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21 febrero 2017

EL REINO DE DIOS ES UN TESORO: Domingo 26 febrero


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Son pocos los que saben poner el dinero y los bienes materiales en el lugar que les corresponde, el lugar de los “medios”, no de los fines. El texto repite la invitación: “No os agobiéis. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Esta recomendación se dirige tanto al rico que le sobra, pero que vive obsesionado por “tener más y gastar más”, como al pobre de hecho, pero rico de deseo. El camino para llegar a la liberación frente a los bienes económicos no es gritar contra su culto idolátrico o contra la “neurosis de posesión”, sino ofrecer el Reino como un tesoro, como una perla preciosa (Mt 13,44), de tal modo que impulse a venderlo todo para adquirirlo.
En este sentido, hay una parábola oriental que es aleccionadora: “El sannyasi había llegado a las afueras de la aldea y acampó bajo un árbol para pasar la noche. De pronto llega corriendo un habitante de la aldea y le dice: ‘¡La piedra! ¡La piedra! ¡Dame la piedra preciosa!’. ‘¿Qué piedra?’, le pregunta el sannyasi. El aldeano contestó: ‘La otra noche se me apareció en sueños el Señor Shiva y me aseguró que si venía al anochecer a las afueras de la aldea, encontraría a un sannyasi que me daría una piedra preciosa que me haría rico para siempre. El sannyasi rebuscó despacio en su bolsa y sacó una piedra.
‘Probablemente se refería a ésta, dijo mientras entregaba la piedra al aldeano. La encontré en un sendero del bosque hace unos días. Por supuesto que puedes quedarte con ella’. El hombre se quedó mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante! Tal vez el mayor diamante del mundo, pues era tan grande como la mano de un hombre. El aldeano tomó el diamante y se marchó. Pasó la noche dando vueltas en la cama, incapaz de dormir. Al día siguiente, al amanecer, fue a despertar al sannyasi y le dijo: ‘Dame la riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de este diamante”‘.
Éste es el secreto: Servirse sabiamente de los bienes económicos y renunciar a su culto para gozar del Reino. Éste es el caso de Mateo, Zaqueo o Pablo, que testifica: “Todo me parece basura en comparación con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he sacrificado todo” (Flp 3,8). Lo primero es encontrar el tesoro. Y para encontrarlo, hay que buscarlo…