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29 abril 2017

III Domingo de Pascua: La Misa del domingo

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DOMINGO III DE PASCUA
30 de abril de 2017
Lecturas:
–  Hechos 2,14.22-23: “Dios lo resucitó”
–  1Pedro 1,17-21: “os rescataron… a precio de la sangre de Cristo”.
–  Lucas 24,13-35: “¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”.
Homilía:
Durante el día de Pascua y a lo largo de toda su Octava, hemos confesado y celebrado el “hoy” de la resurrección del Señor. Los sucesivos domingos nos invitan a adentrarnos en el misterio pascual con un tono más distendido, pero siempre invitándonos a vivir la experiencia del encuentro con el Señor resucitado. En este contexto se sitúa el Domingo de hoy, el tercero de este tiempo pascual.

El evangelio nos habla del camino que realizan los dos discípulos de Emaús, primeramente, en solitario, pero después acompañados por el mismo Jesús. Estos discípulos se habían alejado Jerusalén, el lugar de la condena y crucifixión del Maestro. Estaban tristes, abatidos, sumidos en un profundo sentimiento de fracaso, y en “desbandada”, pues, no sólo habían abandonado el lugar de los hechos, sino también a la misma comunidad… Cuando Jesús se hace el encontradizo con ellos en el camino, no hacen más que transmitirle su frustración porque aquél que pensaban que fuera “el futuro liberador de Israel” había sido ejecutado por las autoridades y abandonado después por todos los que lo seguían. Si nos fijamos bien, los dos discípulos hacen una crónica de los hechos (“iban comentando todo lo que había sucedido”), pero no tienen fe: no habían creído ni a las mujeres ni a los profetas. En boca de Jesús, eran “necios y torpes… para creer”… La fe sólo surge en el encuentro con el Señor muerto y resucitado. Pero estos dos discípulos sólo conocen la historia de Jesús…
En este contexto “Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”. Y sólo después de explicarles la Escritura y de “partir el pan” “se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. Es decir, la teofanía de Jesucristo, su manifestación como Señor resucitado sólo acontece desde la escucha de la Escritura y desde la participación en la “fracción del pan”. Y este reconocimiento de Jesús conlleva también la fe en su resurrección. Esta fe que surge en el corazón de los dos discípulos no cambia los hechos que anteriormente comentaban y que habían narrado al mismo Jesús; pero sí les conduce a interpretarlos de modo nuevo, acorde con el plan salvífico de Dios (“era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria”)… A diferencia de antes, ahora pueden conocer a Jesús, sienten que su corazón se despierta y se llena de un nuevo ardor, desandan el camino y vuelven presurosos al encuentro de la comunidad…
Este pasaje evangélico ocupa un lugar central entre los relatos lucanos de la resurrección. Y el camino a Emaús de estos discípulos también resulta paradigmático para todos nosotros. Aunque parezca un tópico decir que vivimos tiempos difíciles, esto es una realidad. El Papa Francisco lo reconoce cuando nos invita a una “conversión misionera”. Hemos de reconocer que las dificultades del momento y nuestra acomodación a la cultura presente han aletargado nuestra fe, tanto a nivel personal como comunitario. Hemos desarrollado mucho la “inteligencia de la fe”: conocemos la historia de Jesús, narramos los contenidos de la fe cristiana… Pero este conocer y narrar no es lo mismo que creer y confesar la fe. Ésta exige el encuentro con Jesucristo, hacer camino con Él, dejando que, como compañero de nuestro viaje, comparta su vida con nosotros. El modo de vivir nuestro cristianismo es triste, desencantado, pesimista… Hablamos de Jesús, pero no tenemos el deseo de estar con Él; lo señalamos en nuestras catequesis, en nuestras predicaciones…, pero no acompañamos hacia el encuentro con Él… Por esto nuestra fe está afectada de apatía, de inmovilismo y de un gran individualismo (también hoy muchos abandonan la comunidad).
Pero no estamos solos en el camino. Jesús resucitado ha derramado sobre nosotros el Espíritu Santo que ha recibido del Padre (1a lectura). Esto significa que, aunque “abatidos” y sin ardor en el corazón, Jesús camina con nosotros. Quizás no seamos conscientes de ello ni lo reconozcamos, pero ahí tenemos la Palabra y la Eucaristía para tomar conciencia de su presencia, para contemplar de modo nuevo nuestra realidad, para identificarnos con la voluntad salvífica de Dios, y, sobre todo, con el mismo Jesús. El Espíritu de Jesús, a través de la escucha orante de la Palabra, nos infundirá la fuerza y la esperanza de las que carecemos. Pero no basta la escucha de la Palabra. Ésta adquiere su mayor eficacia en el sacramento, en la eucaristía. La fracción del pan es el “acontecimiento” al que remite la Palabra. Sin la persona de Jesús, sin su muerte y resurrección, la Palabra queda vacía. En la eucaristía podemos “tocar” a Jesús, hacer nuestras sus llagas, comulgar con su vida… La Palabra y la eucaristía nos transmiten el deseo, no tanto de hablar de Jesús o de hacer comentarios sobre su persona, sino, sobre todo, de “estar con Él”: “quédate con nosotros”…
La experiencia vivida por los discípulos de Emaús les hace recuperar la alegría de la fe, y los conduce a la comunidad y a la misión: “se volvieron a Jerusalén… y contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido en la fracción del pan”. Después de que Jesús les explicase que el Padre los había rescatado con la sangre de su Hijo, ellos sí se tomaron en serio su proceder (2a lectura). Hagamos nuestro el camino de estos discípulos, y, acompañados de Jesús, emprendamos un camino de purificación y de estímulo de nuestra fe. Dejemos que Él sea nuestro maestro y, sobre todo, reencontrémonos con Él en la liturgia eucarística de la comunidad. Y narremos la historia de nuestro encuentro con Jesús, o, lo que es lo mismo, compartamos la experiencia vivida de nuestro encuentro con el Resucitado. No estamos solos: Jesús ha derramado su Espíritu sobre nosotros para que podamos hacer nuestro el camino de los discípulos de Emaús.
Carlos García Llata