19 marzo 2017

Domingo III de Cuaresma

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En los textos escuchados salen a relucir, al menos, tres grandes temas muy interesantes para nuestra espiritualidad.
El primero nos lo ofrece la lectura del Éxodo (17, 3-7) 
La sensación de “hartazgo” por haber hecho el bien. Moisés carga con la responsabilidad que Dios le ha encomendado y a cambio se encuentra metido en más de un lío, uno de los cuales acabamos de escuchar: “Un poco más y me apedrean”. 
Probablemente es una tentación que también la hemos experimentado nosotros. Más de una vez nos habrá asaltado la pregunta ¿Quién me habrá mandado a mí meterme en estos líos no solamente de tomar a Dios en serio sino de ocuparme por extender su reino por el mundo? ¡Lo feliz que podía vivir yo sin estas preocupaciones morales y apostólicas!

En principio, como “tentación”, no tiene por qué preocuparnos esa “ocurrencia”. Los cristianos somos de carne y hueso, no de piedra; el cansancio por los líos y las dificultades es un acompañante de nuestras actividades, incluidas las espirituales.
Por eso la sensación de “estar hartos” no debe preocuparnos excesivamente; hemos de admitirla como nuestra compañera de viaje. 
Otra “razón” para no abandonar es que no es del todo cierto, ni muchísimo menos, que desentendiéndonos de los “asuntos espirituales” fuéramos más felices. NO. En todo caso podríamos ser más inconscientes, menos humanos. La dimensión espiritual del hombre es tan integrante de su realidad personal como la corporal. No somos solamente carne, no; somos un ser con capacidad de abrirnos espontáneamente a lo suprasensible. Las preguntas por el qué será del hombre después de la muerte o cual es el sentido definitivo y más profundo de la existencia, brotaron espontáneamente en la mente humana al principio en forma muy elemental, religiones paganas, luego ya más precisamente con la filosofía griega y hoy gozan de toda legitimidad intelectual. Renunciar a preguntarse por uno mismo es renunciar a descubrirse a sí mismo como persona. A no ser que se idealice la situación del “desconocido para uno mismo”, como la meta de nuestra intelectualidad, la apertura a esa temática es ineludible en un serio planteamiento de la propia vida. El ideal del hombre no puede ser vivir en la inconsciencia de su más profunda razón de ser y existir. Ese podría ser el “ideal” para una vaca pero no puede serlo para el hombre a menos que acepte terminar siendo un “extraño” para sí mismo. 
Buena prueba de lo peligroso de abandonar estos planteamientos es la desorientación existencial en la que naufraga gran parte de la llamada civilización occidental. Si no, por qué esa tan extendida pregunta-exclamación de ¿A dónde vamos? ¿Qué está pasando?
Tal vez el peligro mayor que acosa actualmente a la humanidad sea la superficialidad, el flotar en el vacío espiritual. 
El segundo tema o asunto nos lo sugiere la carta de San Pablo a los Rom. (5, 1-2, 5-8): La esperanza es la que nos alienta en la dura tarea de ser fieles a Dios. 
Nos lo recordaba San Pablo: “nos mantenemos firmes y nos alegramos con la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. La esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha dado”. Esta es una de las ideas fuerza que nos ayudará a mantenernos firmes en el propósito de ser fieles a Dios tanto en cuanto al cumplimiento de nuestras responsabilidades con Él como en las de ayudar a los demás a encontrarlo.
No somos “alocados” dando palos de ciego al aire. NO. Sabemos muy bien lo que queremos y a lo que aspiramos: vivir conforme a lo que nos ha comunicado Dios mediante la Revelación. Esa es nuestra fuerza y nuestro sostén.
El tercero nos lo brinda el mismo Jesús en su encuentro con la Samaritana (Jn. 4, 5-42) 
El verdadero culto a Dios es lo que puede saciar la sed de orientación existencial, la nuestra y la de los demás. 
Todos andamos buscando algo que pueda dar consistencia definitiva a nuestra problemática existencia. Por otra parte, y como cristianos comprometidos, nos preocupa que tanta gente camine por la vida sedienta, hambrienta de algo que verdaderamente les llene, les dé sentido a su vida, sin saber ni donde ni cómo conseguirlo.
El Papa en la E.G. decía: “Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro” (89)
El comportamiento de Jesús con la samaritana es extraordinariamente enriquecedor y orientador, no solamente para saciar nuestra sed existencial sino también para ser, como decía el Papa en la misma Exhortación “personas cántaros que den de beber a los demás (86). 
La samaritana iba al pozo a saciar su sed; su sed de agua. El encuentro con Jesús le permite descubrir algo que satisfaga su sed existencial. Se había casado cinco veces y su actual marido, el sexto, tampoco lo era en firme. Una tan grande inestabilidad era signo claro de que esa vida andaba a la deriva, que estaba llevada por el viento de la desorientación.
Jesús se le acerca y con humildad inicia un diálogo que la llevará prudentemente al terreno que Él quería. Le ofrece un agua que le quitará esa inestabilidad existencial: el culto a Dios. No un culto de rutinas sino uno que la lleve a ser una adoradora en espíritu y en verdad; uno que la convierta en una mujer nueva, sólida, sabedora de lo que realmente es y de aquello a lo que puede legítimamente aspirar.
Esa misma agua la sigue ofreciendo hoy a todos cuantos quieran saciar su sed y hambre de sentido.
Ya en otro momento, con ocasión de la despedida en el Cenáculo, había dicho a los apóstoles que “Él era, el camino, la verdad y la vida”. Idea que también expuso a Marta y María ante Lázaro difunto al afirmar que “Él era la resurrección y la vida” 
Atendamos a estos grandes ofrecimientos y busquemos en Dios donde anclar sólidamente nuestra personalidad; donde fundamentar nuestra vida. 
Superemos la sensación de estar “hartos”, profundicemos en los grandes temas revelados por Dios y encontraremos para nosotros y para ofrecérsela a los demás, aquella agua que ofreció Jesús a la samaritana, allá en el pozo de Jacob, hace dos mil años. AMÉN.
Pedro Sáez