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08 enero 2017

Fiesta del Bautismo del Señor

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Los textos que acabamos de escuchar muestran claramente cuál es la intención de los Evangelistas al escenificar el Bautismo de Jesús de la manera en que lo hacen. 
Los Evangelistas se mueven en un círculo de creencias judías, bastante oscuras en cuanto al descubrimiento de Jesús como el Mesías anunciado por los profetas y esperado por el pueblo.
El mismo Juan Bautista manda emisarios para que se cercioren de que aquel Jesús era el Mesías esperado.
En varias ocasiones a lo largo de la vida de Jesús aparecen estas mismas dudas respecto a su personalidad. 

Es por esto por lo que los cuatro Evangelistas, no obstante sus diferentes matices en razón de la circunstancia de la redacción de su Evangelio y de la diversidad de destinatarios, son unánimes en declarar que sobre Él se manifestó el Espíritu de una forma sensible y que el Padre le confirmó como su hijo, como el enviado. “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”. 
La necesidad de esa solemne ratificación por parte de Dios de la legitimidad de Jesús es lo que explica que los Evangelistas insistieran en el encuentro de Jesús con el Bautista. Un encuentro sin justificación aparente puesto que el Bautismo que predicaba el Bautista estaba destinado a la conversión mediante el arrepentimiento de los pecados cometidos. Evidentemente Jesús no tenía pecados de los que arrepentirse, por consiguiente, la razón del encuentro tendría que ser otra: la unión del Antiguo Testamento, Testamento de la Espera, con el Nuevo Testamento, Testamento de la Manifestación, de la EPIFANÍA. 
Jesús es el esperado y empalma con la tradición judía a través de San Juan Bautista. 
De nuevo aparece claramente esta idea en la descripción que hace Isaías del “esperado”, del “prometido”, ocho siglos antes del Nacimiento de Jesús“No gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles… “No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente”… está destinado a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones… abrirá los ojos de los ciegos, hará salir de las tinieblas a los que habitan en ellas… 
Exactamente son las notas coincidentes con el comportamiento de Jesús.
Él mismo indico a los enviados del Bautista que en Él se cumplía lo vaticinado por Isaías. “Id y decidle a Juan: los ciegos ven, los cojos andan…etc. etc. 
En la segunda lectura hemos escuchado a San Pedro hablar de Jesús en completa conformidad con lo vaticinado sobre Él. “Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él”
SÍ, JESÚS ES EL SALVADOR. 
Podemos decir tranquilos como San Pablo: Sabemos de quien nos hemos fiado. (2ªTim. 1,12)
Varias conclusiones prácticas se desprenden de esto para nosotros.
1.- Sentirnos firmes Y SEGUROS en nuestra decisión de ser seguidores de Jesús. No le seguimos porque tiene una visión formidable de las cosas y las personas, que también, sino porque es el Hijo de Dios, El SALVADOR. 
2.- Fiarnos de Jesús tienen unas consecuencias mucho más sólidas y profundas que la de convertirnos en uno de sus seguidores: nos hace formar parte de lo que San Agustín, en el sermón 144, denominó el Cristo Total. “Cristo es la Cabeza de la Iglesia y la Iglesia su Cuerpo, el Cristo total es la Cabeza y Cuerpo juntamente”.
Es una idea que sin duda alguna él santo sacó a partir de la alegoría de la vid y los sarmientos presentada por el mismo Jesús. En ella, Él, Jesús, se consideraba como la vid y a nosotros como los sarmientos que viven de su savia. (Jn 15,1-17)
San Pablo habló largamente sobre este asunto. En la carta a los romanos (12,4) dice: “Pues, a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de todos”
En su carta a los cristianos de Corinto (1ª Cor. 12,13) les decía: “Todos nosotros hemos sido bautizados en un solo espíritu para constituir un solo cuerpo” y reforzaba esta misma idea a los cristianos de Colosas: (1,18) “Él, Jesús, es la cabeza del cuerpo de la Iglesia…el cuerpo de Cristo es la Iglesia”
3.- Estas grandiosas ideas fomentan y fundamentan la esperanza cristiana. Se lo decía San Pablo a los cristianos de Éfeso (4,4) “Solo hay un cuerpo y un espíritu, como también solo hay una esperanza”. Una esperanza basada en nuestra incorporación a Cristo, cabeza del cuerpo que es la Iglesia, que está Resucitado en el Cielo. Como decía San Agustín (l.c.) “Tenemos nuestra Cabeza en el cielo”. 
Esta firme creencia es la que le hacía decir al Papa en su Exhortación “La Alegría del Evangelio”“No vivamos los cristianos con cara de vinagre”, (E.G. 85), o con cara de funeral (10) sino gozosos, con el gozo del Evangelio. 
4.- Nuestra pertenencia al Cuerpo Místico de Cristo nos involucra en su misma misión sobre la tierra convirtiéndonos en apóstoles suyos para la predicación de estas grandes ideas. Hablemos de ellas a nuestros prójimos considerando esta acción como una de las mayores manifestaciones de nuestro amor hacia ellos. No tengamos miedo ni falso pudor. Hablemos de Dios a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. ¡Lo necesitan! ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora! (E.G. 83)
5.- Finalmente todo esto nos lleva a un profundo agradecimiento a Dios por habérnoslo dado a conocer. ¡Gracias Señor!
Que estos sean los sentimientos y compromisos que suscita en nosotros la festividad del Bautismo de Jesús. AMÉN
Pedro Sáez