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29 noviembre 2016

Comentario al Evangelio del 29 de noviembre


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Carlos Latorre, cmf
¡Buenos días, amigos!
El profeta Isaías anuncia de parte de Dios un gran regalo para su pueblo: “brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor”.La liturgia ha seleccionado estas palabras para la Misa de hoy porque ve en ellas como un anticipo de la plenitud que nos traerá el nacimiento de Jesús. El Espíritu Santo ha estado actuando siempre en la humanidad. Se ha ido manifestando a través de los profetas como nos lo demuestra el texto que leemos hoy. Y  Jesús no sólo lo hará presente a través de sus palabras y acciones, sino que nos lo enviará en toda su plenitud el día de Pentecostés.

En el evangelio de hoy leemos: “En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”.
Los discípulos acaban de realizar  la misión que Jesús les ha encomendado recorriendo los pueblos y aldeas de la región. Ellos regresan felices porque todo ha ido bien. Jesús, por su parte, estalla de alegría impulsado por el Espíritu al ver cómo el Reinado de Dios comienza a manifestarse en la acogida y la buena voluntad  de la gente más sencilla y sin prejuicios.
En esta gozosa oración Jesús anuncia que también el hombre o la mujer más humilde puede conocer los secretos más hermosos de la fe cristiana, porque son capaces de mirar con ojos limpios las obras que Jesús realiza.
Yo viví una experiencia muy hermosa visitando hace años a un hombre muy pobre y enfermo en las cuevas del castillo de Jumilla, en España. Me contó su vida llena de sufrimientos hasta verse obligado a vivir  recogido como un animalito solo en aquella  cueva. Como resumen de todo lo que había aprendido en la vida me dijo: “Padre, si alguien me hace un mal, yo siempre le voy a perdonar”. Al oír estas palabras yo sentí como un estremecimiento, como si estuviera escuchando a un santo. No tenía nada de valor alrededor de aquella humilde cama, sólo una fe muy viva en la Palabra de Jesús  clavado en la cruz. Yo había ido a hablarle de la confianza en Dios y del perdón, y era él quien me estaba demostrando que no sólo había entendido el mensaje de Jesús, sino que lo estaba viviendo postrado en aquel catre dentro de una cueva.
Vuestro hermano en la fe.
Carlos Latorre
Misionero claretiano