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26 enero 2017

Dichosos…

Señor Jesús,
gracias porque tus palabras me animan:
¡Dichosos, felices!
¡Qué bonito!
Sí, eso es lo que quiero,
sí, eso es lo que me gustaría
que todos alcanzasen.

No nos aplasta, ni nos entristece
lo que nos dices.
Tus palabras, Señor Jesús, son aire fresco de esperanza, novedad permanente.
Como Tú decías es el núcleo, esencia del reino de Dios; aunque, a decir verdad,
no cuadran en mi mundo, desentonan totalmente.
Por lo menos así me lo parece,
eso es lo que veo,
no lo comprendo y me de pena

¡Qué pocos se las creen!
y a lo mejor
¡Qué pocos son los que las viven! ¿Las vivo yo?
Alguna y a ratos,
no permanentemente.

Tú, Señor Jesús,
sabes que hemos sido hechos para ser felices.
Igual que el cántaro es para el agua
y el balón para rodar
así hemos sido hechos para la felicidad;
por eso andamos ansiosos en busca de esa perla preciosa.

Lo que sucede es que los caminos que tomamos son muy diferentes;
más aún, totalmente opuestos.

Cuando me paro y me fijo en tu persona, en tus acciones, en tus reacciones,
en tu manera de vivir,
descubro que Tú viviste cada una de estas Bienaventuranzas:

Tú, Señor Jesús, fuiste pobre,
por eso dijiste que ”el hijo del hombre (Tú) no tenía donde reclinar su cabeza”

Tú fuiste misericordioso
y le dijiste a Pedro que te preguntó:
¿cuántas veces tenía que perdonar… siete veces?
Y Tú le dijiste:
”no siete veces… sino setenta veces siete”

Tú fuiste pacífico.
Y cuando después de resucitado te hacías ver y te presentabas ante tus discípulos siempre les saludabas con estas palabras:
“La paz sea con vosotros”

Tú propuesta no fue la revancha sino el perdón,
para aquellos que te martirizaban
por eso le pides a Dios Padre:
“perdónales que no saben lo que hacen”

Seguramente una vez vividas por Ti cada una de las Bienaventuranzas
Tú nos las ofreces
como expresión de tu vivencia,
como testamento de tu sabiduría,
como camino a recorrer
por cada uno de los que queremos ser tus seguidores.

Gracias, Señor Jesús,
por ese aire fresco, nuevo, diferente que nos traes.

Gracias, Señor Jesús,
por tu valentía.
No pretendes agradar al auditorio
sino que nos dices la verdad,
aunque a veces nos duela o nos desconcierte.

Ayúdame, Señor Jesús,
a saber vivir con ilusión alguna de esas Bienaventuranzas.
Ayúdame a saber mostrar a mi mundo, donde me encuentre,
que no hay otro camino tan verdadero de felicidad como el que Tú me ofreces.

Yo te pido, Señor Jesús,
por los que hoy, en nuestro mundo,
son pacíficos, misericordiosos,
limpios de corazón,
humildes, perseguidos por causa de la justicia…
para que no se cansen ni se desanimen.

Su victoria está asegurada.
Y ya que tratan de seguirte que sepan vivirlo como Tú quieres que lo vivan.
Que encuentren sentido a sus vidas,
que son como levadura en la masa.

Y, Tú, Señor Jesús,
haz que sepamos,
como Tú hacías,
penetrados de tu Espíritu, trabajar por un mundo
en el que se llore menos,
en el que todos tengan lo que necesitan para vivir dignamente,
en el que no haya injusticias,
en el que no existan guerras,
en el que no se necesite el perdón porque no hay ofensas, etc.
Así sea.