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18 enero 2017

Domingo 22 enero: SENTIRNOS CONVOCADOS - LA COMUNIDAD DE LOS CRISTIANOS

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Jesús, tras el bautismo y la muerte de Juan, inicia su misión anunciando el Reino. Pero no lo hace solo. Necesita compañeros de camino que asuman, como Él, la misión. Y los llama y los convoca, unidos en una misma vida y en una misma tarea («para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios»: Mac 3,14-15). Pablo, más tarde, se enfrenta a la comunidad cristiana de Corinto, dividida en particularismos, enemigos de la convocación, la unidad y la comunión.

Este domingo acentuamos, pues, este sentido de la comunidad de “convocados”, la comunidad cristiana. Y lo hacemos de un modo amplio, pues quien han sido convocados por Jesús, aun divididos como en Corinto, forman una sola comunidad de creyentes. Estos días, precisamente, celebramos el Octavario de oración por la Unión de las Iglesias cristianas. Los cristianos unidos podemos abordar globalmente los retos de nuestra humanidad desde nuestra fe compartida. Vivimos tiempos de inclusión; de valorar lo diferente porque es riqueza para todos, para el conjunto; tiempos de compartir, de “recrear comunidad” abierta al mundo que nos rodea y de comunicar nuestra fe en la “buena noticia del Reino”.
GESTO
Hacemos hincapié hoy en el momento de LA ORACIÓN DEL SEÑOR, el Padre Nuestro, aquello que más nos une en la oración, la misma oración que recitamos juntos en todas las Iglesias y Confesiones cristianas. Es el momento de invitar a quienes lo deseen –o tal vez a los representantes de los diversos grupos de la parroquia- a subir al presbiterio y rodear el altar para orar con las manos unidas, invitación que se hace igualmente a toda la asamblea. Es importante, en este momento, recalcar el sentido ecuménico de la doxología con la que acaba el embolismo del Padre Nuestro:
El Catecismo de la Iglesia Católica (Nº 2760) nos explica: «Muy pronto, la práctica litúrgica concluyó la oración del Señor con una doxología. En la Didaché (8, 2) se afirma: “Tuyo es el poder y la gloria por siempre”. Las Constituciones apostólicas (7, 24, 1) añaden en el comienzo: “el reino”: y ésta la fórmula actual para la oración ecuménica.
En resumen: Un signo de espíritu ecuménico que todos podemos (y deberíamos) hacer es no decir Amén, después de “líbranos del mal”, sino reconocer que el que preside la asamblea litúrgica está ampliando la última petición del Padre Nuestro y que esta oración todavía no ha terminado hasta que formulamos todos juntos la “doxología” mencionada. Este pequeño gesto, repetido en cada Misa, puede ir disponiéndonos espiritualmente para reconocernos como hermanas y hermanos con quienes se identifican con otras confesiones cristianas, y puede ir haciéndonos más disponibles a la voz del Espíritu Santo, para lograr que “seamos uno en la fe y en el amor”, como Cristo quiere.
En la liturgia protestante(1), «la doxología, pues, es la respuesta de la iglesia creyente a las siete peticiones expresadas en la oración modelo. Es la expresión de la fe que afirma que Dios tiene todo el poder y la gloria y que su reino no tendrá fin. De manera que, si el reino es de Dios, no hay nada que temer, por muy mal que pinten nuestro presente y nuestro futuro. El Padrenuestro, por tanto, sólo se puede orar desde el final: sólo mirando al futuro que Dios nos ha prometido; sólo en la guarda expectante del reino venidero de Dios es que podemos hacer nuestra la oración de Jesús.
Monición al Padre Nuestro
Queridos hermanos: Este domingo, en el que el Señor convoca a sus discípulos para la misión, es el día oportuno para sentirnos convocados como comunidad cristiana. La oración del Padre Nuestro es la oración común de todos quienes creemos en Cristo: católicos, protestantes, ortodoxos, anglicanos… La tradición más antigua concluía esta oración con una explicitación-comentario en forma de oración, más propia de la tradición de la Iglesia oriental. Pero ambos momentos concluían siempre con una alabanza al Señor que el Concilio Vaticano II incluyó también en la liturgia como signo de comunión con las demás iglesias y confesiones cristianas, que siempre lo hicieron. Hoy, tomados de las manos, y unidos al Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos, daremos un sentido especial a esta última alabanza: “Tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria”…
Así pues, «antes de participar en el banquete de la Eucaristía, signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna, oremos juntos como el Señor nos ha enseñado»: Padre Nuestro…
Sigue, pues el embolismo “Líbranos, señor, de todos los males…” y concluimos con pleno sentido ecuménico: «TUYO ES EL REINO, EL PODER Y LA GLORIA; POR SIEMPRE, SEÑOR».
La canción durante el rito de la paz tiene hoy, pues, un mayor sentido de unión, de reconciliación y de paz ecuménica. Se puede concluir con el canto de Lucien Deiss “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” (Álbum “Lo mejor de Lucien Deiss”, Ed. San Pablo, Madrid 2001: https:// http://www.youtube.com/watch?v=Szo-Rw0LG-g).