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27 abril 2017

Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo

Señor Jesús:
Con la Resurrección has hecho realidad tus promesas:
“no os dejaré huérfanos: volveré a estar con vosotros”,
“estoy con vosotros todos los días hasta el fin del inundo”.
Tu Resurrección te ha hecho “cuerpo espiritual”;
“te ha transfigurado en cuerpo de gloria”, te ha ensanchado en presencia ilimitada.
Te ha constituido en “Espíritu vivificante”, es decir, comunión plena, sin límite
ni dificultad,
“carne olvidada de sí misma”;
amor universal y gratuito para todos amor divino siempre en acción, tratado de vencer nuestra inercia
y nuestro egoísmo, enderezando este “palo torcido” de nuestra libertad limitada, haciéndonos “hombres nuevos”, como Tú, convirtiéndonos de egoístas en solidarios, ayunándonos a rechazar
el acaparamiento posesivo e individual, instándonos a vivir para los demás.

Hoy te contemplamos “acercándote
en persona y poniéndote a caminar
con nosotros”.
Tú escuchas nuestros interrogantes, esperanzas, aspiraciones, dramas.
Tú sabes de nuestro caos y vaciamiento interiores, de nuestro deseo de vivir
sin padecer, de la falta de pasión o interés por la vida, de sobras de compulsiones hacia nuestra felicidad y hedonismo barato, de la incapacidad de vibrar
con los peor tratados por la vida …
del quebrantamiento apostólico:
“he consumido mis fuerzas para nada” (Is s 49,4).
A Ti, Cristo Resucitado, no podemos decirte que “eres el forastero que no sabe lo que ha pasado… estos días”. Son “nuestros ojos los incapaces de reconocerte”: hemos ido creando estructuras
de explotación y dominio,
nos hemos revestido de normas protectoras del más fuerte, la abundancia informativa nos insensibiliza tu presencia,
no tenemos tiempos ni espacios
para la comunicación cordial: nuestros silencios son suprimidos
por la tele, móviles, etc.; sabemos más del mundo “rosa” que de quien nos rodea; nos ha invadido un cierto miedo
por los que son diferentes o extraños.
Te necesitamos a Ti, Cristo Resucitado: para que tu Espíritu nos dé amor a todos, no sólo a los amigos;
para que no nos aislemos del dolor del mundo;
para que veamos la vida con los ojos de los más débiles;
para que tengamos apertura, perspectiva universal, humana;
para que comprendamos la diferencia, las opciones diversas;
para que seamos capaces de presentar tu amor real e infinito a todos.
Acércate, Cristo Resucitado,
a nuestro camino:
abre nuestros oídos y nuestro corazón para escuchar y entender; ayúdanos a encontrar tiempos y espacios para los demás; convéncenos de la igual humanidad, de la fraternidad radical con todos; siéntanos a la mesa de tu palabra,
de tu bienaventuranza, de tu dicha; aliméntanos de tu pan, de tu cuerpo compartido, entregado;
quédate con nosotros: intimándonos tu sabiduría de vida, compartiendo tu pasión por la vida
y los hermanos,
activando nuestros caminos
con tu amor infinito.