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01 noviembre 2016

Domingo 6 de noviembre: Homilía

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El domingo pasado escuchábamos la definición de Dios como “amigo de la vida” (Sabiduría 11, 26). Hoy nos topamos con que Jesús, en el evangelio, muestra a un “Dios de los vivos” (Lucas 20, 38). Es decir, que Dios no es solo amigo de la vida, en genérico, sino amigo de las personas vivas, en concreto. Dios de los vivos, de cada uno de ellos: de Abraham, de Isaac, de Jacob… y de cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos. Con nuestra historia, con nuestros altibajos, con nuestros sueños y fracasos, con nuestras capacidades y limitaciones. Con nuestra vida concreta. 

Las lecturas de hoy nos plantean, efectivamente, un contexto muy concreto, marcado por los límites y los conflictos. En la época de los Macabeos, reflejada en la primera lectura, encontramos persecución política, guerras culturales, batallas ideológicas, enfrentamientos y luchas de poder… que desembocan en detenciones, torturas y asesinatos. ¿Podemos ver resonancias con nuestro mundo, tantas veces desgarrado por la violencia atroz del terrorismo y de la guerra? En el texto del evangelio, por su parte, encontramos una alusión directa a la cuestión de la viudedad, es decir, de la muerte en la familia, del sufrimiento, de la soledad, así como de la dificultad para tener hijos. Es cierto que el relato de los siete hermanos que se casan sucesivamente con la misma mujer parece un tanto “cogido por los pelos”, pero ¿no nos vemos reflejados en muchos recovecos de nuestra vida personal y familiar que, con frecuencia, no llegan a cumplir sus sueños y deseos sino que se topan, una y otra vez, con los límites, los fracasos, la enfermedad o la muerte? 
Y ahí, precisamente ahí, aparece el “Dios de los vivos” o, como dice la segunda lectura, el Padre “que nos ha amado tanto” (2 Tesalonicenses 2, 16). Este Dios es el único Dios verdadero. Es el que no nos abandona. Nunca. Tampoco cuando llega el fracaso definitivo que es la muerte. Es el Dios fiel que fundamenta nuestra fidelidad. El que nos “resucita para la Vida” (2 Macabeos 7, 14). Es muy significativo, aunque ahora no podemos entrar en ello, que el origen de la fe en la resurrección de los muertos surge precisamente en este contexto de persecución que acabamos de ver en el libro de los Macabeos. Dios es fiel y, si nosotros permanecemos fieles a Él, no nos abandonará: su fidelidad ha de ir más allá de la muerte y, por tanto, nos permite afrontar los tormentos y la muerte con gran confianza. 
Este Dios de vivos que nos ama tanto, muestra, según la epístola a los tesalonicenses, dos características en las que me quiero detener ahora. Por un lado, nos regala un consuelo permanente y, por otro lado, nos da fuerza para seguir cumpliendo todo. El consuelo de Dios es permanente, es decir, se extiende en el tiempo. Por eso podemos esperar con confianza. Dice el mismo texto que se trata de un consuelo “interno”. Es extenso e intenso. Amplio y profundo. O sea, que llena el corazón humano y lo colma: «por el Señor estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo» (2Tes 3, 4).
Se trata, pues, de vivir en plenitud, cumplidamente, llenando el presente de amor denso. Ese amor denso es el que se puede extender y hacerse permanente. 
Estas dos dimensiones se convierten, al final de la lectura, en un deseo y una petición: «Que el Señor dirija vuestro corazón para que améis a Dios y esperéis en Cristo» (2Tes 3, 5). Amar en el presente; esperar en el futuro. Amar en plenitud; esperar de manera sostenida. Amar con intensidad; esperar extendiendo ese amor al infinito. Amar con consuelo interno; esperar con consuelo permanente. 
Y así descubrimos, en síntesis, el mensaje de la Palabra de hoy y su relevancia para nuestra vida. Dios es un Dios de vivos: nos ama tanto que nos regala la promesa de la resurrección. Pero esta promesa no nos saca del mundo como si fuera un engaño bobalicón. Justo al contrario, nos introduce en el corazón del mundo para vivir ahí, con intensidad, el amor entregado y fiel; y es justo esa densidad la que se expande y se extiende, más allá de lo imaginable, sosteniendo nuestra esperanza en medio de las dificultades cotidianas, grandes o pequeñas. 
Daniel Izuzquiza Regalado, S.J.