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07 diciembre 2016

Homilía (Inmaculada Concepción de María)

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Introducción
El dogma de la Inmaculada Concepción de María fue proclamado por el papa Pío XII el 8 de diciembre de 1854. Con mucha sencillez, Luis González Carvajal lo resumía diciendo que es «doctrina revelada que María estuvo exenta del pecado original porque fue justificada por Dios desde el instante mismo de su concepción».
Sencillo, sí, pero difícil de explicar por muchas razones. No basta repetir unas determinadas palabras, escritas hace dos siglos, para comprenderlas hoy, en un contexto histórico completamente diferente. En esas sencillas cuatro líneas se encierran una serie de temas, todos ellos necesitados de una amplia explicación: “pecado original”, “justificación”, “inmaculada”, “gracia”, “elección”…
Es cierto que «si los dogmas de la fe siguen vigentes deben poder explicarse, y su lugar adecuado no es sólo la facultad de teología, sin o la catequesis». Por eso, dice el papa Francisco que «ante todo conviene estar seguros de comprender adecuadamente el significado de las palabras que leemos… El texto bíblico que estudiamos tiene dos mil o tres mil años, su lenguaje es muy distinto del que utilizamos ahora. Por más que nos parezca entender las palabras, que están traducidas a nuestra lengua, eso no signi ca que comprendemos correctamente cuanto quería expresar el escritor sagrado» (EG 147). Lo mismo puede decirse, pues, de los dogmas.

La homilía, por tanto, no es el lugar para “explicar” el contenido teológico de un determinado dogma, como éste de la “Inmaculada”: «un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad –añade el papa Francisco-… La predicación puramente moralista o adoctrinadora, y también la que se convierte en una clase de exégesis, reducen esta comunicación entre corazones que se da en la homilía» (EG 142). Y prosigue: «Pero la tarea no apunta a entender todos los pequeños detalles de un texto, lo más importante es descubrir cuál es el mensaje principal, el que estructura el texto y le da unidad… (EG 147). Y, por otra parte, «el predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los eles necesitan escuchar» (EG 154). Su lenguaje «debe ser el lenguaje que comprenden los destinatarios para no correr el riesgo de hablar al vacío. Frecuentemente sucede que los predicadores usan palabras que aprendieron en sus estudios y en determinados ambientes, pero que no son parte del lenguaje común de las personas que los escuchan…. El mayor riesgo para un predicador es acostumbrarse a su propio lenguaje y pensar que todos los demás lo usan y lo comprenden espontáneamente» (EG 158).
María, “la tonta del bote”
Aunque pueda llamarnos atención e incluso algunos puedan escandalizarse, así lo titulaba un precioso texto del jesuita Carlos Huelin, fallecido no hace mucho, cuando quería hablar de la Inmaculada a los niños. Decía que, ya de pequeña, las chicas se burlaban de ella porque no tenía malicia y decían que era,”la tonta del bote”. Pero sus padres, Joaquín y Ana, «la miraban complacidos. No tenían miedo, sabían que su hija no era la “tonta del bote”, sino que tenía el corazón totalmente limpio. No sabía guardar ni recelar, sino sencillamente amar. Decían ellos que María era como si la herencia de los hombres, el mal, no hubiera rozado su corazón. Nuestra hija es clara, nuestra hija es luz, nuestra hija es limpia, siempre es limpia. Nuestra hija invita a ser luz, limpieza»….
Tal vez pueda ser ésta una manera de hablar hoy de María, para vislumbrar –la poesía (y la verdad) es el arte de la sugerencia…- el hondo significado teológico de la Inmaculada –“pecado original”, “llena de gracia”…- convertido en la historia sencilla y casi banal de la vida cotidiana en Nazaret. «Es necesario no olvidar –escribe María Clara L. Bingemer- que la inmaculada concepción venerada en los altares es la pobre María de Nazaret, sierva del Señor, mujer del pueblo, insignificante en la estructura social de su tiempo. María lleva sobre sí la confirmación de las preferencias de Dios por los más humildes, pequeños y oprimidos. La gracia de la que María estaba llena es patrimonio de todo el pueblo».
Llena eres de gracia
Así la llama el mensajero Gabriel, “llena de gracia”, es decir, llena de la mirada bondadosa de Dios sobre ella, llena de aquello que constituye el núcleo del ser de Dios, que es su misericordia. Dios la mira con amor misericordioso («ha puesto sus ojos en la pequeñez de su esclava» Lc 1,48). De ahí que María esté llena de la misma misericordia de Dios que «exaltó a los humildes» (Lc 1,52) y «a los hambrientos llenó de bienes» (Lc 1,53). La opción por los pobres, humillados y afligidos es herencia en María de esa “gracia” con que Dios la llena.
Pero no debemos mirar a María como alguien a quien Dios ha dotado de “gracias extraordinarias” ajenas a todo lo humano. María, “llena de gracia” es icono y profecía de aquello a lo que todos estamos llamados pues, en realidad, todos estamos “llenos de gracia” (2a lectura de este día: Ef 1,4). La esta de la Inmaculada nos remite a nuestro propio ser, habitado por la misericordia de Dios y, por tanto, llamados a ser, como Él y como María, misericordiosos de verdad, plenamente y en todo momento: Mt 5,48).
Hecho historia en nosotros, la mirada misericordiosa, amable, la acogida, el compromiso con los últimos (los pobres reales con quienes convivimos, los inmigrantes y refugiados, los sin trabajo y sin esperanza, los enfermos, los débiles y sufrientes de todo tipo) son piedra de toque de la “gracia” que llevamos en nuestro ser. Si María lo vivió de un modo espontáneo y sin trabas, lo nuestro es el esfuerzo y el trabajo por vencer todos los condicionamientos y complicidades esclavizadotas del mal que, desde fuera y desde dentro, le impiden a Dios ser el Dios de la misericordia en nosotros para el mundo, ese “pecado originario” del que estamos contaminados por nuestra cultura individualista, agresiva e insolidaria.
“El Señor está contigo”
Es la palabra que permanentemente se repite a lo largo de toda la Escritura, desde Moisés a todos los profetas, y en la misma María: «No temas», «alégrate» (Lc 1,28.30). También para nosotros está dicha esta palabra, a quienes intentamos, pobremente, seguir los pasos del evangelio en medio de una cultura y una sociedad que nos contradice: “Alégrate”, “no tengas miedo”, “soy yo”, “estoy contigo”… María, de nuevo, es icono y profecía de nosotros mismos. Porque “inmaculada” no significa “inhumana” sino perfectamente humana, con todas las debilidades de seres humanos expuestos permanentemente a la contradicción y la inseguridad.
“Bendito el fruto de tu vientre”
La tradición anuncia la “gracia” de María “inmaculada” como algo que procede del núcleo fundamental del hecho de la Encarnación. Jesús de Nazaret, pequeño feto aún en el vientre de María, es el centro desde el que todo a su alrededor se ilumina, aquello que envuelve nuestra vida de fe. La grandeza es más de Jesús que de María, como la diferencia entre el sol y la luna, por bella que sea la luna. Siempre será luz reflejada del astro primero.
Hoy, en la esta de María, de nuevo nuestra mirada debe dirigirse a lo nuclear: Jesús de Nazaret. Y a Él se dirige María: «haced lo que Él os diga». Si amamos y alabamos a María es para más amar y seguir a Jesús, pues ése es nuestro auténtico camino cristiano. María, también en esto, y sobre todo en esto, es icono y profecía de que somos y debemos ser nosotros.
José Luis Saborido Cursach, S.J