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15 enero 2017

Domingo II de Tiempo Ordinario

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La reflexión del Papa a la curia cardenalicia el 23 de diciembre contiene una serie de ideas, orientaciones y deseos que son perfectamente aprovechables por todos nosotros. 
Todo su mensaje esta embebido de la idea que planea en los textos que acabamos de escuchar: Jesús, el Cordero de Dios, ha venido para ser el Salvador, para iluminar a la humanidad a través de las enseñanzas de su vida y su Evangelio. 
La Iglesia, afirma el Papa, no tiene otra misión que la de expandir el Evangelio de Jesús. Ya lo había subrayado en su “Exhortación Evangelii Gaudium”: “La tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión ESENCIAL de la Iglesia… ella existe para evangelizar” (15)
El domingo pasado reconocíamos que ser cristiano no era solo ser un “seguidor-arrastrado” por Jesús sino un miembro vivo del cuerpo total que es la Iglesia cuya cabeza es Cristo pero cuyos miembros somos todos nosotros. 

Una primera conclusión que se desprende de eso es que, si somos miembros de la Iglesia, no podemos descabalgarnos de su marcha, de su proceso de perfeccionamiento a través de los tiempos, a menos que queramos convertirnos en una especie de peso muerto en ella. 
La voluntad del Papa de actualizar a la Iglesia, anunciada en la Evangelii Gaudium, queda reforzada en el documento referente a la modernización de la Curia Romana al calificar esa actualización “como un signo de que la Iglesia está viva”.
“La curia, la Iglesia, no es un aparato inmóvil. La reforma es ante todo un signo de la vivacidad de la Iglesia en camino, en peregrinación, de la Iglesia viva y por eso –porque está viva— semper reformanda. (Siempre debe ser actualizada) 
Ya Pablo VI el año 1963 decía a la Curia: “De Roma parte hoy la invitación a la puesta al día (aggiornamento) … es decir, al perfeccionamiento de todo, lo interno y lo externo, de la Iglesia….la Iglesia hoy es mucho más deseosa y susceptible de perenne renovación”
“El Papa insiste en que la Iglesia debe tener en cuenta los signos de nuestro tiempo y de todo lo bueno que el hombre ha logrado, para responder mejor a las necesidades de los hombres y mujeres a los que está llamada a servir”
La necesaria evolución de la Iglesia comporta una llamada a nuestra responsabilidad ante las ofertas de una Iglesia renovada, que no “cambiada”.
En esto no caben equívocos: la Iglesia de Jesús, siempre deberá ser fiel a las enseñanzas fundamentales de Jesús. Pero, también, esas enseñanzas deberán hacerse como respuesta a los interrogantes precisos de unos hombres, unas épocas y unos lugares concretos. 
Es sorprendente que no siempre es bien recibida esa necesidad de cabalgar con la Iglesia en su andadura por las diversas tierras y los distintos tiempos. 
El Papa se duele de algunas actitudes de los cristianos, incluso dentro de la misma curia cardenalicia, ante esa necesaria evolución homogénea del dogma. 
El tono de su alocución en este punto concreto es una mezcla de dolor y preocupación. Dice en el citado documento: “En este camino es normal, incluso saludable, encontrar dificultades que, en el caso de la reforma, se podrían presentar según diferentes tipologías de resistencia: las resistencias abiertas, que a menudo provienen de buena voluntad y del diálogo sincero; las resistencias ocultas, que surgen de los corazones amedrentados o petrificados que se alimentan de las palabras vacías del gatopardismo espiritual de quien de palabra está decidido al cambio, pero desea que todo permanezca como antes; también están las resistencias maliciosas, que germinan en mentes deformadas y se producen cuando el mal inspira malas intenciones. Este último tipo de resistencia se esconde detrás de las palabras justificadoras y, en muchos casos, acusatorias, refugiándose en las tradiciones, en las apariencias, en la formalidad, en lo conocido, o en su deseo de llevar todo al terreno personal.
Nosotros seamos dóciles al Papa. Lo que propone es muy necesario. El contenido siempre será el mensaje de Jesús, los recipientes en los que lo transmitamos variarán, deberán variar, según los tiempos y los lugares. 
Antes se ofrecía agua en una concha de mar. Así lo harían nuestros antepasados en las cuevas de Santi Mamiñe. Ahora nos la ofrecerían en un recipiente de plástico, tetrabrik, duralex, porcelana fina china, etc. etc.; lo único verdaderamente importante sería que el agua siguiera siendo fresca y potable; el recipiente es lo de menos. 
Estas reflexiones nos llevan a preguntarnos sobre el papel que todo esto juega en nuestros compromisos concretos cristianos. Es extraordinario, pero es lo que dejamos para los próximos domingos, Dios mediante.
Estamos destinados a ser luz para el mundo. No seamos nube que con nuestro retraso, con nuestra viejas manías, con nuestro cristianismo atrasado impedimos la llegada de la luz de Dios a nuestros semejantes y a nuestra propia alma. Seamos por el contrario espacios trasparentes por los que la Luz de Dios pueda llegar a nosotros y a nuestros semejantes. AMÉN.
Pedro Sáez