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15 enero 2017

Dioses para no creer

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Sabemos que las gentes que conocieron a Jesús quedaron impresionadas porque enseñaba con una autoridad nueva. Pero, tal vez, más de uno se pregunte: «¿qué puede enseñarnos Jesús a las personas de este siglo? ¿Qué nos puede decir que ya no sepamos?
Sin duda, lo primero que Jesús enseña es a creer en el Dios verdadero. De ordinario, los hombres nos ponemos ante Dios con la misma actitud de egoísmo, engaño y autodefensa con que nos ponemos ante los demás. No acabamos de fiarnos de El. Nos tememos que venga a estorbar nuestros planes, deseos y ambiciones. Y, así, sin apenas darnos cuenta, nos vamos construyendo esos falsos dioses que el teólogo catalán Josep Vives llama «dioses para no creer».
Está, en primer lugar, «el Dios tapagujeros». Son muchos los que acuden a El, como si Dios tuviera que emplear todo su poder en favorecerles a ellos y en arreglar el mundo según sus gustos. Luego se quejan de que Dios no hace tal o cual cosa, no remedia los problemas como ellos entienden que debiera hacer. 

Jesús nos enseña, por el contrario, que Dios no está ahí para complacer nuestros gustos o suplir nuestra falta de responsabilidad, sino justamente para hacernos más responsables ante nuestra propia vida.
Entonces se puede pensar fácilmente en un «Dios apático», un Dios lejano y frío, insensible a nuestras penas y necesidades. 
Jesús nos revela, por el contrario, a un Dios cercano, enemigo de todo lo que esclaviza y hace sufrir al hombre, interesado en conducir la historia y la conducta de las personas hacia el bien y la felicidad de todos.
Otros siguen creyendo en un «Dios sádico», convencidos de que a Dios le agrada más el sacrificio y sufrimiento de los hombres que su vida gozosa y feliz. Incluso piensan que Dios sólo ha quedado satisfecho gracias a la sangre de su Hijo, cuando todo el Nuevo Testamento nos está diciendo que Dios nos perdona y nos ama de manera absolutamente gratuita, y la muerte de Jesús es precisamente el testimonio más evidente de que Dios nos sigue amando, incluso aunque los hombres crucifiquemos al Hijo que más quiere.
Otros se imaginan a un «Dios interesado». Estamos tan acostumbrados a que entre nosotros casi nada se dé gratuitamente, que no podemos pensar que Dios sea absoluta gratuidad. Sin embargo, Jesús nos revela que Dios es amor gratuito, puro gozo de dar. Que Dios nos ama porque sí, porque ser Dios es precisamente amar, darse, comunicarse, dar la felicidad total al ser humano.
Está también «el Dios policía, juez y verdugo» que nos acecha por todas partes para pillarnos en pecado y descargar sobre nosotros el peso implacable de su Ley, «el Dios del orden y la seguridad», que defiende los intereses de aquellos a los que les va bien… Verdaderamente los hombres somos capaces de imaginar cualquier cosa de Dios.
Estoy convencido de que muchos que se dicen hoy ateos o increyentes volverían a hacer un sitio a Dios en sus vidas si alguien les ayudara a intuir y conocer al Dios verdadero que se nos revela en Jesucristo. 
Jesús no es un teólogo, ni siquiera un profeta más. Como dice el Bautista, «éste es el Hijo de Dios». Puede hablarnos de El.
José Antonio Pagola