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23 diciembre 2016

Homilía para la Natividad del Señor

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Una sola palabra del emperador y miles de personas tienen que desplazarse, cada cual a su ciudad de origen. Una palabra poderosa que afecta también a María y José y al niño a punto de nacer. Es un decreto para hacer el censo que no admite demora ni negativas porque no es un capricho… hay muchos intereses económicos y políticos por medio.
También el profeta Isaías nos habla de palabras, ¡pero tan diferentes! Son las voces que anuncian buenas noticias, son los cantos alegres a coro, son ecos que avisan de la paz y la justicia inminentes. Palabras de esperanza que resuenan en un paisaje de desolación, ruina y muerte. Palabras capaces también de movilizar: el mensajero que llega por los montes, los vigías que corren a avisar de lo que ven con sus propios ojos, los vecinos que se cuentan la gran noticia. Una agitación gozosa, libre, compartida.

Así, entre tantas palabras, unas resignadas y otras utópicas, como destino y sentido de todo, nace Jesús, la Palabra que se hizo carne y acampó entre nosotros, dice el evangelista.
Jesús es la Palabra en la que Dios mismo se vuelca para nosotros. Una Palabra que es mucho más que proponernos unas “creencias” que hemos de aceptar o unos “mandamientos” que tendremos que cumplir. Es Él mismo haciéndose comunicación, donación, encuentro. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer, nos orienta el evangelista de hoy.
Estamos celebrando con gratitud que nuestro Dios no es “autorreferencial”, alguien vuelto sobre sí mismo, autosu ciente en su gloriosa e impasible divinidad. Al contrario, su dinamismo consiste precisamente en llevar la iniciativa del diálogo, él es quien da el primer paso regalándonos gratis su Palabra. Una Palabra comprensible porque está dicha en la historia de Jesús, humano como nosotros.
Nuestro Dios no es “autorreferencial”: su dinamismo consiste precisamente en llevar la iniciativa del diálogo, él es quien da el primer paso regalándonos gratis su Palabra.
Una Palabra auténtica e inagotable porque este niño Jesús aprenderá a hablar, y hablará con palabras de vida eterna.
Ahora bien, saturados como estamos de palabras y promesas, ¿cómo distinguir y apreciar dónde nace esa Palabra que viene Dios? En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres, nos avisa el evangelista. Tenemos un criterio relativamente fácil de aplicar: la palabra que produce vida y humanidad, la que orienta hacia el bien y la justicia, es Palabra de Dios. Aquella que engaña y entristece, aquella que divide y enemista, aquella que alardea y somete, no da vida, la oscurece: no es de Dios.
Quizá nos gustaría una palabra más potente, con muchos decibelios. O quizá esperemos una palabra evidente, que se demuestre por sí misma. Tal vez preferiríamos una palabra indiscreta, que asaltase nuestra libertad y nuestros procesos para forzar nuestra respuesta. No son esos sus caminos. Hoy Dios nos da toda su Palabra, nada se guarda y nada nos impone. Lo dice todo y de una vez en este niño pobre y vulnerable, de modo que si quieres percibir su Palabra ya sabes a quien escuchar.
Una última palabra oiremos con fuerza en este día: ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor! Dios y la humanidad indisolublemente unidos también en esta primera aclamación a Jesús. No hay forma ninguna de dar “gloria” a Dios que deje a la humanidad en la violencia y la injusticia. No hay camino de paz y liberación auténticas sin renuncia veraz al endiosamiento y la idolatría. Será el hijo de María quien hará ambas cosas. Es Jesús quien conecta, quien vincula definitivamente ambos interlocutores. Él es la Palabra con la que Dios abre la conversación, y él es la palabra con la que la humanidad expresa a Dios su deseo fundamental. Palabra viva que da vida. Palabra regalada. Palabra respondida.
¿Qué os parece si después de estas torpes palabras mías hacemos silencio? A namos así una sensibilidad, quizá perdida por tantos ruidos y palabrerías, y nos unimos interiormente al canto de Belén: Gloria a Dios y paz en la tierra ya que por Jesucristo llegan la gracia y la verdad.
Javier Oñate Landa