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21 febrero 2017

Domingo 26 febrero; Homilías 2

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(A)
Dios nos ama a todos, y si cuida de las aves mucho más cuidará de cada uno de nosotros; pero a las aves Dios no les pone el alimento en el pico: las aves tienen que esforzarse para conseguirlo. Pues bien, nosotros tenemos que esforzarnos trabajando como si todo dependiera de nosotros, pero confiando en Dios como si todo dependiera de Él. Sin la ayuda de Dios todos nuestros esfuerzos serían inútiles. Incluso ni siquiera podríamos hacer esfuerzos.
Dios nos ama; por eso en la Biblia nos dice: ¿Podrá una madre abandonar al hijo de sus entrañas? Pues aunque lo abandone, yo no te abandonaré; eres precioso a mis ojos y te quiero. Te llevo dibujado para siempre en la piel de mis manos.
Fijaos en este detalle: no dice que nos lleva dibujados en su cara; no. Nuestra cara no la vemos constantemente; nos tenemos que valer de un espejo. Son las manos las que vemos constantemente. Dios, pues, al decirnos, que nos lleva dibujados en la piel de sus manos quiere decirnos que constantemente nos está mirando con amor.
Dios nos ama, seamos como seamos; aunque seamos muy malos y no cambiemos.
Reparad en el amor de una madre por su hijo. La madre no le ama porque sea bueno, sino porque es su hijo. Claro que desea que sea bueno y cada vez mejor. La madre de un criminal querría que su hijo se apartara del mal camino, pero como es madre no deja de amarle. Jamás dirá: Deja de ser un criminal y te querré. Lo que dirá es: Odio tus crímenes, pero a pesar de todo sigo queriéndote con toda mi alma, porque eres mi hijo.
Algo parecido pasa con Dios. Dios ama a sus hijos pecadores, pero odia el pecado porque el pecado es egoísmo y al egoísmo se debe la mayoría de los sufrimientos que hay en el mundo.
Un seminarista que en Bangla Desh luchaba contra el hambre de los nativos decía lo siguiente: «He comprobado que el mayor mal que hay en el mundo no es que un hombre muera de hambre. Por supuesto que esa es una muerte horrible, pero supongo que la gente muere de muertes igualmente horribles en países ricos, donde hay tanto cáncer y donde la medicina moderna es incapaz de acabar con el dolor. No. Lo verdaderamente trágico no es el dolor de morir de hambre, sino la indiferencia de quienes, pudiendo ayudar a sus hermanos que mueren de hambre, no lo hacen».
Hermanas y hermanos: el pecado, que al fin y al cabo es egoísmo, es la causa de la mayoría de los males que sufre la humanidad. No seamos, pues, egoístas. Busquemos antes que nada el reino de Dios.

(B)
HACER DINERO
Poca gente se percibe del daño que provocan en muchas personas algunos criterios y pautas de actuación que la economía actual considera «valores indiscutibles». L. González- Carvajal los considera «los demonios de la economía» que andan sueltos.
El primero es, tal vez, el rendimiento. Durante muchos años, los seres humanos han tenido el sentido común suficiente como para no trabajar más que lo preciso para llevar una vida alegre y satisfactoria. El capitalismo moderno, por el contrario, elevó el trabajo a «sentido de la vida». A B. Franklin se le atribuye la famosa frase «el tiempo es oro». Quien no lo aprovecha para ganar, está perdiendo su vida.
Sin duda, ese afán de rendimiento ha contribuido al progreso material de la humanidad, pero cada vez hay más personas dañadas por el exceso de trabajo y activismo. Ahora se crea más riqueza, pero, ¿vive la gente más feliz? Por otra parte, se va olvidando el disfrute de actividades que no resultan productivas.
¿Qué sentido puede tener la contemplación estética?, ¿para qué puede servir el cultivo de la amistad o la poesía?, ¿qué utilidad puede tener la oración?
El segundo demonio sería la obsesión por acumular dinero. Todos sabemos que el dinero comenzó siendo un medio inteligente para medir el valor de las cosas y facilitar los intercambios. Hoy, sin embargo, «hacer dinero» es para muchos una especie de deber. Es difícil llegar a «ser alguien» si no se tiene dinero y poder económico.
Muy emparentado con este último demonio está el de la competencia. Lo decisivo para bastantes es competir y luchar para superar a los demás rivales. Es innegable que una «sana dosis» de competitividad puede tener aspectos beneficiosos, pero cuando una sociedad funciona motivada casi exclusivamente por la rivalidad, las personas corren el riesgo de deshumanizarse, pues la vida termina siendo una carrera donde lo importante es tener más éxito que los demás.
Hace algunos años, E. Mounier describía así al burgués occidental: «Un tipo de hombre absolutamente vacío de todo
misterio, del sentido del ser y del sentido del amor, del sufrimiento y de la alegría, dedicado a la felicidad y a la seguridad; barnizado en las zonas más altas, de una capa de cortesía, de buen humor y virtud de raza; por abajo, emparedado entre la lectura somnolienta del periódico, las reivindicaciones profesionales, el aburrimiento de los domingos y la obsesión por figurar.» Para Jesús la vida es otra cosa. Sus palabras invitan a vivir con otro horizonte: «No podéis servir a Dios y al dinero… No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer; ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir:.. Buscad, sobre todo, el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura.»

(C)
LA CULTURA DE LO EFIMERO
Uno de los hechos más característicos de nuestros tiempos es
la aparición constante de nuevos productos en el mercado. La
competencia fuerza a los fabricantes a inundar la sociedad de
artículos siempre nuevos. Ya no interesa elaborar productos que duren. Es más rentable fabricar objetos efímeros para introducir al poco tiempo modelos mejorados.
Este fenómeno aparentemente poco relevante tiene repercusiones notables en nuestro estilo de vida. De hecho, muchos
viven convencidos de que han de adquirir a toda costa los «nuevos modelos» y exhibir algo moderno y original si quieren contar en la sociedad y estar al día. Son personas que se dejan influir por una publicidad que estimula el deseo de no desentonar o el ansia de sobresalir.
Pero, obviamente, para poder comprar al ritmo acelerado en
que van saliendo los nuevos artículos, es necesario obtener mayo- res ingresos. Se cae entonces en la trampa de vivir obsesionados por ganar siempre más, descuidando otros aspectos y valores necesarios para una vida sana y feliz.
Por otra parte, se va introduciendo fácilmente la tendencia a equiparar lo nuevo con lo mejor, y, trasladando erróneamente esta actitud al campo del pensamiento, las costumbres o la religión, se cree que la última novedad es siempre la más valiosa.
Pero hay algo todavía más grave. Casi sin advertirlo, se va imponiendo la costumbre de tirar los objetos tan pronto como
han cumplido su función y, a menudo, cuando todavía son utilizables. Vivimos envueltos en una cultura del «tírese después de usado». Todo tiende a ser efímero y transitorio. Una vez de usar-
lo, hay que buscar el nuevo producto que lo sustituya.
Esta cultura puede estar configurando también nuestra manera de vivir las relaciones interpersonales. De alguna manera, «se usa» a las personas y fácilmente se las desecha cuando ya no interesan. Amistades que se hacen y deshacen rápida- mente según la utilidad. Amores que duran lo que dura el interés y la atracción física. Esposas y esposos abandonados para ser sustituidos por una relación amorosa más excitante.
La advertencia de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», nos pone en guardia frente a los efectos deshumanizadores de una sociedad, en gran parte, consumista y frívola que puede reducir incluso la amistad y el amor a relaciones de intercambio interesado. Quien sirve exclusivamente a sus intereses mate- riales terminará por no conocer el amor.

(D)
EL BECERRO DE ORO
Los llamados «países libres» de occidente somos más esclavos que nunca de un «capitalismo sin entrañas» que, para
procurar el bienestar relativo de mil millones de personas, no duda en condenar a la miseria a los otros cuatro mil quinientos millones que pueblan la tierra.
Los datos nos dicen que, poco a poco, pero de manera inexorable, «el pastel se reparte cada vez entre menos bocas». Aquella Europa que hace unos años ofrecía «acogida genero-
sa» a trabajadores extranjeros que llegaban a realizar trabajos que nadie quería, dicta hoy «leyes de extranjería» para poner barreras infranqueables a los hambrientos que nosotros mis-
mos estamos contribuyendo a crear en el mundo.
¿A quién le importa en Europa que dos continentes ente- ros -Africa y América Latina- tengan hoy un nivel de vida más bajo que hace diez años? ¿Quién se va a preocupar por
los catorce millones de niños que mueren de hambre cada

año, en esta Europa en la que sigue creciendo el rechazo racista, a veces de manera descarada y casi siempre maquillada de mil formas diferentes?
La Iglesia no puede hoy anunciar el Evangelio en Europa
sin desenmascarar toda esa inhumanidad, y sin plantear las preguntas que apenas nadie se quiere hacer:
¿Por qué hay personas que mueren de hambre, si Dios
puso en nuestras manos una tierra que tiene recursos suficientes para todos? ”
¿Por qué tenemos que ser competitivos antes que huma- nos? ¿Por qué la competitividad tiene que marcar las relaciones entre las personas y entre los pueblos, y no la solidaridad?
¿Por qué hemos de aceptar como algo lógico e inevitable
un sistema económico que, para lograr el mayor bienestar de
algunos, hunde a tantas víctimas en la pobreza y la marginación?
¿Por qué hemos de seguir alimentando el consumismo como «filosofía de la vida», si está provocando en nosotros una «espiral insaciable» de necesidades artificiales que nos va vaciando de espíritu y sensibilidad humanitaria?
¿Por qué hemos de seguir desarrollando el culto al dinero como el único dios que ofrece seguridad, poder y felicidad? ¿Es ésta, acaso, «la nueva religión», que hará progresar al hombre de hoy hacia niveles de mayor humanidad?
No son preguntas para otros. Cada uno las hemos de escuchar en nuestra conciencia como eco de aquellas palabras de Jesús: «No podéis servir a Dios y al Dinero».

(E)
NEUROSIS DE POSESIÓN
Por este texto, tan lleno de encanto y de poesía, han dicho algunos pensadores increyentes y ateos que Jesús no pisaba, la tierra, que era un utópico que flotaba en las nubes. La realidad cotidiana parece desmentir esa confianza absoluta de Jesús en la providencia. Parecería que, más que de la providencia divina, los recursos vitales dependen de la justicia y del comportamiento ecológico de las naciones. La tercera parte de la humanidad que padece hambre y los sesenta millones de seres humanos que mueren de hambre al año parecen desmentir este providencialismo de Jesús. Es precisamente esta tragedia descomunal una de las “razones” más socorridas en que se apoyan ateos y agnósticos para afirmar que Dios no existe; y si existe, está en babia; no se entera de nada; porque si llegara a enterarse y no lo remedia, o es profundamente inhumano o está tan limitado que no resuelve nada. ¿Cómo se concilia este canto poético de Jesús y el terrible drama de tantos “hijos” suyos roídos por la miseria?
Jesús no profesaba un providencialismo ingenuo. Trabajó y ganó el pan con el sudor de su frente. Desaprobó la actitud del criado haragán que recibió un talento y que, por pereza, lo escondió en la tierra sin preocuparse de negociar con él (Mt 25,30). Pidió a los apóstoles que vivieran de su trabajo, del ministerio profético: “El obrero merece su salario” (Mt 10,10).
Los psicólogos hablan de la neurosis de posesión como de una patología que afecta a numerosas personas de nuestra sociedad de la abundancia. Consiste en la obsesión por el dinero y la riqueza como si fueran la fuente principal de seguridad y de felicidad. Afirmaba A. Moravia: “Sexo y riqueza, esto es lo que interesa a la gente; todo lo demás son historias”.
Jesús alerta contra el peligro de que el dinero y la riqueza se conviertan en el ídolo que determine la vida. Advierte: “No
podéis servir a dos señores”. El dinero y la riqueza pueden convertirse en un “dios” que exige sacrificios humanos. Es la situación de tantos que, en aras del dinero, maltratan la salud propia y la de otros. Son muchos los que no trabajan para vivir, sino que viven para trabajar; no buscan tener para “vivir”, sino que viven para “tener”. Ponen tan ansiosamente su seguridad en las riquezas que no les permite vivir.
Desgraciadamente, por el dinero se traiciona a los “amigos”, se rompen las familias y se venden las conciencias. El dinero es un material explosivo en las manos. Fácilmente se convierte en tirano de quien lo posee. Siempre se corre el riesgo de convertirse en “poseídos” (posesos) de las propias “posesiones”. Contra esto alerta enérgicamente Jesús.