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23 abril 2017

Con sencillez de corazón

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El centro de la Semana Santa es la celebración de la Resurrección de Jesús. Los textos de este domingo se hacen eco de ese acontecimiento mayor.
• Paz y misión
El autor del evangelio se propone relatarnos algunas, de las muchas, señales que realizó Jesús. Escribe «para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn 20, 31). Creer es tener vida. Tener fe es creer en la vida. Para Juan todo comienza con la experiencia, y el encuentro con Jesús (cf. 1, 35-39). El evangelista se presenta como un testigo de los hechos y los dichos de aquel que venció la muerte y resucitó. Ese testimonio es lo propio de los discípulos, de aquellos que lo siguieron atentos y desconcertados por los caminos de Galilea. Creer en el Maestro fue para ellos un proceso difícil pero gozoso.
Cuando murió temieron que todo hubiese terminado, pero el Señor resucitado —como lo cuenta este pasaje de Juan— se apareció a ellos. Su presencia les inspiró paz (cf. v. 19-21. 26), al mismo tiempo que significó para sus discípulos una nueva exigencia: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo» (v. 21). Ellos son los continuadores de su obra.
Nosotros hemos recibido ese testimonio y con él la paz y la misión. De alguna manera Tomás nos representa en el texto, no vio físicamente al Señor resucitado. Nosotros tampoco. Jesús reprocha a Tomás su no aceptación del testimonio de los otros discípulos. Regaño afectuoso: «No seas incrédulo sino creyente» (v. 27). Juan, que insiste tanto en la experiencia como fundamento de la fe, quiere así recordarnos cuál es hoy la vivencia que podemos tener de Jesús: el testimonio del hermano. Tanto el que se transmite de generación en generación, como el actual, así nos llega el evangelio del Señor.
Una esperanza viva
El testimonio de la Resurrección del Señor es forjador de comunidad. De ella forman parte los que creen en la vida. Tener fe implica compartir lo que tenemos «según la necesidad de cada uno» (Hech 2, 45). La fe cristiana no consiste en afirmar verdades abstractas, es tener vida, y la vida supone comunicación. Sólo una Iglesia solidaria con los más pobres de este mundo, formada por personas que comparten lo que tienen, que no se sienten superiores a nadie por ser cristianos o por la función que tienen en la comunidad eclesial, puede celebrar la eucaristía «con sencillez de corazón» (Hech 2, 46).
La paz que nos trae el Señor resucitado, es al mismo tiempo tarea. Misión animada por «una esperanza viva» (1 Pe 1, 3). Responsabilidad de comunicar, de compartir, esa esperanza; cuando ésta muere en una persona o en un pueblo, no quedan sino tinieblas y tristezas. No se puede proclamar la resurrección sino en la alegría. Una alegría que no olvida la presencia de aflicciones y de pruebas (cf. 1 Pe 2, 6), pero tampoco los signos de vida que dan muchos seguidores de Jesús. Es necesario vivir todo esto con sencillez de corazón.