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19 marzo 2017

Tercer domingo de Cuaresma

Resultado de imagen de jesus y la samaritana
1. Situación y contemplación
Ponte en el lugar de la samaritana. Vas por agua y te has encontrado con Jesús, cansado, junto al pozo. El corazón del hombre, simbolizado por la mujer; el pozo misterioso; Jesús, fuente de agua. ¡En esta escena se refleja cada una de nuestras vidas, la humanidad entera!
La mujer busca agua porque tiene sed. Como cada uno de nosotros. Sólo más tarde nos daremos cuenta de que en nuestra sed (de felicidad, de reconocimiento, de plenitud, de salvación) estaba El, dándonos sed de algo más grande, cuyo secreto le pertenece.
¿Qué sed honda hay en ti que te hace estar insatisfecho? ¿Tiene algo que ver con Dios?

El diálogo entre Jesús y el corazón del hombre/mujer parece un diálogo de sordos. Jesús habla del agua del Espíritu Santo, reservada para la venida del Mesías, la que transforma al hombre por dentro y le hace vivir la relación con Dios «en espíritu y en verdad». La mujer no entiende, porque lo esencial sólo se entiende cuando uno nace de nuevo, cuando se produce una iluminación interior; pero ella es auténtica, y ha comenzado a desear sin entender, a pedir el don que Jesús promete.
No basta desear, pues siempre deseamos en función de nuestras necesidades o de nuestras expectativas. Por eso hay un momento clave en este proceso de transformación interior: cuando te dejas juzgar por Jesús y te encuentras, desnudo, ante tu propia verdad. En efecto, «has tenido cinco maridos», pero amor verdadero sólo es el que nace de Dios, el que se recibe de Dios como don y fuente, que no depende de nuestros deseos, ni esfuerzos, ni buenas obras, ni expectativas de felicidad.
Vivir del don en cuanto don. En eso consiste la fe, la adoración de Dios en Espíritu.
La verdadera conversión está en este paso del deseo a la fe, en ser sobrepasados por la Gracia. Paz del corazón, que no vive de deseos, sino de humilde agradecimiento.
2. Reflexión y praxis
Si entiendes la pagina anterior por experiencia propia, entonces tienes el agua del Espíritu en tu corazón. Que esta Cuaresma te sirva para no alejarte de dicha experiencia, ya que está siempre amenazada por la tendencia a apropiarnos del don de Dios o a volver a nuestros viejos esquemas (a vivir de deseos y de esfuerzo moral, buscando siempre autojustificación o autoplenitud).
Si no la entiendes, te habrá desconcertado. Quieres respuesta concreta, una solución: ¿Qué hay que hacer para vivir del Don?
No hay nada que hacer, pues en este caso sería obra nuestra, y nosotros seríamos la fuente.
Tampoco es algo meramente pasivo. Lo que hay que hacer es abrirse al Don, aprender receptividad, y por desgracia no estamos acostumbrados a plantearnos la vida desde el Don que recibimos. Por ejemplo:
– Ser consciente de esta contradicción: que el deseo de algo mejor en cualquier terreno, el humano (más justicia y paz), el moral (perfeccionamiento en las virtudes) o el religioso (búsqueda de unión con Dios), es bueno; pero que necesariamente nos conduce a apropiarnos la existencia, pues se alimenta de la ilusión de que el hombre puede alcanzar su propia plenitud.
– Mirarle a Jesús, escuchar la promesa de otro Don, hecho a la medida del corazón de Dios, no de nuestros deseos estrechos, y desearlo pidiendo, sabiendo que es pura Gracia, que no tenemos ningún derecho, maravillados de que haya venido a dárnoslo, agradecidos.
– Creer en el amor de Dios, sin más, sin medirlo por nuestras buenas obras, quedar boquiabiertos ante ese don de su amor. ¿Por qué a mí, por qué a mí?
– Vernos pobres pecadores, esclavos de fuerzas oscuras y situaciones sin salida, y experimentar que El se acerca a nosotros sin imponerse, que nos lleva suavemente a la verdad que nos angustia o culpabiliza, que nos habla al corazón haciendo suyo el peso de nuestra existencia…
La Cuaresma y la Pascua ponen ante nuestros ojos el amor desbordante de Dios, que está creando un mundo nuevo. Si supiésemos abrirnos al Don, y percibir su fuerza salvadora…
Javier Garrido