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08 enero 2017

Bautismo del Señor


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1. Situación
La pregunta va directa: ¿En qué te sientes implicado, qué es lo que te importa, de tal modo que da sentido a tu vida?
Algunos creyentes, la mayoría tal vez, se implican en algo humano (los hijos, la pareja, la empresa, la ayuda al prójimo, la justicia social…) y le dan sentido desde la fe.
Otros se sienten implicados directamente desde la fe en Dios y en su proyecto (¡el Reino!), y desde aquí están dispuestos a lo que Dios quiera y van viviendo su realidad cotidiana (familia, trabajo, parroquia, lucha social…).
A muchos la fe no les implica y, lo que quizá es peor, tampoco la vida humana. Cumplen más o menos bien con sus deberes; pero van a lo suyo, a sus intereses egoístas.

2. Contemplación

Jesús se implicó del todo. Escuchó la voz del Bautista que anunciaba la llegada próxima del Reino, creyó y se hizo bautizar. Se implicó tanto, que quiso bautizarse como todos, como un pecador más. El, el Mesías Salvador. No lo entendía el Bautista; no será entendido cuando se manifieste en público; llegará a escandalizar cuando muera como un maldito. Es el Padre el que saldrá garante de la misión de Jesús, su Hijo, el amado, el predilecto (lectura evangélica).

La primera lectura trata la figura de este Mesías, la misteriosa figura del Siervo, descrita por el profeta Isaías en los cuatro famosos «cánticos del Siervo (42,1-7; 49,1-7; 50,4-9; 52,13-53,12).
Juan el Bautista dejó hacer a Jesús, creyó sin entender. Es Pedro, el discípulo, y con él cada uno de los cristianos, el que da testimonio de que, efectivamente, Jesús de Nazaret, el que pasó haciendo el bien y anunció la llegada del Reino, es el Ungido de Dios con la fuerza del Espíritu Santo, el Señor de todos (lectura de los Hechos).
3. Reflexión y praxis
Teóricamente, por el bautismo hemos sido incorporados a Jesucristo, creemos en su muerte salvadora y en la fuerza de su resurrección y, en consecuencia, estamos implicados en su causa, la de Dios (¡el Reino!).
En realidad, el bautismo se nos queda en la primera infancia. Nuestro proceso de maduración de la fe consiste en recuperarlo en su sentido más hondo: personalizar, llegar a hacer mío lo que se me dio por pura gracia. ¿Hubiera sido mejor que yo lo eligiese de adulto? Es una pregunta cada vez más acuciante; pero yo fui bautizado, y es el momento de hacerme consciente de lo que eso implica.
El camino que vamos a seguir es el mismo que siguieron los discípulos de Jesús: encontrarse con El de manera imprevista, sentirse atraídos, acompañarle, ver cómo actúa, escuchar su mensaje, sorprendernos, quedar desconcertados, fiarnos de El, a pesar de todo, implicarnos en el proyecto del Reino, aprender sus actitudes, ser fieles a su estilo de vida…
No va a ser fácil, porque todo lo tenemos montado y bien montado. Estamos relativamente comprometidos a profundizar en el Evangelio, a vivir mejor la Eucaristía del domingo e incluso a ser mejores con los demás; pero, ¿estamos dispuestos a ser sus discípulos, a implicarnos en lo que Jesús va a poner en marcha a partir de su bautismo en el Jordán?
La reflexión anterior fácilmente suscita esta pregunta: ¿Es que tendré que dejar mis comodidades y dedicarme a una vida distinta, entregada a la evangelización y/o a los pobres?
Al contrario, estas reflexiones quieren ayudar a suscitar verdaderos discípulos de Jesús en la vida ordinaria. No se trata de cambiar de estado ni de forma de vida, sino de algo más sencillo y más radical (¿por qué nos cuesta tanto entenderlo?): estar dispuesto a implicarnos en la aventura de Jesús, tal como nos la presenta el Evangelio.
¿En qué consiste? Nos lo irá diciendo Jesús mismo. Está claro que cambiarán muchas cosas en nuestra vida, pero no serán probablemente las que imaginamos desde nuestros miedos.
Esta reflexión caerá, sin duda, en manos de personas a las que efectivamente Jesús llama a una «dedicación especial» al Reino. No se trata de vocación mejor ni peor; es un modo de ser discípulo de Jesús. Lo que estos comentarios desean es devolver a cualquier forma de existencia su talante vocacional. Hay pocas vocaciones «especiales» porque no se vive la existencia creyente normal como seguimiento de Jesús y entrega al Reino.
Javier Garrido