27 abril 2017

III Domingo de Pascua: Homilías

1.- LA FE EN LA RESURRECCIÓN ES FUENTE DE VIDA Y ESPERANZA

Por Gabriel González del Estal

1.- A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Tengo que empezar diciendo que el relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús se presta a muchas interpretaciones y deflexiones personales, espiritualmente jugosísimas. Que cada uno de nosotros lo lea y lo medite según lo que el Espíritu le sugiera a él. Yo me limitaré a escribir alguna de las reflexiones que ahora mismo me parecen interesantes. A los discípulos de Emaús la fe en la resurrección de Jesús les cambió la vida. Cuando se les había nublado la fe, se les había nublado la alegría y la esperanza: nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió todo esto. A los discípulos de Emaús les pasó lo mismo que les había pasado a los demás discípulos de Jesús: antes de ver al resucitado andaban tristes y acobardados; después de verlo recobraron la alegría, la valentía y las ganas de vivir y predicar. Sí, yo creo que también ahora, hoy mismo, la fe o la no fe en la resurrección de Jesús nos cambia la vida, con todo lo que esto conlleva. Creer en la Resurrección es creer en la vida inmortal, una vida en la que viviremos para siempre, según el juicio misericordioso que Dios haga de cada uno de nosotros.
No creer en la resurrección es creer que todo se acaba definitivamente para la persona cuando ésta muere corporalmente. Y, naturalmente, creer que esta vida mortal es todo lo que tenemos, o creer que esta vida temporal es sólo camino para otra vida inmortal, condiciona mucho nuestro actual estilo de vida. Sí, la fe en la resurrección es, debe ser, fuente de vida y esperanza para todos nosotros, los que creemos en la Resurrección de Jesús. Leamos este relato del evangelista Lucas sobre los discípulos de Emaús con el alma llena de fe, alegría y agradecimiento a Jesús de Nazaret que, por nosotros, vivió, murió y resucitó.

2.- Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Estas palabras del apóstol Pedro, citando las Escrituras, son palabras que podemos y debemos decir hoy nosotros con alegría pascual. Tenemos el corazón alegre y todo nuestro ser vive esperanzado, porque la muerte, nuestra muerte corporal, no será el final de nuestro existir, sino el paso necesario de este mundo material a un cielo nuevo, donde viviremos para siempre con Dios, nuestro Padre, gracias a os méritos de nuestro Señor Jesucristo. Los cristianos debemos ser personas espiritualmente alegres, porque vivimos con el corazón lleno de esperanza. Las tristezas y los desasosiegos de este mundo nunca deben robarnos la alegría y la paz del alma. Vivamos para los demás, como Cristo vivió para nosotros, siendo mensajeros de la alegría y de la paz que Cristo nos ha regalado con su vida, muerte y resurrección. Cristo nos ha enseñado el camino de la vida y estamos seguros de que nos saciará de gozo en su presencia. Digamos, con palabras del salmo responsorial: se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena.

3.- Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. El juicio de Dios siempre será un juicio misericordioso, porque su justicia es una justicia misericordiosa, pero nunca será un juicio indiscriminado. Dios quiere que también cada uno de nosotros pasemos por la vida haciendo el bien, como lo hizo el propio Jesús. No es lo mismo que hagamos obras buenas que obras malas, porque el que actúa con el espíritu de Jesús siempre debe intentar hacer las obras de Jesús. Tomemos en serio nuestra vida de cristianos, de discípulos de Cristo, y vivámosla según el espíritu de Cristo. Los frutos del espíritu son distintos de los frutos de la carne, como nos dice san Pablo en más de una ocasión. Que nuestras obras sean fruto del espíritu, no de la carne, porque si vivimos con Cristo y por Cristo, resucitaremos con él.

2.- RECONOCER LA PRESENCIA DE JESÚS

Por José María Martín OSA

1. - Muchas veces nosotros hemos tenido la misma tentación de los discípulos de Emaús: huir, dejarlo todo, nos vence el cansancio, la desilusión, la desesperanza, el sentido de fracaso....También en muchas ocasiones hemos experimentado cómo Jesús no nos abandona, se acerca a nosotros como se acercó a los discípulos de Emaús: "Jesús en persona se puso a caminar con ellos". Él quiere compartir nuestros problemas, quiere sacarnos de las tinieblas, quiere darnos una palabra de ánimo que aclare nuestras dudas: "Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura". Comprobamos entonces, como lo hicieron los de Emaús, que Él es nuestra única esperanza. Jesucristo, el Señor resucitado, es el único que da sentido al misterio de la vida. Lo que entrega Jesús a los dos caminantes es algo más que un discurso, son sus gestos, su estilo y su talante lo que hace despertar a los discípulos.

2.- ¿Cómo podemos reconocer a Jesús? Este relato es una catequesis de cómo podemos llegar a tener una auténtica experiencia del resucitado. Lo encontramos en primer lugar en "la Palabra". Ellos comprendieron las Escrituras y se dieron cuenta de que ardía su corazón mientras les hablaba. Es meditando la Palabra de Dios y aplicándola en nuestra vida como podemos reconocer al Dios del Amor que Jesús nos anunció. En segundo lugar podemos encontrar a Jesucristo en la Eucaristía. A los discípulos de Emaús "se les abrieron los ojos y lo reconocieron.....y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan". Pero hay un tercer lugar de encuentro que los cristianos necesitamos recuperar: la comunidad. No se puede ser cristiano por libre, necesitamos la Comunidad para crecer como creyentes. Los discípulos de Emaús rectificaron su camino y volvieron a Jerusalén, "donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: es verdad, ha resucitado el Señor". Tres lugares de encuentro y tres apoyos fundamentales para el cristiano: la Palabra, la Eucaristía y la Comunidad.

3.- "Dios lo resucitó". Es este el gran anuncio de Pedro el día de Pentecostés. Esta certeza transforma la vida de los discípulos. Así nace la comunidad cristiana, así nace la Iglesia. Sus características son: la cercanía a la realidad de las personas --la acogida-- como punto de partida; es Jesús y la Palabra de Dios como centro de la predicación; es el compartir la vida y los dones como base del compromiso para transformar este mundo según los valores del Reino. La catequesis, que debe estar presente siempre como proceso de formación en la fe de todas las edades, parte también de la experiencia de vida y del encuentro con Jesús "el desconocido caminante" que camina a nuestro lado. Jesús llena el vacío de nuestra vida. No celebramos la Eucaristía para cumplir una obligación que nos han impuesto. Participamos en la Eucaristía porque tenemos necesidad de Jesús, porque sólo El sacia nuestros anhelos y nuestra sed de felicidad. Pero busquémosle donde se le puede encontrar: en la Palabra de Dios, en el compartir el Pan de la Eucaristía y en la Comunidad de hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados.

3.- ¡ERA JESÚS, EL MAESTRO! ¡ESTABA VIVO!

Por Antonio García-Moreno

1.- PLAN PREVISTO.- Todo estaba previsto. Hubo detalles que se anunciaron desde hacía mucho tiempo y que se cumplieron en el instante determinado por Dios. De momento todo parecía absurdo, extraño, incomprensible. Pero al final todo se vería claro, se comprendería el porqué de muchas cosas que antes no se podían explicar. El Hijo de Dios es condenado a muerte, y la muerte se ejecuta de modo terrible e implacable. El que venía a librar a la Humanidad de sus ataduras es maniatado, el que venía a dar la vida a los hombres pasa por la humillación de morir abandonado. Planes misteriosos de Dios, destinos extraños.

Hay que mirar la vida así, como un plan previsto por Dios. Algo que su sabiduría y su bondad han preparado de antemano. Y aunque nos cueste comprender, decir que sí. Aceptar siempre, sea lo que sea, con una gran confianza, con una enorme seguridad y serenidad de alma. Poner en sus manos nuestra vida y nuestra muerte, nuestros bienes y nuestros males, y permanecer tranquilos, conscientes de que pase lo que pase, realmente nunca pasa nada. Es un gran motivo para ser de verdad felices, para vivir contentos siempre. Saber que todo lo que ocurra está previsto por Dios nuestro Padre. Saber que Él nos ama y que sólo pretende nuestro bien. Saber que al final todo terminará felizmente para los que nos esforzamos en amarle.

Clima de gozo íntimo, de esperanza en carne viva, de alegría honda, de optimismo primaveral. Cristo ha vuelto a la vida. Aquellos hombres, los apóstoles que, a pesar de sus miserias, amaban entrañablemente a Jesús, se llenan de júbilo al verle de nuevo entre ellos, al oír su voz, al escuchar aquel saludo tan maravilloso: La paz sea con vosotros. Por encima de las nubes más densas siempre brilla el sol, y bajo el mar encrespado hay siempre una gran calma. Así tiene que ser continuamente nuestra vida, llena de serenidad y de calma. Anclados fuertemente en la fe, soportando con entereza todos los vaivenes de la vida, logrando conservar la paz de espíritu, sabiendo descubrir, tras lo que sea, la mano de Dios Padre que nos acaricia y nos consuela.

2.- AL PARTIR EL PAN.- Camino de Emaús. Camino triste a la ida y gozoso a la vuelta. Iban cabizbajos, en silencio, rumiando cada uno en su interior los hechos trágicos que habían presenciado en el Calvario. El Mesías había perdido su poder, lo habían maniatado sin que ofreciera la menor resistencia, aparecía vencido y a merced de sus enemigos. Y ellos habían pensado que Jesús de Nazaret sería el gran caudillo libertador de su Pueblo, el elegido de Yahvé, el nuevo Gedeón o el nuevo Moisés, que reduciría a la nada a sus poderosos enemigos, a la omnipotente Roma. En cambio, el Maestro había sido apresado, juzgado, condenado y ejecutado en la cruz.

Qué triste espectáculo el de aquel hombre desnudo y surcado por los latigazos de la flagelación, despreciado por los de su Pueblo, crucificado por los enemigos de Israel, colgado del madero a la vista de todas las gentes que habían llegado de todas partes para celebrar la Pascua. Dónde estaba el valor y la energía del Rabí, su poder de curar a los leprosos y de expulsar a los demonios, de calmar los vientos y el agua, de resucitar a los muertos. Parecía imposible que estuviera en la agonía de muerte quien había afirmado que Él era la Resurrección y la Vida.

Sumidos en estos pensamientos caminaban, mientras otro caminante se les acerca y les pregunta por la causa de su tristeza. Cuando le explican lo ocurrido, aquel desconocido les hace comprender que todo aquello estaba previsto en las Escrituras santas, era parte de los planes de Dios. Poco a poco iban entendiendo el sentido misterioso de aquella tragedia, se les disipaban gradualmente las tinieblas que les inundaban ahogándolos en un mar de tristeza. Les ardía el corazón al escucharlo, sin darse cuenta de quién era. Pero ellos le convencen para que se quede, pues ya es tarde y se echa encima la noche. Y él se queda, se sienta con ellos a la mesa y les parte el pan...

Fue entonces cuando lo reconocieron. ¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo! De improviso desapareció. Quedan atónitos. No podían quedarse allí. Se olvidan de que la noche ha llegado, y se vuelven corriendo a Jerusalén. El Señor ha resucitado, dicen enardecidos. Sí, le contestan, también Pedro lo ha visto. Desde ese momento el anuncio pascual se repite cada año, y despierta en nuestros corazones la alegría de saber que Cristo ha vencido a la muerte. La cruz no fue el final desastroso sino el comienzo feliz de esta historia que se inició en la Pascua y terminará al final de los tiempos, la historia de nuestra salvación.

4.- ¡DESCUBRAMOS A JESÚS!

Por Javier Leoz

¡Feliz Santa Pascua! Cuando todavía muchos cientos de miles de peregrinos –al igual que los de Emaús— tienen sus corazones enardecidos por el encuentro personal con Jesucristo. Seguimos intentado también nosotros descubrir a ese Jesús que nos sorprende, que marcha en paralelo a nosotros, que nos seduce y nos muestra claras señales de que, su presencia, es garantía y esperanza para creer firmemente en su resurrección.

1.- En multitud de ocasiones, la soledad y el pesimismo, nos agobian y se convierten en una pesadilla en nuestro vivir. Alguien, con cierta razón, ha llegado a decir que “el hombre mira más hacia el suelo que hacia el cielo”.

Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban desconcertados y cabizbajos. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.

2- . Lo mismo, en distintas ocasiones y con muchos matices, nos ocurre al hombre de hoy: pensábamos que todo estaba a nuestro alcance y cualquier catástrofe nos desestabiliza; creíamos dominar la naturaleza y, cualquier tsunami, pone patas arriba años y años de progreso y hasta las más atrevidas edificaciones. ¡Pensábamos que…y resulta que…!

¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo? Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que eran ruinosos.

3.- Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y….seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Que, el Señor, tal vez murió y….nunca resucitó.

Necesitamos regresar hacia aquellas situaciones y gestos que hicieron grande nuestra fe; la eucaristía y la oración, la confesión personal y los momentos de piedad sincera. El mes de mayo a punto de comenzar, dedicado a María, nos puede ayudar –con su mano intercesora- a encontrarnos cara a cara con Jesucristo Resucitado.

4.- No es necesario anhelar signos extraordinarios para dar con el Señor. En el camino, allá por donde discurre nuestra vida, podremos alcanzar, sentir y palpar la presencia de Jesús. Sólo una cosa es necesaria: nos fiemos de Él. Para que Jesús camine junto a nosotros es necesario que le hagamos sitio y, cuántas veces, reducimos tanto el espacio para las cuestiones de la fe que a duras penas Cristo puede hablarnos y recordarnos el inmenso amor que siente por nosotros.

5.- QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Que, si  ahora todo es luz,

sin ti y  cuando te vayas, volverá a ser oscuridad

Que, si  ahora veo tu grandeza,

sin Ti y  cuando te vayas, sólo tocaré mi pobreza



QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Porque, mis  dudas con tu Palabra,

se  convierten en seguras respuestas

Porque, mi  camino huidizo y pesaroso

se  transforma en un sendero de esperanza

en un grito  a tu presencia real y resucitada



QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Que, contigo  y por Ti,

merece la  pena aguardar y esperar

Que, contigo  y por Ti,

no hay gran  cruz sino fuerza para hacerle frente

Que, contigo  y por Ti,

la sonrisa  vuelve a mi rostro

y el corazón  recuperar su vivo palpitar



QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Porque,  contigo, mi camino es esperanza

Porque,  contigo, amanece la ilusión

Porque,  contigo, siento al cielo más cerca

Porque,  contigo, veo a más hermanos

y siento que  tengo menos enemigos

Porque,  contigo, desaparece el desencanto

y brota la  firme fe de quien sabe que Tú, Señor,

eres  principio y final de todo.

5.- VER A JESÚS Y NO RECONOCERLE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Impresiona el cuadro de Rembrandt sobre el episodio evangélico de los discípulos de Emaús. Es la silueta de Jesús lo que muestra la pintura ante el rostro de asombro, bien definido, del discípulo. Efectivamente, el día ya acababa y Jesús había aceptado la invitación de sus compañeros de camino. Le reconocieron a partir el pan… El comentario de los textos evangélicos de la Resurrección no es fácil porque todos ellos abren muchas posibilidades de interpretación. Por un lado queda claro que los seguidores del Maestro de Galilea sólo se convencieron de quien era Jesús cuando resucitó y se les apareció. La semana pasada asistíamos a la incredulidad de Tomás. Y este domingo, ciertamente, a la incredulidad de Cleofás y de su acompañante. Relatan que habían oído hablar a las mujeres de “apariciones de ángeles” y de que “algunos de los nuestros” encontraron el sepulcro vacío. Desde luego, no eran certezas, pero también esas posibilidades de que se cumpliera lo que Jesús había anunciado les podrían haber inspirado. Pero no. Marchaban, huían más bien, a su pueblo, totalmente hundidos y desilusionados.

2.- Se produce, además, ese ver a Jesús y no reconocerle, como le había pasado a María Magdalena. De ahí surge la idea de un nuevo aspecto del Maestro que le hace irreconocible. Aunque más bien habría que pensar que le iban a reconocer cuando creyeran, realmente, en él. Y es la voz de Jesús, en caso de la Magdalena y las manos y su forma de partir el pan para los de Emaús. Realmente, Jesús pudo mostrarse a todo el pueblo. Y su sola imagen de Resucitado en medio de la explanada del Templo habría producido algo así como un cataclismo. Muchos habrían creído en Él. En estos tiempos habría dado una rueda de prensa… Pero no era eso lo buscado. Dios no se impone. Dios busca lo más hondo del corazón de cada uno. Intenta ayudar, intenta convencer. “Nuestro corazón ardía”. Eso es.

3.- Pero es obvio que cuando Jesús, ya glorificado, decide permanecer junto a sus discípulos es porque a estos les quedaba mucho camino por recorrer. Siempre me hecho la siguiente pregunta: ¿fue imprescindible que el Señor resucitara para que sus discípulos se convencieran de que no era un rey temporal, ni un caudillo político? Pues, me parece que sí. A pesar de su enseñanza de muchas horas, de muchos días en sus tiempos de vida en la tierra. Y el ejemplo está en la muy significativa narración de San Lucas respecto a los de Emaús descubre que esos seguidores de Jesús sólo esperaban su triunfo político. Además, el evangelio de San Juan narra, al final, la pregunta de los Apóstoles sobre "si va a ser ahora cuando restablezcas el Reino de Israel". No parece muy adecuada esa pregunta cuando ya discípulos y seguidores se "enfrentan" a un Jesús prodigioso con capacidad para atravesar barreras físicas y temporales. Y, sin embargo, el planteamiento del "gran sueño" sigue en pie. No debemos extrañarnos de ello. Nosotros nos hemos acostumbrado a la Resurrección de Cristo y a su condición de Dios desde el principio. La enseñanza de la Iglesia así lo dice.

4.- Los coetáneos esperaban el triunfo del Mesías que, entre otras cosas, se pensaba que era un camino emancipador, al modo del de los Macabeos, y frente al invasor romano. No obstante, los temores de Caifás respecto a "que muriera un solo hombre por el resto del pueblo" aclara bastante la situación. También la religión oficial judía y en especial fariseos y saduceos siempre vieron a Jesús como a un líder social y político. Es cierto que el mensaje espiritual de Jesús era concluyente y que preconizaba un reino de paz y fraternidad, pero probablemente la alta magistratura judía pensó que el nuevo profeta buscaba hacerse con el poder que residía en ellos. No fueron capaces de entender que "el reino de Jesús no era de este mundo". Es obvio que tampoco lo habían visto sus seguidores y que tuvo que llegar el Espíritu Santo para darles a conocer la auténtica realidad. Aunque durante esos días posteriores a Resurrección todos --apóstoles, discípulos y seguidores— sintieran que "ardía su corazón mientras hablaba por el camino y explicaba las Escrituras".

5.- Será, pues, muchos meses y años después de la Ascensión cuando el recuerdo del periplo terrestre de Jesús comience a inscribirse en esa capacidad transcendente, espiritual, religiosamente propiamente dicha… y no política. Pero haría falta tiempo, insisto. En toda conversión hace falta ese tiempo y, al fin al cabo, la historia del cristianismo no es otra cosa que un conjunto continuado de conversiones. Y es esa cercanía del Dios "ya ausente" --en forma del Espíritu— lo que ayudará a mejor entender todos los matices. Y también en nuestro propio periplo actual, no podemos dejar de invocar al Dios altísimo para que nos ayude a mejor comprender lo que su hizo quiso hacer en los tiempos de su presencia terrestre. Es fácil asimilar la idea de que todos los cristianos de todas las épocas tenemos un gran parecido entre sí y dicha identidad se completa por la presencia de la Santísima Trinidad en nuestras almas, en nuestro espíritu, que nos enseña e ilustra, como lo hizo el Señor Jesús en esos tiempos posteriores a la Resurrección, con sus discípulos.

6.- Pedro, vicario de Cristo en la Tierra y primer Papa de la Iglesia, es protagonista de las otras dos lecturas. La segunda lectura es, precisamente, un texto sacado de su primera carta y que da una excelente referencia a la creación de nuestra fe. Dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza". La gran novedad que ofreció Jesús a los hombres es un conocimiento más certero de cómo era Dios Padre y de cómo conocida su "imagen invisible" sabemos que todo el amor y la ternura procede del Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Pero, a su vez el relato de los Hechos de los Apóstoles da la misma doctrina que la Carta de Pedro y, en su contenido, parecen --casi-- el mismo texto. Lo que se intenta es profundizar sobre la muerte y resurrección de Jesús en un contexto histórico determinado, para al superar dicho contexto testimoniar la fuerza de Dios y el poder de su Hijo. Poco importa ya como fueron aquellos hechos terribles de la muerte del Salvador, lo que queda es la prueba de su divinidad y del hecho fehaciente de que reina a la derecha de Dios.

7.- Hemos dicho muchas veces que este tiempo de Pascua hace más propicia, más profunda nuestra conversión. Y también que con la mirada del corazón puesta en estas escenas del tiempo posterior a la Resurrección podemos incrementar nuestra fe y nuestra esperanza. La importancia de la enseñanza de la Escritura ofrecida como liturgia en la misa de cada domingo es enorme. Hoy el episodio de los de Emaús en sencillamente impresionante. Se nos grava fuerte en nuestra conciencia. Y sus imágenes nos inspiran… El Señor camina a nuestro lado y no lo reconocemos. Muchas veces nos habrá pasado esto. Ver a Jesús, sin verlo, en cualquier episodio de nuestra vida. Y luego, al recapacitar un poco, descubriríamos que nos ardía el corazón en torno a ese hermano nuestro que sufría y nos necesitaba. Sin duda, era Jesús, pero no sabíamos verlo.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

LA FUERZA DEL CORAZÓN

Por Pedrojosé Ynaraja

2.- La mayoría de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, habrá participado en alguna reunión multitudinaria. Yo también. Recuerdo especialmente las JMJ de Madrid, a las que asistí no como joven, que no lo era, sino como sacerdote-periodista, que he dedicado mi vida, y Dios me lo ha facilitado, a la ayuda de la juventud. Las estadísticas hablaron de más de dos millones de asistentes y me sentí muy satisfecho de haber podido asistir a un tal acontecimiento. Algo semejante me ha ocurrido estando en Roma y concelebrando con miles de sacerdotes. No lo olvidaré nunca.

2.- Me pregunto, y quisiera que también os lo preguntaseis vosotros ¿gracias a estas multitudinarias reuniones ha crecido mucho la Fe personal de cada uno de vosotros y se ha modificado, convertido, vuestra vida? Vosotros, más que yo seguramente, sentís necesidad y gusto de encontraros en lugares, reuniones, asambleas, donde asisten muchas personas con los que nos podemos identificar, que suponemos piensan como nosotros. Ahora bien ¿su numerosa compañía refuerza nuestro convencimiento? Preguntaos con radical sinceridad: ¿si no hubierais podido asistir, creéis que vuestra Fe y vuestro deseo de que se extienda el Reino, y vosotros participéis en ello, haya más paz y justicia en el mundo, se llenen los corazones de amor y felicidad, hubieran disminuido? ¿Es la asistencia a tales actos, instrumento eficaz de conversión y crecimiento, o su único valor reside en que la cantidad de asistentes os sirva para presentarla a los demás, a los que no han asistido, y reforzar vuestra satisfacción y presumir de ello?

3.- El hecho histórico de mayor valor, la Resurrección redentora de Jesús el Cristo, no se anunció al principio a multitudes convocadas. El Señor conocía tales encuentros, los había experimentado en su vida histórica por tierras galileas. Su mensaje de salvación y paz, el contenido del Sermón de la montaña, lo había proclamado a muchedumbres que con Él pasaron días escuchándole. Ahora en cambio, comunicar, confiar, encomendar su difusión, el Señor lo confió a muy pocos.

4.- Se nos dice que primero fue María la de Mágdala, posteriormente a dos de ellas, el evangelio que proclamamos este domingo, nos habla de dos únicos compañeros de camino. La primera persona apóstol fue una mujer al amanecer del precioso día.

5.- Al atardecer del maravilloso acontecimiento de su Resurrección, la primera Fracción ritual del Pan, aquella que le identifica ante los suyos, aquel precioso proceder, se hace en un domicilio familiar, con la asistencia de unos pocos. Y los dos mejor dotados, no van corriendo al Templo de Jerusalén, allí donde se enseñaba a muchos. No fueron a ofrecer su discurso a las multitudes reunidas con motivo del Pesaj en sus atrios No fueron a encontrarse con unos pocos y les dijeron entusiasmados lo que habían visto y compartido.

6.- El episodio de Emaús es el más encantador relato de entre todos los que a la Pascua se refieren. Digo encantador, no afirmo que fuera el de contenido más profundo y rico. Cleofás y su acompañante anónimo caminan afligidos. No se encierran en su desánimo. No apartan al Entrometido que quiere compartir inicialmente, después consolar. Hoy en día si nos los encontráramos y se adaptaran a nuestro lenguaje, seguramente que nos dirían que fue, sin buscarlo, una sesión de terapia, del mejor sicólogo que haya existido. Ardía su corazón al escucharle, pero en el preciso momento en que se les confiaba, no eran capaces de comprenderle. Siglos más tarde Blaise Pascal dirá: El corazón tiene razones que la razón no entiende… la grandeza de un hombre consiste en saber reconocer su propia pequeñez…

7.- No sabemos con exactitud donde estuvo Emaús. Tres lugares diferentes se lo atribuyen. Pese a que he conocido y visitado los dos que con más probabilidad pudieron serlo, os confío que no me preocupa su autenticidad. Os estoy escribiendo, mis queridos jóvenes lectores, al poco de volver de una caminata con unos cuantos compañeros. A uno y otro lado del sendero, de las ramas de las encinas que poblaban el bosque, colgaban sus humildes flores masculinas. Lo observaba yo sin interés al principio, pero no he querido olvidarlo, formaban parte las de hoy y las de aquella Pascua, del mismo decorado. Me he detenido un momento y he fotografiado un anónimo racimo. No me faltaba más que poner, confiar, ofrecer, algo del mensaje que les confió el Señor. He procurado ser fiel.

8.- Os pido, mis queridos jóvenes lectores, que no ambicionéis acudir a todas las jornadas, asambleas, congresos, convenciones o cualquier clase de reuniones que por el ancho mundo se convocan. Más bien convertid vuestros contactos, preparados o imprevistos, en un Camino de Emaús. Y así arderá vuestro corazón entusiasmado y contagiaréis vuestro gozo a los que tal vez sin proclamarlo a los cuatro vientos, viven desilusionados y afligidos. En otro lugar de este mismo espacio virtual he hecho mención de las apariciones del Señor, los encuentros con sus más íntimos, (De paso os digo que seguramente el Cleofás este de hoy, era primo del Señor, pero con el que no había tenido contacto personal. No así su madre, que estuvo al pie de la cruz, acompañando y consolando a la madre del Señor ¡sublime ocupación la de consolar a Santa María!)

9.- A lo que iba. San Pablo recuerda que Jesús se apareció a más de quinientos, no obstante ser tantos, no se nos dice cuantos se convirtieron, cuantos evangelizaron, cuantos sufrieron martirio. (I Cor 15,6). No os afanéis por los números. Nuestro propósito no debe ser nunca superar en asistencia a los que acuden a festivales musicales o estadios de futbol. Vuelvo a recordaros que caminos de Emaús hay muchos. No olvidéis escoger alguno que resulte tan provechoso y gozoso como el que nos cuenta el evangelio de la misa de hoy.