30 abril 2017

En el partir el pan

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Ser cristiano es creer en la resurrección. Por eso la resurrección es el núcleo de la predicación y del testimonio de la Iglesia.
Una relectura
Este texto de Lucas ha marcado fuertemente la memoria cristiana. Jesús se suma discretamente, y siguiendo costumbres de la época, a unos caminantes que iban a Emaús y conversaban preocupados sobre lo que acababa de suceder en Jerusalén (cf. 24, 13-15). Estaban tristes (es decir, lo contrario de lo que la resurrección debe producir en el creyente) y, tal vez, decepcionados; se asombran de que el desconocido no sepa lo que pasó en Jerusalén con Jesús el Nazareno, profeta de Dios condenado a muerte por los grandes de su pueblo (cf. v. 18-21). Las mujeres de su grupo y algunos de ellos dieron testimonio del sepulcro vacío, pero su fe no ha madurado lo bastante para ver en esa ausencia la presencia de Jesús resucitado (cf. v. 22-24).

Creer en la resurrección, percibir todo su alcance es un proceso, requiere tiempo. Demanda también saber leer las Escrituras, es lo que hace con paciencia y dedicación el caminante que se ha unido a ellos: «Les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (v. 27). Jesús es, en efecto, como decía san Agustín, la clave de la Escritura. Nunca terminamos de leer la Biblia: a ella vamos con preguntas, pero ella nos interpela. La leemos, pero ella nos lee igualmente. Nos revela a Dios, pero también nos revela a nosotros mismos. La Biblia nos recuerda que a Jesús lo encontramos en los excluidos y sufrientes de este mundo; al mismo tiempo que nos invita a alargar la lista de los rostros de pobres en los que debemos reconocer los rasgos de Jesús. Tarea, esta última, nada difícil —pero no por eso menos penosa— en un continente como el nuestro en el que cada vez hay más pobres.
Testigos de la resurrección
Los discípulos, llamados de Emaús, siguen sin reconocer a Jesús, pero ponen en práctica la acogida que han aprendido de su maestro: «Quédate con nosotros» (v. 29). El desconocido toma el pan, lo bendice y lo comparte, los discípulos recuerdan entonces que así procedía Jesús (cf. Lc 9, 12-17). Esto hizo que lo reconocieran como el Mesías (cf. 24, 18-20). En el don del pan se expresa su propia entrega, y ello abre los ojos de los dos amigos. Ahora ven lo que su inercia y su tristeza no les permitía percibir, el gesto del Señor da nueva fuerza a la lectura de la Escritura (cf. v. 32). Una vez en Jerusalén los discípulos se alegran y se confortan comunicándose mutuamente que Jesús resucitó (cf. v. 33-35).
Dar testimonio de esto es la tarea del discípulo. Cuando tienen que elegir a uno para que se sume a los doce, lo escogen entre los que fueron testigos «con nosotros de su resurrección» (Hech 1, 22). Nuestra gran pregunta es pues: ¿cómo ser testigos de la resurrección y la vida en un mundo en el que, como diría César Vallejo, el dolor y la muerte crecen a sesenta minutos por segundo? Busquemos la respuesta teniendo puesta nuestra fe y esperanza en Dios (cf. 1 Pe 1, 21).
Gustavo Gutiérrez