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15 febrero 2017

Domingo 19 febrero: PONER SERENIDAD A LA VIDA

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PONER SERENIDAD A LA VIDA

Los creyentes,
CIUDADANOS DEL MUNDO

Los creyentes no somos personas aisladas del mundo. Ser sal y ser luz eran una invitación a salir a la calle, que es donde la sal debe dar sabor y la luz debe iluminar. La “santidad” que Dios nos pide (1a lectura) se da en las calles y en las periferias de nuestras ciudades, en nuestras relaciones domésticas y sociales.
Somos ciudadanos del mundo, lo cual implica que no podemos desentendernos de las circunstancias, acontecimientos y lugares donde se realiza la historia de todos los días, la historia de este mundo en el que estamos viviendo ahora, donde impera la agresividad, la violencia, la injusticia, la venganza. En medio de este mundo concreto, los cristianos somos llamados a ser mediadores de reconciliación, de serenidad en medio de la crispación. Y no lo lograremos si nuestro mundo interior no está pacificado, el mundo de nuestros sentimientos y deseos («no odiarás de corazón… ni guardarás rencor», dice el Señor). La injusticia, el mal, no se vence a fuerza de violencia, que engendra una nueva injusticia. Solo la fuerza del bien puede contrarrestar el mal. El amor al enemigo es la manifestación más plena de su voluntad: un amor incondicional y universal que rompe la estructura del mal y la injusticia por la “fuerza” de la bondad, la misericordia y el perdón. Así lo vivió Jesús en la cruz.

GESTO
La acción llevada a cabo por Cristo, en su entrega hasta la muerte en cruz, es la gran obra salvadora de la reconciliación: «Él ha reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad. Su venida ha traído la buena noticia de la paz: paz para vosotros, los que estabais lejos y paz también para los que estaban cerca: porque gracias a Él unos y otros, unidos en un solo Espíritu, tenemos acceso al Padre» (Ef 2,16-18). Jesús, en su entrega, es el mayor testimonio de la “sobreabundancia” de justicia que es el amor a los enemigos. Y crea en nosotros, por su Espíritu, un mismo dinamismo de reconciliación, serenidad y paz en un mundo convulso y dividido.
El RELATO DE LA INSTITUCIÓN, en la Eucaristía, puede ser el momento donde podamos entrar en comunión de vida con la muerte-resurrección reconciliadora de Cristo, comprometiéndonos, con esa misma sobreabundancia de amor que supera odios, intereses, ideologías enfrentadas y venganzas, para convertirnos activamente en mediadores de paz y serenidad. De esta manera nos hacemos conscientes de nuestro ser de ciudadanos activamente responsables, implicándonos en la vida social y política de nuestra sociedad.
Al concluir las palabras de la Consagración, el sacerdote puede decir las siguientes palabras o similares:
Monición:
La entrega de Cristo por su cruz y su resurrección, amándonos a todos hasta el extremo, es fuente de vida y reconciliación. Jesús no vivió lejos de las injusticias de su pueblo, sino que las asumió denunciándolas y cargando con la violencia del anti-Reino. Nosotros ahora, como ciudadanos conscientes y responsables, nos unimos en comunión con Cristo, respondiendo a la aclamación a «Aclamad el Misterio de la redención».
TODOS:
ANUNCIAMOS TU MUERTE Y TU RESURRECCIÓN. ¡VEN, SEÑOR JESÚS!
Lector/a:
Cada vez que ponemos amor en medio de los odios y divisiones,
cada vez que ponemos perdón y reconciliación allí donde existe la ofensa y la herida…
TODOS:
ANUNCIAMOS TU MUERTE Y TU RESURRECCIÓN. ¡VEN, SEÑOR JESÚS!
Lector/a:
Cada vez que ponemos unión donde hay discordias,
cada vez que ponemos verdad donde reina la mentira y la manipulación…
TODOS:
ANUNCIAMOS TU MUERTE Y TU RESURRECCIÓN. ¡VEN, SEÑOR JESÚS!
Lector/a:
Cada vez que ponemos honradez donde hay corrupción,
Cada vez que ponemos fe donde hay incertidumbre, perplejidad y relativismo…
TODOS:
ANUNCIAMOS TU MUERTE Y TU RESURRECCIÓN. ¡VEN, SEÑOR JESÚS!
Cada vez que ponemos esperanza donde sólo hay desesperación, Cada vez que ponemos luz donde sólo hay oscuridad y muerte,
Cada vez que ponemos alegría donde la gente vive triste y angustiada…
TODOS:
ANUNCIAMOS TU MUERTE Y TU RESURRECCIÓN. ¡VEN, SEÑOR JESÚS!