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19 marzo 2017

El pozo de Jacob

Resultado de imagen de jesus y la samaritana
Ex 17, 3-7
Rom 5, 1-2.5-8 
Jn 4, 5-42
La misión de Jesús supera los marcos del pueblo judío y las concepciones y prejuicios de su época.
El agua viva
Estamos ante un precioso texto de Juan, revelador de una faceta sumamente importante de la misión de Jesús. Los samaritanos son gente despreciada por los buenos judíos; su religión y sus costumbres están mezcladas con elementos paganos. En pleno calor (a mediodía, hora sexta) Jesús está solo «junto al pozo» de Jacob (v. 6); pide de beber a una samaritana, la mujer se sorprende, sabe que los judíos no les hablan. Pero, precisamente, el Señor le ha pedido un gesto de solidaridad humana elemental que está por encima de las diferencias religiosas entre los pueblos. El Señor avanza con audacia, la circunstancia le permite referirse al «agua viva» de su mensaje. A él también tiene derecho la samaritana. 

Jesús no sólo le dirige la palabra, le ofrece la vida. Una vez más la actitud del Señor supera las fronteras políticas y religiosas. La mujer no entiende, tiene que ampliar su visión. Jesús prosigue pedagógicamente su ofrecimiento, el agua que promete sacia definitivamente la sed humana de plenitud y de vida (v. 13-14). Se trata de la fuerza del Espíritu (v. 24). La resistencia de la samaritana comienza a ser vencida; tal vez no comprende todo, pero pide esa agua viva (v. 15).
Jesús lee entonces el corazón de la samaritana y provoca su reconocimiento: «Eres un profeta» (v. 19). Jesús da el último toque a su proclamación: el Padre debe ser adorado «en espíritu y verdad» (v. 24). Se trata de un culto que va más allá del que rinden judíos y samaritanos, dirigido a un Dios cercano y amoroso, Padre.
¿No será el Cristo?
Los samaritanos también esperaban al Mesías (v. 25). El Señor se revela: «Yo soy» (v. 26). Encontrar a Jesús lleva a compartir esa experiencia; esta mujer de un pueblo despreciado se convierte así en una enviada (v. 28-29). Va hacia su propia gente, les comunica lo que cree haber descubierto. 
Por su parte, los discípulos, miembros del pueblo judío, por respeto no reprochan nada a Jesús, pero están sorprendidos. El Señor pasa unos días con los samaritanos, les da un testimonio directo (v. 40-42). Juan nos quiere, quizá, indicar con este episodio la presencia de samaritanos en las primeras comunidades cristianas. El Espíritu derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Rom 5, 5), cualquiera que sea su condición humana.
Una frecuente tendencia en el ámbito religioso es encerrarse entre creyentes, en un mundo intra-eclesial. Pero el amor de Jesús no tiene límites, el Dios que anuncia no cabe en los espacios que construimos para él, ni en los conceptos con los que queremos comprenderlo. 
Hoy en América latina es necesario anunciar la buena nueva a todo pulmón para que su mensaje de paz y justicia llegue a todos los rincones de un continente que se empobrece y se desangra día a día. 
El agua que brota de la peña de Horeb (Ex 17, 6), del pozo de Jacob, del corazón de Jesús, debe inundarlo todo.
Gustavo Gutiérrez