino de los cielos a la cizaña, a la mostaza y a la levadura y para muchos de vosotros este lenguaje os resultará incomprensible. Aquí reside la necesidad del profeta pedagogo, que puede ser un estudioso especializado pero, que recibido por cualquiera de vosotros y entendido, después, a vuestra manera, deberéis trasmitirlo a amigos o compañeros. El proceder, la dinámica, será semejante a lo que le pasó a un labrador que sembró trigo en su campo, amigos perspicaces le advirtieron que habían visto que brotes de cizaña… Las dos plantas, en su primera época, se asemejan, pero si del grano de trigo sale una espiga prieta, gallarda y granada, la cizaña culmina su vida en una vanidosa estaquilla muy diferente, de sabor amargo y a la postre tóxica también. Hoy esto ya no ocurre. En los campos se introduce exclusivamente buena semilla, el terreno ha sido sometido a herbicidas. La cizaña, si la buscáis, la encontraréis exclusivamente dispersa entre abrojos, al borde de caminos poco transitados y nadie se fija en ella.

3.- Me parece que la enseñanza de Jesús se podría explicar de la siguiente manera, entre otros modos. Hubo un cristiano muy coherente y fervoroso. Se propuso dar testimonio de su Fe en su entorno. Pensó que la visita de un amigo extranjero, líder en su país de un acreditado movimiento, y la presentación de una muestra de arte religioso, podían ser un buen reclamo para cristianos olvidados, que pudieran tener escondidas u olvidadas, aquello que en la familia y en la parroquia, habían aprendido de pequeños. Puso toda su ilusión en el proyecto. Pero, silenciosamente alguien iba preparando una fiesta, que incluía cena, música y baile. Llegó el día previsto y nuestro protagonista se encontró casi solo en su encuentro preparado con tanta ilusión. Se lamentaba amargamente, alguien le dijo al oído: no te quejes, ahora tus compañeros, los que esperabas y no han venido, aquellos que se decían entre sí ¿por qué hemos de ser diferentes de los demás? La gente de hoy en día acude a fiestas y conciertos y nosotros no seremos una excepción. ¿Para qué vamos a ir a otro sitio? La voz prosiguió: no te quejes, no te desanimes, ya verás lo que vendrá más tarde. Lo que llegó, fue que aquel show había sido la excusa para introducir el consumo de droga y su venta, aunque no se hubiera anunciado. Querían los que fueron, ser igual que los demás y descubrieron que el organizador era un corrupto como los demás, que se lucró cuanto pudo, sin que al principio se dieran cuenta. Con el tiempo y descubierto el fraude, buscaron derroteros parecidos a los que nuestro amigo les había propuesto, aunque tarde, confiaron algunos en él…

4.- Si sois fieles a las sugerencias del Señor, no os desaniméis nunca, mis queridos jóvenes lectores. Vuestras iniciativas seguramente, serán de poca monta. No dispondréis de la tecnología que arrastra tras de sí un conjunto musical. No os inquietéis, si vuestra sincera Fe, reforzada por la oración, pretendéis contagiarla en vuestro entorno. Alguien la recibirá y la acogerá en su interior. Un día germinará y crecerá. Tal vez como consecuencia, al cabo de los años, entre los marginados de un remoto lugar, o entre los pobres más olvidados, alguien invente una ONG que ayude y acoja y contará que la idea se le empezó a ocurrir el día que os encontró y le sembrasteis un poquito de esperanza, pese al ambiente de mediocridad que rodeaba y que todavía nos invade. (No le deis vueltas a qué es el grano de mostaza, nadie exactamente sabe de qué planta se trata, lo he estudiado y he preguntado a gente de aquí y de allá, cristiana y judía. Lo único seguro, es que no se trata de la planta de donde sale la salsa que lleva su nombre).

5.- Del tercer ejemplo que pone el Maestro tengo experiencia. Dada mi situación geográfica, me resulta lo más rápido, cómodo y barato, elaborar yo mismo mi pan. Tengo uno de esos cacharritos domésticos que lo logran cómodamente. Meto la harina y el agua, en total unos 800gr. Si aprieto entonces el botón y se pone en marcha el artilugio, saldrá una pieza dura como una piedra. Ahora bien, si le añado 5gr, sólo cinco gramos, de levadura, a las tres horas y quince minutos, tendré un sabroso pan del que se podrán aprovechar también los que compartan mi mesa.

6.- La oración de una viejecita, el favor hecho por una chica sonriente a un viandante despistado, la ayuda prestada al que necesita que alguien una sus fuerzas y entre los dos levanten un pesado fardo, pues ha sufrido un percance, cualquiera de estos sencillos u otros gestos, pueden cambiar el estado de ánimo del que se lucra de él, modificar su vida para bien y a la postre enriquecer la realidad del momento y posterior.

En resumidas cuentas, por solitarios que os encontréis, pese a que nadie os entienda o quiera secundar vuestras iniciativas, no os desaniméis nuca. Acordaos del dicho: nunca se sabe el bien que se hace, cuando se hace el bien.