12 marzo 2017

Entre el Tabor y el Calvarioii domingo

La vida no es uniforme, plana. Es como el tiempo. Cambia con notable frecuencia. No en vano está compuesta por momentos de optimismo y pesimismo. Lo expresa muy bien una conocida canción latinoamericana, “así yo distingo dicha de quebranto los dos materiales que forman mi canto”. La vida es una mezcla de risa y llanto. El acontecimiento de la transfiguración, que celebramos hoy, constituye un ejemplo. Las lecturas bíblicas de este domingo nos lo relatan.
Jesús observó que el grupo de sus apóstoles estaba desanimado, y triste, pues les había confesado: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y se va a cumplir todo lo que escribieron los profetas acerca de este Hombre: le entregarán a los paganos, se burlarán de él, le insultarán, le escupirán y después de azotarlo, le matarán; pero al tercer día resucitará”. Este anuncio inquietante era una bofetada a las aspiraciones de los apóstoles, que esperaban un Mesías triunfador. Para ayudarles a recuperar el buen tono vital, Jesús propone al grupo subir a un monte (la tradición afirma que es el monte Tabor). Pero a esta salida no invita a todos, sino solo a tres: a Pedro, a Santiago y a Juan. Los tres que poco tiempo después, en la noche de la Última Cena, le acompañaron en el huerto de los Olivos. Una vez en la cumbre Jesús se transfiguró. Al verle Pedro exclamó: “Señor, ¡Qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Los expertos en Biblia ven en este hecho un anticipo de la Resurrección. Jesús les prepara para que no se derrumben en los momentos dolorosos, dramáticos de la Pasión, del monte Calvario. El Tabor aliviaría los sucesos del Calvario.

Hay momentos, que por nuestra condición humana, necesitamos ”tabores” y personajes como la Verónica y el Cireneo, necesitamos de gestos, de testimonios, que entonen, que enardezcan nuestra sensibilidad. De aquí brota una consecuencia, si nosotros agradecemos y valoramos el que alguien nos ofrezca la posibilidad de vivir una experiencia como la que sintieron los apóstoles, es lógico que estemos dispuestos a facilitar tales vivencias. Una bonita oración consistiría en pedirle a Dios la suficiente alegría como para ser amables, los suficientes fracasos como para ser humildes, los suficientes éxitos como para ser optimistas. Dios no nos quiere perezosos, comodones, sedentarios, apoltronados, ociosos, calmosos. A Abraham le dice “sal de tu tierra hacia el lugar que te mostraré”. A Pedro, que en una especie de arrebato, ante Jesús transfigurado, exclamó: “¡Qué hermoso es estar aquí y”, le corrige diciendo:
“Levantaos”. Y bajaron de la montaña. Jesús no es partidario de un falso espiritualismo. Falso porque no aterriza, porque se queda flotando en las alturas sin descender a la arena, sin pisar tierra. Nos quiere “levadura y sal” en la masa.
Un consejo dirigido a los que formaban parte de aquél escenario y a través de ellos a todos nosotros, un consejo conciso: “ESCUCHADLE”. Un buen consejo, hecho por un presentador excepcional: DIOS. En estos tiempos de crisis en los que los valores tradicionales no acaban de desaparecer y los nuevos valores no triunfan en este nuestro mundo del “todo vale”, es una suerte tener a alguien de garantía a quien escuchar y seguir. Una pregunta pertinente y apropiada es a quien seguimos, a quien escuchamos, pues todos tenemos algo o alguien tras el cual o lo cual corremos.
Que, a pesar de las dudas y vacilaciones, a pesar de las bravuconadas y desgana, le sigamos, le escuchemos porque Le queremos.
Josetxu Canibe