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14 febrero 2017

Domingo 19 febrero: Homilía

SED COMO DIOS
Si en algún pasaje del Evangelio queda claro que lo cristiano no se identifica sin más con lo meramente natural y humano es aquí. Lo natural no se aprende, viene con nosotros, es dotación de la naturaleza humana. Lo cristiano, sin embargo, o lo recibimos de Cristo o careceremos de ello porque la naturaleza humana no lo puede reclamar. Veámoslo en boca de Jesús…
1. La ley de la venganza y del odio al enemigo.
Esas dos leyes no necesitamos “aprenderlas”. Vienen con nosotros inscritas en nuestra naturaleza como instintos de autodefensa: “ojo por ojo, diente por diente”, “amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. El instinto atávico de venganza, el odio al enemigo, el rencor… están siempre ahí dispuestos a dar el zarpazo… ¿Cómo salirles al paso? ¿Qué nos dice Jesús; qué podemos aprender de Él?

2. El poder de Jesús sobre esos dos instintos de muerte.
Aceptemos con paz que “naturalmente” (instintivamente) somos así. Pero sucede que quien se convierte a Jesús, quien le acepta amorosamente como el “Hombre” que estamos llamados a ser cada uno de nosotros, es injertado en su vida, una vida no dominada por los instintos, sino regida por el Dios-Amor. En ese injerto pasa a nosotros la dichosa posibilidad de vivir “según él” y no según nuestros impulsos más primarios.
El sacramento de ese “injerto” es el Bautismo, por eso hemos de volver a él con frecuencia haciéndole libremente nuestro. Pero es también la Eucaristía en la que la Palabra y el Pan nos confirman en esa novedad de vida y nos alimentan para recorrer “el camino de Jesús” junto a Él. («Levántate y come porque el camino que has de andar supera con mucho tus fuerzas…»)
3. Sed, por tanto, como Dios.
Seguramente no existe en todo el evangelio un versículo tan radical como éste: «sed, por tanto, perfectos, como vuestro Padre del cielo es perfecto». Es el gran argumento que da Jesús para posibilitar los “imposibles humanos” de los que acaba de hablar: que seamos como Dios. Esa identificación los hizo posibles en él. ¿Por qué no en nosotros?
 Pero, ¿en qué pone Jesús la perfección de Dios para que podamos imitarla? El Evangelio no cita aquí la omnipotencia, ni la eternidad, ni la sabiduría como cualidades de Dios que hayamos de imitar.
Lo que dice es que Dios es perfecto por- que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos. Es decir, porque ama incondicionalmente a todos, sean buenos o malos. Porque es Misericordia en acción que se extiende incluso a quienes se comportan como enemigos suyos…
Tal es el reto que se nos dirige. ¿Qué hacer con él si nuestra experiencia nos dice una y mil veces que el amor incondicional y el perdón a quien nos ha hecho un daño grave son “imposibles humanos”?
Pues reconocer en un primer tiempo que es verdad, que para nosotros son imposibles. Pero decirnos en un segundo tiempo que para “Dios en nosotros” no son imposibles. Su Espíritu puede operar en nuestro corazón ese milagro como lo hizo en Jesús. “Dios lo puede todo”, dijo en otra ocasión ante uno de esos imposibles. En tales circunstancias es inútil remitirnos a nuestra fuerza, el secreto está en dejarnos hacer por Él.
José Antonio García S.J.