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26 febrero 2017

Miércoles de Ceniza: Homilías 2

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(A)
A lo largo de todo este tiempo –Cuaresma y Pascua- se nos va a insistir sobre la necesidad de cambiar el corazón. Pediremos al Señor, con los profetas, que cambie nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, que nos de un corazón nuevo, grande, sensible, generoso, como el corazón de Cristo.
Este cambio de corazón es lo que llamamos conversión. Sabemos que esto, por desgracia, no se va a hacer en un día ni en una Cuaresma, sino que habrá que convertirse día a día, progresiva y permanentemente. Tenemos que vivir en estado de conversión.
Al hablar del corazón nuevo nos hará bien recordar un sencillo pensamiento de Fray Luis de Granada. Decía este clásico que el hombre debiera de tener un corazón de hijo para con Dios, un corazón de madre para con los demás, un corazón de juez para consigo mismo. Puede ser una buena meta para el cambio cuaresmal.
Porque ¿cuál es la realidad de nuestro corazón? La realidad es que lo tenemos todo cambiado. Nosotros tenemos un corazón de siervo para con Dios, de juez para con los demás, de madre para con nosotros mismos. Y así nos van las cosas.
Siervos. Por mucho que le digamos Padre, acudimos a Dios con desconfianza, con cierto o mucho temor, con ciertas o muchas exigencias, como pidiendo la paga.
De siervos a hijos. Que el Señor nos cambie ese atemorizado corazón, que nos haga sentirnos gozosos y confiados en su presencia, que seamos capaces de ponernos en sus manos incondicionalmente. Un corazón de niño ante su Padre, que no le discute nada, que no le exige nada, que no le regatea nada. Un corazón que se siente inundado en cada momento por un amor poderoso y gratuito.
Juez. Parece que todos hemos nacido con esta vocación. Nos encanta juzgar a los otros, lo que hacen y dejan de hacer, lo que dicen y dejan de decir, lo que sienten o dejan de sentir. Juzgamos hasta lo que piensan, que no siempre responde a lo que dicen. Y nuestros juicios son hirientes, tajantes, condenatorios. Nos complace ver el lado negativo de los demás. Los miramos fríamente y desde lejos, todo con lupa. Decimos que lo mejor es pensar mal. Repartimos a boleo premios y castigos; los primeros, pocos, a contrapelo; los segundos, en abundancia.
De juez a madre. Esto sí que sería un cambio de corazón. Las madres no juzgan a sus hijos, porque los miran entrañablemente, porque los conocen profundamente, porque los miran con el corazón. Ellas lo comprenden todo, porque aman. Tienen una paciencia infinita, porque esperan. Es el corazón que más se parece al de Dios. Si tuviéramos un corazón de madre para los demás, las relaciones humanas serían comprensivas y cordiales, nos sentiríamos seguros los unos de los otros, no tendríamos necesidad de mentir y ser hipócritas. Si tuviéramos corazón de madre, nuestras relaciones se llenarían de luz.
Madre. Para con nosotros mismo somos muy complacientes y benévolos, hermanitas de la caridad. Nos parece que no hacemos nada malo, y si tenemos algún fallo es más bien sin querer. Nos perdonamos enseguida. Algunas cosas que nos echan en cara, es porque no nos conocen bien; en el fondo somos buenos. Lo que pasa es que yo soy así, es mi temperamento y mi manera de ser. También hay que tener en cuenta el ambiente, la falta de medios, miles de circunstancias. Yo no tengo pecado.
De madre a juez. Nos convendría un poco más de rigor y de exigencia para con nosotros mismos. Nos convendría escuchar más a los demás y aceptar sus juicios. Nos convendría que, si no somos capaces de conocernos y exigirnos, alguien nos ayudara en una cosa y en otra. Dicen que es una de las cosas más difíciles, conocerse bien y juzgarse bien. Podemos pasar de un extremo al otro. Júzgate bien. Júzgate en verdad y con justicia, pero también con amor.
Juez, pero sin pasarse. Tampoco debemos ser excesivamente duros con nosotros mismos. También tenemos que saber comprendernos, valorarnos y perdonarnos. Pasa a veces que nos exigimos y condenamos demasiado. Un poquito de amor y de compasión para ti…
Así pues el camino del corazón, el camino cuaresmal es, tener un corazón de hijo para con Dios, de madre para con los demás y de juez para con nosotros mismos.

(B)
El evangelio de Mateo abre cada año la Cuaresma el Miércoles de Ceniza con este texto del sermón de la montaña en el que Jesús nos ofrece tres herramientas, estas tres actividades que tan útiles nos pueden ser para renovar y confirmar nuestro seguimiento tras sus huellas, y expresar la nueva vida que Dios ha hecho nacer en nosotros: la oración, el ayuno y la limosna. Constituye un buen programa para este tiempo. Cada uno de nosotros debiera marchar de esta celebración de hoy concretando la práctica de este ejercicio cuaresmal: ¿Cómo y cuándo rezaremos a este Dios estos 40 días? ¿De qué cosas ayunaré este año? ¿Qué gesto de amor haré a favor de mis hermanos, en especial de los más necesitados?
٭ La oración ha de ocupar un lugar preferente en el tiempo de Cuaresma. Una oración permanente y fiel al momento del día que hayamos decidido elegir. Una oración que refuerce nuestros vínculos con Jesús. Una oración que sea un diálogo amoroso con el Señor que consiste en hablarle, en explicarle nuestras cosas, las necesidades de los hermanos, en escucharle en todo aquello que él nos dice en el evangelio y en el fondo del corazón. Una oración en la que expresemos cómo le amamos, y en la que sintamos su amor, su entrega, al contemplarlo clavado en la cruz y glorioso una vez resucitado. Y eso tanto en su persona, como en la de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.
٭ En un mundo como el nuestro, enloquecido por las posibilidades del consumo, de diversión, de evasión, y que nos endurece el corazón ante tanta creciente pobreza y tanto sufrimiento, necesitamos ayunar. No porque nos guste el ayuno por el ayuno, ni porque esperemos acumular muchos méritos ante Dios, sino porque el ayuno nos hace capaces de abrir los ojos y de esponjar el corazón, nos hace más libres para amar y seguir a Jesús. Ayunar de aquello que nos engorda de orgullo, de vicio, de pasiones, de ataduras con las cosas, de ser esclavos de nosotros mismos y nos priva de amar, de llenarnos de Dios y de los demás. Cada uno verá de qué cosas debe ayunar. Y sabemos que no siempre el ayuno deberá ser de comida y bebida. ¿Qué ayuno hará cada uno durante esta Cuaresma para ampliar su capacidad de amar?
٭ La limosna, ha de ser también signo de nuestra sincera conversión cuaresmal, de la autenticidad de nuestra oración, de los frutos de nuestros ayunos. Dar y compartir nuestro dinero, las cosas, el tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Tener demasiado hace daño. Nos hace incapaces de andar ligero, nos esclaviza, nos distancia de los demás, nos atenaza el corazón. ¿Qué daré a los demás en esta Cuaresma? ¿Más tiempo a mi familia, mayor delicadeza a mi trato con los demás? ¿Vaciar algo mi bolsillo para llenar el de aquellos que lo tienen vacío? ¿Qué haré para ser más solidario con el mundo pobre y marginado? ¿Con qué grupos puedo colaborar o aportar mi ayuda? Aquello que ahorre con mi ayuno y privaciones cuaresmales, ¿por qué no lo entrego a alguna campaña de solidaridad?

El gesto penitencial de la imposición de la ceniza y el acercarnos a la mesa del Señor para recibir la Eucaristía han de ser expresión ante Dios y la comunidad aquí reunida de nuestro firme compromiso de ser fieles al Señor. Han de ser, también, reconocimiento de nuestra debilidad, de nuestra condición pecadora, de nuestras ganas de renovar la vida y la necesidad que todos tenemos de la comunión con Jesús.
(C)
“¡Ea, volvamos al Señor!” Nos dice el profeta Oseas.
Se nos ha repetido muchas veces que lo central en la Cuaresma no son las penitencias del pasado, hoy casi desaparecidas: el no ir al cine –que no ha sido sustituido por el no ver la televisión-; el dejar de fumar hoy lo recomiendan más los médicos que los predicadores; el no comer carne –hoy el pescado es más caro que la carne y los mariscos no rompen la abstinencia.
Y nos dice, también, Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios”.
Lo central de la Cuaresma es ese “conviértete y cree en el evangelio”, que se nos dice al imponer la ceniza sobre nuestra frente. Ya no se suele decir: “Acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás”. Más bien se nos dice que del polvo y la ceniza de nuestra vida puede nacer una vida resucitada, si nos convertimos al evangelio. No se trata de hacer penitencias que se quedan en la epidermis de nuestro ser, sino de entrar en un proceso de conversión, de metanoia, de cambio de mente y del corazón; de luchar por transformar nuestro corazón de piedra en uno de carne; en morir a nuestro hombre viejo para nacer a la vida nueva de resucitados a la que renació Cristo desde su sepulcro…
Y nos lo repite Oseas, el profeta que presentó a Dios como un esposo que se siente triste por la infidelidad de la mujer a la que había amado siempre. Podemos madrugar, desde nuestra aflicción, o desde nuestro sin sentido y desde nuestra superficialidad. Si la vida, si nuestra propia forma de actuar, nos ha desgarrado, él, el Señor, nos curará; si nuestro corazón está herido por la tristeza y la desesperanza, él nos lo vendará porque “en dos días nos sanará, el tercero nos resucitará y viviremos delante de él”. Lo que tenemos que hacer es “esforzarnos por conocer al Señor, ya que su amanecer es como la aurora y su palabra surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana; como lluvia tardía que empapa la tierra”. Porque últimamente no confiamos en nuestra propia misericordia, sino en las entrañas de misericordia y acogida de nuestro Dios que siempre nos espera y nos acoge.
“¡Ea, volvamos al Señor!”, porque le necesitamos en nuestra aflicción, en nuestras desesperanzas y angustias… En él podemos encontrar siempre una palabra de aliento y una presencia cálida.
“¡Ea, volvamos al Señor”, porque también le necesitamos en nuestras alegrías e ilusiones; en nuestras esperanzas y en nuestros mejores deseos. Él nos acompaña siempre y da plenitud a todo lo bueno que vamos recibiendo de la vida, de nuestros seres queridos, de nuestros logros y éxitos…
“¡Ea, volvamos al Señor!”, porque, por muy torcidos que sean nuestros caminos, él siempre nos dice al corazón que podemos empezar de nuevo; que donde abundó el pecado, sobreabunda siempre su gracia; porque él siempre me dice, cuando acudo a él con la verdad de mi vida: “Tú eres aceptado. Acepta que tú eres aceptado por Alguien que es más grande que tú mismo”.
“¡Ea, volvamos al Señor!”, porque él puede hacer que nazca en mí una carne nueva, más sensible y cordial; él puede convertir mi misericordia, que era “como nube mañanera y como rocío de madrugada que se evapora” en un corazón sensible que, porque ha experimentado sobre sí la acogida de nuestro Dios, es capaz de perdonar, de comprender y de amar.
“¡Ea, volvamos al Señor!”…

(D)
Una nueva salida. Una ocasión más. Es Miércoles de ceniza.
Ahora es el tiempo oportuno: convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras (JI1,12). Es más fácil rasgar lo de fuera. Es más difícil rasgar el corazón.
Este es el tiempo y día de salvación.
Este es el tiempo favorable. ¿Qué hacer? ¿Por dónde comenzar? ¿Qué es eso de convertirse? Lo primero de todo: no lo hagas para ser visto. No hagas cosas postizas. No hagas lo que el corazón no te dicta. Hacer para ser vistos es «practicar nuestra justicia» y «dar culto a la imagen», es decir, es hacer para buscar recompensa: que te feliciten, que te digan que lo haces muy bien, que se fijen en ti, que hablen de ti (¡aunque sea mal!). La verdadera religiosidad es la que mana del corazón que busca hacer la voluntad de Dios.
El evangelio de hoy aplica este principio a tres elementos: la limosna, la oración y el ayuno. Es imposible la conversión verdadera sin que tenga repercusiones en nuestro bolsillo, en nuestra relación con Dios, en el trato que damos al propio cuerpo.
La ceniza de hoy es como la inscripción para participar en esta carrera de conversión. Lo de carrera hay que entenderlo. No se convierte uno «de carrerilla», ni «a la carrera». La conversión se hace lentamente. Pero la conversión es una carrera, una acción dinámica que nos pone en movimiento. A veces, nos desapuntamos a la mitad o abandonamos. Hoy es tiempo de volver a comenzar: Eso sí, sin grandes alardes de nada. Todo despacio y en secreto. Hay cosas que lo importante es que las vea Dios, no que las sepa la gente. Quizá se den cuenta el día que digan de nosotros: ¡Qué cambiado está! ¡No da culto a su cuerpo como antes! ¡No despilfarra el dinero como antes! ¡Se nota que tiene un secreto en su corazón y que su secreto le alimenta y le orienta!
No te conviertes para que la gente hable de ti. Te conviertes porque el Padre que ve en lo secreto intima contigo y te revela nuevas maneras de ser. ¡Esta es la sabiduría que procede de Dios!

(E)
Dentro de mes y medio vamos a celebrar la fiesta más importante para nuestra fe: la Pascua cristiana, la muerte y resurrección de Jesús. Para seguir viviendo con sentido y esperanza como creyentes, necesitamos actualizar ese acontecimiento pascual, encontrarnos de una manera significativa con Jesús Resucitado y renovar con ilusión nuestra apuesta por El, nuestro seguimiento cristiano.
Ese es el motivo por el que hoy hemos venido hasta aquí; porque necesitamos prepararnos para vivir en profundidad esa experiencia renovadora. La Cuaresma que hoy comenzamos, significa eso: cuarenta días de preparación para la Pascua; significa otra nueva oportunidad que Dios nos brinda para descubrirnos necesitados de perdón y de conversión. Y es que sólo Dios nos puede ir cambiando el corazón a base de cariño y misericordia. Y nosotros sólo dejando que El cure nuestras cegueras, podremos contemplar la vida con ojos nuevos.
Acabamos de escuchar la Palabra de Dios. Una vez más, Dios quiere hablarnos al corazón. Hoy nos recuerda que la clave de la conversión está en el corazón y en las actitudes, no en las apariencias. Sólo en esas condiciones Dios puede hacer de nosotros nuevas criaturas. Dejemos que resuene en nuestro corazón la llamada de Dios a dejarnos reconciliar por El.
Además hoy vamos a hacer un gesto doble, que marca el comienzo de nuestra andadura cuaresmal: Por una parte vamos a dejar que impongan sobre nuestras cabezas un poco de ceniza. Lo haremos con sencillez, con humildad, pero también con alegría. La ceniza quiere ser la señal externa y comunitaria de nuestro pecado, de nuestra fragilidad humana; pero también quiere expresar nuestro deseo de conversión, nuestra confianza en el Dios de la misericordia, que todo lo puede.
Por otra parte, el gesto lo completaremos de la siguientes manera: cuando nos impongan la ceniza, escucharemos la llamada de Dios: “Conviértete, y cree en el Evangelio” “Cambia tu corazón y vive según el Evangelio”. Entonces tocaremos con una mano el libro del Evangelio, y nos santiguaremos con la otra como señal de que acogemos la invitación de Cristo y nos ponemos en camino de conversión.
Que hacer este gesto de manera consciente, sea como un estímulo para recorrer con alegría el camino que hoy comenzamos de conversión y de escucha a la Palabra de Dios y también a las necesidades de los hermanos.
Dejemos que el gozo y la alegría inunden nuestros corazones, porque si grande es nuestro pecado, mayor es el amor y el perdón de nuestro Padre-Dios que nos dice una vez más: “¡Animo! Hoy, puedes empezar de nuevo”.