10 junio 2017

Tanto amó Dios al mundo

Las grandes fiestas se suceden. A la Ascensión del Señor, sigue Pentecostés y ahora la fiesta de la Trinidad. Fiesta que es algo así como «el aniversario» del Dios uno y trino.
Envío y salvación
El capítulo tercero del evangelio de Juan nos presenta lo esencial de la misión de Jesús. Al comienzo de él se recuerda la necesidad de convertirse para ser discípulo del Señor. La imagen usada es la de volver a nacer (v. 7). Para dar testimonio de esa nueva vida ha venido Jesús (v. 11). Se trata de la vida definitiva, de la vida eterna (v. 15), para eso bajó del cielo (v. 13), como lo hace el Espíritu Santo (Jn 1, 32). Al cielo regresará cuando su tarea de salvación haya sido cumplida (v. 13).

Los versículos del texto de hoy nos precisan aquello que da origen a esa misión: el amor de Dios Padre. Fue tan grande su amor «al mundo que entregó a su Hijo único» (v. 16). En este texto, «mundo» no tiene el sentido de rechazo a Dios, sino el neutro de realidad humana o historia. El mayor don de Dios es el envío de su propio Hijo. Su tarea es salvar (v. 17), es decir, establecer la amistad de Dios con los seres humanos. Eso es la salvación en el mensaje bíblico, y significa acoger la vida que trae Jesús.
La puerta de entrada a esa vida es la fe, aceptamos o rechazamos libremente esa vida. Creer en el «nombre del Hijo único de Dios» (v. 18) es aceptar su testimonio y su mensaje. Significa confiar en el «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex. 34, 6) según una de las más bellas descripciones de Dios que encontramos en la Biblia.
Un mismo sentir
La fe nos debe llevar a ser compasivos, misericordiosos y fieles como el Dios en quien creemos. Unos versículos más adelante del texto de Juan que comentamos nos dice que «el que obra la verdad va a la luz» (3, 21). La verdad que nos transmite Jesús no es sólo materia de aceptación y de acuerdo, sino también de práctica, de quehacer cotidiano.
Compadecer (sufrir con el otro) significa hacer nuestros los sufrimientos de pueblos que luchan por su supervivencia ante tantas violaciones a sus derechos más elementales. Ser misericordiosos (tener el corazón puesto en los que padecen miseria), implica que ninguna situación de injusticia (como la que sufren hoy tantas personas en el mundo entero) nos sea ajena. Ser fieles (tener fe, confiar) supone firmeza en nuestros compromisos, coraje para enfrentar las dificultades que hoy presenta el deber de ser testigos del Dios de la vida.
Si procedemos así haremos nuestras las recomendaciones finales de Pablo a los Corintios: viviremos la alegría pascual, y tendremos «un mismo sentir»Nos sostendrá la esperanza viva de que el Dios del amor y de la paz estará con nosotros (2 Cor 13, 11).
Gustavo Gutiérrez