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06 noviembre 2016

El Dios de la vida de Francisca Gómez Sierra

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Hoy, Jesús, me haces considerar un Evangelio un poco difícil cuando estos saduceos te preguntan a ti sobre la situación de uno que se muere, deja a su mujer, se casa, deja descendencia, no se deja… Pero Jesús —¡qué grande eres!— aprovechas esta pregunta capciosa de los saduceos para decirnos que Tú eres el Dios de la Vida, que Tú no eres un Dios de muertos, sino de vivos, porque “para Él todos están vivos”. A la hora de hacer el encuentro contigo yo me preguntaba sobre esta expresión tuya: “Tú no eres un Dios de muertos, sino de vivos”. Y esta pregunta malintencionada de los saduceos me da pie para considerar lo grande que eres. Eres la vida del hombre, eres la alegría, eres el amor. Eres el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob. Tú estás presente en la historia de cada uno, de cada pueblo. Eres un Dios cercano, eres un Dios de la Vida.

Me alegra mucho este encuentro, Jesús, porque me siento amado por ti de una forma individual, personal, singular, y porque te haces presente en mi vida cotidiana, porque entras en mi propia historia, en la historia de mi vida, de mi trabajo, de mis relaciones con los demás. Y me dices que “Yo no soy un Dios de muertos. ¡Sal de la muerte! ¡Entra en la alegría, entra en el amor, disfruta del amor compartido, del amor pleno!”. Me das una visión distinta de la vida —nada negativa, nada de tristeza—. Un cristiano es un cristiano alegre y me dices que tengo que entrar en la vida y no estar en mis muertes.
Quiero decirte gracias, pero también quiero pedirte salir de mis muertes y disfrutar de la vida que Tú me das. Y disfruto cuando me doy cuenta de que Tú me amas y cuando empiezo a compartir el amor con los demás, el amor con todos, la Vida que eres Tú, la vida de la vida, la puerta de la alegría, que es tu amor. A veces me quedo tan limitada metida en mis muertes, en la vida que vivo sin darle el sentido, sin llegar a la felicidad que eres Tú. Y Tú me dices: “No, esta vida no es así, ensancha tu mirada, descubre, descúbreme, porque Yo soy un Dios de Vida y cuando entras en mi Corazón, entras en la alegría”.
Enséñame hoy en este encuentro a salir de mis muertes, a dominar todo lo que me quita de tu encuentro y para que entre en tu Corazón vivo y deje mi vida en tus manos, para que Tú la organices y Tú me sorprendas y me lleves a tu Reino, a la casa tuya, que es la verdadera vida; a tu Corazón, que es el verdadero amor. Y te pido despertar. Despertar a la vida, clamarte, entrar en tu Corazón; invocarte, porque Tú, Señor, eres un Dios de vivos y no un Dios de muertos. Que yo espere en esto, que confíe en esta idea, que confíe en ti, que me llene de tu vida.
A tu Madre le pido: Madre de la Vida, Madre de la Esperanza, Madre del Amor, ayúdame a salir de mis muertes, a entrar en el camino del amor, de la esperanza, de la alegría, de la paternidad, de Dios, sabiendo que me ama y que quiere que sea feliz y que disfrute de la vida que Él me da, puesto que Él me la da para que sea feliz. Que hoy también me pregunte —y me pregunto—: ¿tengo vida? ¿Dónde estoy? ¿Estoy en la muerte o estoy en la vida? Ayúdame a salir de mis muertes para entra en la vida porque…
Tú eres el Dios de la vida.