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26 noviembre 2016

Homilía Domingo I de Adviento

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Comenzamos hoy un nuevo ciclo litúrgico: el de Adviento. Tiempo especialmente consagrado a la preparación de la venida de Jesús al mundo. El domingo 7 de agosto, domingo XIX del tiempo ordinario, nos hablaba Jesús de cómo debíamos prepararnos a su venida. Lo hacía con el ejemplo del mayordomo que esperaba a su señor. 
Hoy nos vuelve a insistir (3ª lectura) que estemos vigilantes, atentos, porque “nuestra salvación está cerca” (2ª lectura) y Dios quiere reunirnos en la paz del Reino (1ª lectura) 
Si estamos en vela, si estamos despiertos para poder ver los problemas y lo suficientemente decididos a enfrentarlos, la venida de Jesús puede estar próxima, de lo contrario, no, puede estar muy lejos todavía. Depende exclusivamente de nosotros. Lo que sí es claro es que no podemos esperar obras de magia ni milagros divinos para suplir nuestro esfuerzo.

El pasado domingo hablamos de la venida del Reinado de Jesús a la familia, pero especialmente referida a la pareja. Hoy, siguiendo el esquema papal, nos centraremos en la venida de Jesús al mundo futuro atendiendo a la cristianización de los hijos dentro del ámbito familiar, preferentemente mediante el ejemplo y enseñanza de los padres. Es una materia que la expone en el capítulo 7º de la Exhortación “La Alegría del Amor”
Los padres, en la actualidad los abuelos y en general todos los educadores, deben, debemos, ser conscientes de que los niños, aun los nacidos en la familia más cristiana, en el momento de venir al mundo, son totalmente paganos, consecuencia de su absoluto desconocimiento de toda la esfera de la religiosidad. No saben absolutamente nada de Dios ni de la Revelación. 
Más aún. En el “mundo” al que se incorporan se respira una atmosfera muy materialista y despreocupada del tema Dios. Hoy los nuevos “inquilinos” de la Tierra carecen de la oportunidad de conocer el mundo religiosos por lo que podríamos llamar “impregnación” cultural. Todo lo contrario. Se percibe un tufillo a podrido muy proclive a asfixiar al espíritu. Más que impregnación religiosa los niños y jóvenes padecen una malsana polución materialista. 
Por consiguiente, una de las principales tareas de la familia cristiana a través de los padres y abuelos, será iniciarles en la revelación; anunciarles la venida de Jesús al mundo y su misión salvadora. Es decir: evangelizarlos exactamente igual a como se hace con los paganos, que es lo que realmente son. 
Para animarnos a esa difícil tarea recordemos las prometedoras palabras de Jesús respecto a todos aquellos que inician a los demás en el Evangelio: “Serán tenidos por grandes en el reino de los cielos”. (Mt. 5,19) 
San Francisco de Asís aporta una idea de máxima vigencia en el campo en el que nos movemos en esta homilía. Decía el santo: hay que enseñar siempre el evangelio y si es necesario incluso hablando. Una verdad como un templo. La principal enseñanza del Evangelio han de darla los padres, y todos cuantos se dediquen a la evangelización, mediante el ejemplo. 
El ejemplo arrastra. Se dice coloquialmente que el mejor predicador es fray ejemplo. Así es. La familia puede y debe ser la escuela natural y espontánea en la que se eduque a los miembros jóvenes en las virtudes y el primer lugar en el que puedan llevarlas a la práctica de la vida ordinaria. 
La Escuela y los Institutos son centros en los que se instruye a los alumnos capacitándoles para desarrollar en el futuro un trabajo determinado con suficiente capacidad técnica. La educación como tal, la educación básica, esa que abre al niño y al adolescente a los valores fundamentales de la vida, esa, es misión preferente de los padres. La familia es la principal formadora de la incipiente personalidad del niño y del adolescente. En el hogar es donde se fragua la personalidad, donde el educando ensaya su estilo de vida que le va a marcar para el resto de sus días. Esta afirmación es incuestionable tras las aportaciones de la llamada psicología profunda iniciada en el círculo psicoanalítico de Viena por Freud, Adler y Jung.
Los niños quedan desorientados si ven la diferencia entre lo que les enseñan a ellos como bueno y lo que luego hacen sus educadores en la vida ordinaria. Es posible que se le inculquen ideas de respeto, de justicia, de verdad, de perdón, de entrega, etc. etc. que luego ve que en su hogar están totalmente ausentes en los comportamientos ordinarios.
Esto se remarca en el campo de la educación religiosa. Aquí suelen darse contradicciones sangrantes que desconciertan al niño. Se le prepara para la primera comunión con toda solemnidad, como para un acto importantísimo de su vida, pero puede observar al mismo tiempo que su padre, que le ha preparado con todo esfuerzo, no participa de esa tan ensalzada actividad. Va observando que la religiosidad, los actos de religión, no son realizados por los adultos. Va sospechando que “eso”, que la religiosidad, es cosa de niños o de mujeres pero no de hombres maduros. Más de un joven ha creído alcanzar la madurez porque ya va con chicas, fuma y no va a misa. 
Los padres, en general todos los educadores, hemos de ser conscientes de que dos ojitos sin espíritu crítico todavía, – y esto es lo más importante, sin que los niños tengan capacidad mental para criticar en el sentido científico de la expresión – van “viendo” como vivimos de hecho los adultos. 
Esas vivencias pesan mucho más en su ánimo que todos los consejos y orientaciones teóricas que podamos ofrecerles. 
Estas y otras consideraciones parecidas deberíamos tenerlas muy en cuenta para que en nuestros hogares recibieran los niños la primera catequesis de una evangelización que les capacite para ser al mismo tiempo buenos ciudadanos y fervientes cristianos. Los hogares sembrando los valores fundamentales deben ser catequesis y escuelas de ciudadanía.
Estemos seguros de que la forma de que el Reino de Dios esté cerca de nuestros hogares y tenga posibilidad de prolongarse en el futuro mediante nuestros hijos, depende en gran parte de lo que nosotros hayamos ofrecido a los niños en casa. 
La gracia de Dios no nos ha de faltar si sabemos pedírsela. Que así sea.
Pedro Sáez