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22 noviembre 2016

I Domingo de Adviento: Homilía

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¡DESPERTAD, CADA DÍA ESTÁ MÁS CERCA NUESTRA SALVACIÓN!
Introducción: La Palabra de Dios de este Primer Domingo de Adviento es un grito que nos despierta e invita a salir de la noche oscura e incierta a la que nos hemos abandonado abatidos por el cansancio y que nos señala el camino a la Luz que nos devuelva la esperanza y disipe la oscuridad.
1. Cuando la oscuridad, el cansancio y el sueño nos vencen.
La Humanidad ha entrado en el nuevo milenio de forma veloz y convulsa. Cierta sensación de vértigo y desazón se ha instalado en el alma de una Humanidad que ve cómo el ayer más inmediato ha huido y que el futuro está aún indeciso. Instalada en la prisa y el consumismo espasmódico, ha dejado que se instale en su corazón un nuevo estilo de vida que ha llegado para quedarse y ante el cual parece que no queda otra alternativa que la aquiescencia. Parece como si este nuevo modelo de hombre hubiera tirado la toalla ante un futuro ya dado y por el que no tiene que esforzarse, pues ya otros se encargan de dibujarlo y grabarlo con fuerza a través de sus mejores armas repartidas en las manos de la Economía, la Política, la Cultura y el Pensamiento.

Los dueños de nuestros sueños son, una vez más, los poderosos que nos dictan qué pensar, qué hacer y qué soñar y a los que hemos de rendir vasallaje. Todo se vuelve oscuro en el horizonte, cuando sentimos que ya no quedan “hogaño pájaros en los nidos de antaño” y que nuestras viejas esperanzas se desvanecen, quedando un oscuro vacío, un cansancio en el alma, un sopor somnoliento que nos abate y nos vence, haciendo que la esperanza se reduzca a la llegada de un nuevo día monótono y gris.
Y lo vemos…en esos padres que, aunque se han esforzado toda su vida por los hijos, ahora no saben cómo educarlos; en los pastores y agentes de pastoral que contemplan cómo las viejas fórmulas ya no sirven, mientras se ven incapaces de formular otras nuevas. Todo parece moverse en una oscuridad espesa en cuyo interior crece el miedo y la incertidumbre y, desarmada, abatida y vacilante, la  Humanidad se instala en el sueño, en mundos cticios, en mundos virtuales anónimos, rumiando avatares, añorando tiempos pasados, viendo crecer la duda y el pesimismo. Sumergida en las oscuras profundidades del sueño, asoman en el horizonte de la Humanidad las pesadillas, credenciales que va enviándonos la muerte.
2. Un grito potente nos despierta al amanecer.
De pronto, a veces sin darnos cuenta, en cualquier momento de nuestras vidas, si estamos alerta, se escucha una voz anunciando la mañana, “a la par de los levantes de la aurora”. Llega como un rayo tenue de luz, aún titubeante, alzándose en el horizonte de nuestras vidas. Son esos instantes mágicos, breves, cuajados de luz incierta y fugaz que nos deslumbran. La voz que nos saca del sueño, espabila nuestro oído, abre nuestros ojos, despeja la mente y nos impulsa a levantarnos del lecho con agilidad. Es una voz fuerte que lleva en sus entrañas un timbre de autoridad; una voz potente, nítida, embriagadora; una voz que nos resulta familiar, que ya hemos escuchado en otras ocasiones. Es una voz desa ante que nos recuerda aquella otra, cálida y entrañable, que, como en otras ocasiones, vuelve a despertarnos y a invitarnos a ponernos de nuevo en camino para recuperar la esperanza.
3. Un camino nuevo se abre ante nuestros ojos.
“Entre el dormir y el soñar, lo más importante es despertar”, decía Antonio Machado. Esa voz que nos ha sacado del sueño, nos invita a la aventura de buscar caminos nuevos, desbrozar senderos desconocidos, abrir sendas aún no recorridas. Es entonces cuando redescubrimos nuestra identidad  de nómadas que han trazar el sendero, “sin otra luz y guía que la que en mi corazón ardía”, que dijera san Juan de la Cruz. Esa luz que ya se ha instalado para conducirnos a la luz plena que “ilumina un sol de justicia que no conoce ocaso”. Es la luz que nos irá instruyendo en los caminos, que nos indicará cómo recuperar la armonía y la dignidad que las tinieblas del error han destruido en nosotros, dejándonos varados, hundidos, tirados en la cuneta. Es la Luz que acompañará nuestros pasos para buscar un cielo nuevo y una tierra nueva; un camino nuevo para un tiempo nuevo y que hay que recorrer despojados, abiertos a la aventura, sin prejuicios ni esquemas prefabricados, abiertos a la sorpresa. Un camino en el que nos iremos revistiendo de Cristo, un camino en el que hemos de conducirnos con dignidad y en el que, a cada paso, descubriremos cómo la “salvación está más cerca” . Ya despiertos, despojados de todo lo que nos atrapaba por fuera y por dentro, pertrechos con lo necesario, con la mirada limpia y el corazón en vilo, nos disponemos a caminar en dirección a esa luz que nos regala.
4. La esperanza es posible.
Cada domingo, reunidos entorno a la Mesa del Pan y de la Palabra, Jesús, “el Señor de la Gloria”, renueva en nosotros la invitación a despertar del sueño, a dejar el cansancio y a caminar a la zaga de esa Luz que brota del sereno manantial de su Palabra proclamada en la asamblea y del Pan que parte y reparte entre los hermanos. Cada domingo es “el Señor de la Gloria” quien renueva nuestras fuerzas personales, pero también las comunitarias y nos ayuda a vislumbrar el horizonte, mientras sentimos el gozo de cómo se levantan junto a nosotros, y en nuestros corazones, los cimientos de un mundo nuevo, capaz de sustituir el viejo y oscuro mundo que roto nuestra dignidad de peregrinos y nos ha lanzado a las cunetas del tedio.
Juan Rubio Fernández