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24 noviembre 2016

Comentario al Evangelio de hoy, 24 noviembre

Queridos hermanos:
Con gran probabilidad, cuando el autor del Apocalipsis escribe “Babilonia” está pensando en el imperio romano, que es entonces el poder pagano que oprime a la Iglesia. Al final de la primera carta de Pedro, escrita seguramente en Roma, se envían igualmente saludos desde Babilonia. Es un nombre que, desde el exilio israelita en el siglo VI antes de Cristo, se convirtió en cifra o sinónimo de lugar de opresión.
El Apocalipsis intenta situarnos en el futuro, disfrutarlo ya prolépticamente, y lo hace a base del simbolismo de la desaparición de Babilonia. Capítulos más adelante, para hablar de la redención consumada, dirá que apareció “un cielo nuevo y una tierra nueva, y el mar no existía ya” (Ap 21,1); el mar, habitado por el monstruo Leviatán, era otro símbolo del mal. Cada autor sagrado tiene su opción pedagógica; San Pablo, en vez de echar mano de ese lenguaje apocalíptico, opta por el “silencio”: “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni subió a la imaginación humana lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1Cor 2,9).

En la descripción de la destrucción de Jerusalén, nuestro evangelista completa datos del discurso profético de Jesús con otros que él conoce por historia reciente; escribe cuando ya Palestina ha sido cruelmente masacrada por los ejércitos romanos en la guerra de los años 67-74. Y esa descripción de carácter histórico se completa luego con la de cataclismos cósmicos o conmoción del universo. Es otro modo de visualizar la majestad de Dios y su señorío sobre cuanto existe: “De miedo se paraliza la tierra cuando Dios se pone en pie para juzgar”, dice el Salmo 76, v. 9. Se trata de un sobrecogimiento que al creyente le lleva a la adoración y al rebelde a la desesperación.
Las calamidades de la historia y las catástrofes del cosmos son vistas por el cristiano como misteriosos procesos de purificación, de los cuales él sabe que saldrá airoso. La conclusión del pasaje es, como todos estos días, consoladora: el poder y la gloria del Hijo del Hombre no son aplastantes, sino salvíficos; el creyente en Jesús “levanta la cabeza”, pues se sabe redimido. En el primer escrito del Nuevo Testamento, primera carta a Tesalónica, Pablo define la esperanza cristiana como un aguardar de los cielos a Jesús Resucitado, “el que nos libra en el juicio que está para llegar” (1Tes 1,10).
La gloria aparecida en el texto del Apocalipsis es la clave para abordar los desastres históricos y cósmicos pasajeros. Aun en medio de ellos, nos toca pasearnos por el mundo “con la cabeza bien alta”. El verdadero creyente nunca es un atormentado, sino un consolado y fuente de consuelo para muchos. Ojalá nunca nos reprochen lo que el filósofo Nietzsche reprochaba a los cristianos de su tiempo: “para que yo creyese en su Redentor tendrían que cantar otras canciones y sus discípulos deberían parecer más redimidos”. Ojalá lo parezcamos, iluminados por la gloria del Dios que se nos acerca.   
Vuestro hermano 
Severiano Blanco cmf