23 abril 2017

Domingo II de Pascua

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Situación
Los cristianos vivimos con frecuencia la tensión entre autonomía y comunidad. Que se traduce en diversos ámbitos: ¿Dónde está el centro de mi compromiso cristiano: en las realidades seculares, en las que no es fácil percibir la presencia de Dios, o en la parroquia, donde me siento Iglesia? ¿Hay que insistir en madurar la fe personal o en crear comunidad?
Teóricamente, esas bipolaridades no sólo no son contradictorias, sino complementarias. Pero según se acentúa un aspecto u otro, la vivencia real es distinta. 

 

Contemplación
Muchos nos sentimos identificados con la figura de Tomás. Es el racionalista que necesita ver y tocar para creer, es decir, objetivar y controlar, hasta que descubrimos que, efectivamente, Dios nos invita a ver lo que ha hecho por nosotros (las llagas), y nos enseña a ver más lejos (en las llagas, las heridas del amor de Dios y las fuentes del Espíritu)
Más tarde aprenderemos a caminar de fe en fe, a creer sin necesidad de ver.
Tomás es el individualista que, al separarse de la comunidad, al sujetivizar su fe, termina cerrándose sobre sí mismo y se hace así incapaz de encontrarse con el Resucitado y recibir su paz. Pero es, también, el que, como tantos creyentes de hoy, vive un proceso personalizador de la fe y, por ello, tiene una palabra que decir a los no creyentes, en contraposición con la fe sociológica de quienes buscan en la comunidad el seno protector, el refugio de sus miedos a un mundo descristianizado y hostil.
La lectura de los Hechos nos presenta la realización práctica de la fe: la comunión de los discípulos de Jesús, el gran signo ante el mundo de que el Reino ya ha llegado. Un retrato, sin duda, idealizado de la comunidad primitiva de Jerusalén; pero necesario, como llamada constante a plasmar prácticamente el proyecto de Dios de una humanidad fraterna.
 
Reflexión
En la Eucaristía vivimos con intensidad el contraste entre la realidad constatable y lo que ella significa y realiza, esa nueva humanidad, caracterizada por lo que dicen los Hechos de la comunidad primitiva de Jerusalén. En efecto, en la Eucaristía escuchamos la Palabra, invocamos a Dios-Padre, nos unimos como hermanos y compartimos lo que tenemos.
Teológicamente, es claro: La gracia primera de este sacramento es la comunión con Dios y el amor fraterno.
Pero la realidad es que apenas nos conocemos, que la fe que profesamos públicamente se parece demasiado a fórmulas estereotipadas (la velocidad y apatía con que rezamos…), que la limosna que damos se parece más a un gesto ridículo y humillante que a un compartir cordial y efectivo, que estamos pendientes del reloj (la Misa, cuanto más corta mejor), que no sabemos qué tiene que ver esa asamblea con los problemas que nos preocupan (a lo sumo, ese rato nos sirve para la oración individual y para presentarle al Señor nuestros problemas), etc., etc. ¿Es eso una comunidad?
Sin embargo, ¿no es increíble que Dios siga renovando su amor fiel con los que estamos ahí, tan ausentes, y que insistamos en escuchar el mensaje de Jesús, tan a contracorriente, y que toquemos y comamos ese cuerpo y esa sangre, y que, a pesar de nuestras diferencias ideológicas y sociales, formemos una comunidad y nos demos el abrazo de la paz, y que, a pesar de nuestro egoísmo, intentemos, una y otra vez, salir de nosotros mismos para compartir lo que somos y tenemos?
Así es la Iglesia, como la Eucaristía: luz y sombra, don y tarea… 
 
Praxis
¿Cómo vives ese claroscuro de tu Misa dominical, como problema o como camino de tu maduración creyente?
¿Qué buscas en la comunidad cristiana: el ideal de fraternidad que no encuentras en el mundo, el refugio de tus conflictos? No seas iluso, pues los problemas humanos se dan igualmente en ella.
Quizá eres tan individualista que tu parroquia no es para ti más que un edificio con una serie de servicios.
Ciertamente, la comunidad cristiana no existe para sí, sino para los hombres; la misión se realiza, primordialmente, en el mundo. Pero sin compartir tu fe, terminarás por vaciarla de sentido.