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09 octubre 2016

¿Miedo o admiración?

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No es fácil describir los sentimientos y actitudes que pueden despertarse en nosotros cuando nos detenemos ante Dios. Pero, al menos, hay dos que condicionan de manera decisiva nuestra vivencia religiosa: el temor y la admiración. 
Hay personas que ante Dios sienten, sobre todo, miedo. Dios se les presenta amenazador, temible y peligroso. Lo mejor que podemos hacer ante él es protegernos, actuar con cautela y precaución.
Este temor a Dios suscita una religión en la que lo importante es mantenerse puros ante él, no transgredir sus mandatos, expiar nuestras ofensas y cumplir estrictamente los deberes religiosos para sentirnos seguros ante sus posibles reacciones.

Hay creyentes, por el contrario, en los que Dios despierta, antes que nada, admiración. Lo perciben como alguien grande, fascinante, bueno. Se sienten atraídos por él, cautivados por su misterio y su grandeza.
Esta admiración los conduce a una vivencia religiosa en la que predomina la alabanza, la acción de gracias y la adoración gozosa. Lo importante es cantar la gloria de Dios y contemplar agradecidos sus obras. 
Tal vez, ningún pueblo ha admirado tanto a su Dios ni ha orientado su culto hacia la alabanza con tanta audacia y entusiasmo como el pueblo judíoPara el israelita piadoso, todo es motivo de bendición a Yahvé y la vida entera se convierte en acción de gracias. 
Los cristianos de hoy hemos perdido en gran parte esa admiración por Dios. Celebramos la Eucaristía como la gran plegaria de acción de gracias a Dios, pero no nos nace del corazón, pues nuestra vida está, de ordinario, vacía de alabanzaLa queja de Jesús lamentándose de la falta de agradecimiento de los leprosos curados por él, podría estar dirigida a muchos de nosotros. 
¿Dónde está nuestra acción de gracias y nuestra alabanza jubilosa a Dios? Miramos la vida y el mundo con ojos acostumbrados y aburridos, incapaces de admirar lo grande y bello de las cosas y las personas. Pasamos por el mundo cargados de preocupaciones, absorbidos por múltiples tareas, ocupados en poseerlo y manipularlo todo y ya no percibimos apenas nada que nos invite a la alabanza a Dios.
Escuchemos la advertencia de San Buenaventura: “El que con tantos esplendores de las cosas creadas no se ilumina, está ciego; el que con tantos clamores no se despierta está sordo; el que con tantos efectos no alaba a Dios está mudo… Abre pues los ojos, acerca los oídos del espíritu, despliega los labios y aplica tu corazón para en todas las cosas ver, oír, alabar, amar, ensalzar y reverenciar a tu Dios”.
José Antonio Pagola