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11 diciembre 2016

Homilía Domingo III de Adviento

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Situación 
Quizá la mayor dificultad para convertirnos a la esperanza resida en nuestro corazón estrecho y miedoso. Nos resulta más fácil soñar que creer, pues creer significa aceptar la posibilidad real de que nuestra condición humana (¡cuántas servidumbres: en lo físico, en lo síquico, en la relación con los demás, con Dios…!) alcanzará una plenitud insospechada.
Somos cobardes de corazón porque estamos replegados sobre nosotros mismos.
Vivimos, además, en una sociedad que ha renunciado a utopías, a valores incondicionales y a todo lo que suponga aplazar el logro inmediato de nuestros deseos.
Añadamos que la vida misma con sus limitaciones se encarga de chafar nuestros mejores ideales de adolescencia y juventud.
 

Contemplación
Piensa en la Eucaristía del domingo, en las personas que vais a reuniros, en el mundo en que te has movido durante la semana… ¿No es extraño oír las cosas que dice Is 35? ¿Quién puede creérselas si es mínimamente realista?
La primera generación cristiana creyó que la venida gloriosa del Señor iba a darse de un momento a otro. No es extraño que Santiago exhorte a la paciencia.
A nosotros nos ocurre igual: si no nos dan inmediatamente lo que deseamos, nos parece que nos engañan.
¡Gracias a Dios hay testigos, como los profetas, como Juan el Bautista, que nos enseñan a confiar! ¡Menos mal que Jesús mismo nos enseña a ver la presencia misteriosamente eficaz de aquello mismo que esperamos! Que «los ciegos ven y los inválidos andan, que los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia» (Mt 1 1 , 2-1 1 ).
3. Celebración penitencial
Es costumbre entre los cristianos hacer una celebración penitencial en este tiempo de Adviento. Responde a la nueva sensibilidad, suscitada por el Concilio Vaticano II, de vivir la conversión y de celebrarla en comunidad.
Recordemos algunos aspectos importantes:
Que la fe en las Promesas se da en la Iglesia 
A nosotros, personalmente, nos cuesta mucho vivir de una esperanza tan grande como la que supone el Adviento. Pero nos sentimos apoyados por la fe de los sencillos y, al reunirnos, tomamos conciencia de ser el pueblo de Dios, que El convoca para darle la Buena Noticia.
Que celebramos la fidelidad de Dios 
Precisamente le pedimos perdón porque no terminamos de creer en la Salvación que nos trae. Ciegos a su presencia salvadora en la historia, sordos a su palabra de aliento, inválidos asentados en nuestras seguridades, de corazón egoísta e impuro, muertos que se creen vivos…
¡Ojalá la celebración nos ayude a ensanchar el corazón y a volver a poner en marcha la utopía de los profetas y de Jesús, a renovar los valores que dieron sentido a nuestra vida, a pesar de, o mejor, con nuestros miedos, y conscientes de nuestras limitaciones!
Se trata de fidelidad de Dios, y El no cuenta con superdotados ni con héroes, sino contigo, con tu pobreza.
La necesaria síntesis entre ideal futuro y presente
La promesa de Dios es a lo grande, a lo absoluto; pero el amor de Dios se hace a nuestra finitud y a nuestro ritmo.
Hemos de aprender a creer en lo imposible, fiándonos del Señor, y a caminar como hombres, en el respeto al proceso y a nuestras posibilidades reales, aquí y ahora.
Procura que la celebración penitencial termine, por tu parte, en un propósito sabio, que combine la renovación del corazón lleno de esperanza y tu tarea cotidiana, paciente y tenaz.
Javier Garrido