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29 octubre 2016

La misa del domingo 30 de octubre

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DOMINGO XXXI TIEMPO ORDINACIO (CICLO C)30 de octubre de 2016
En el evangelio de Lucas de este domingo vemos que Jesús está llegando al final del viaje que comenzó en el capítulo 9. Durante el viaje no se sabía bien por dónde andaba Jesús. Sólo se sabía que iba en dirección a Jerusalén. Hoy, por fin, queda aclarado definitivamente. Jesús llega a Jericó.
Es la última parada antes de encaminarse a Jerusalén. En la entrada de Jericó, encuentra a un hombre ciego que quería ver (Lc 18,35- 43). Y poco después, al atravesar la ciudad, encuentra a Zaqueo, un publicano que quería verle. Fijémonos qué curioso. Un ciego y un publicano. Los dos eran marginados, los dos molestaban a la gente: el ciego con sus gritos, el publicano con sus abusivos impuestos.
Detengámonos a ver la situación. Jesús entra en Jericó y atraviesa la ciudad. “Había en ella un hombre llamado Zaqueo, jefe de publícanos y rico.” Publicano era el que cobraba los impuestos públicos sobre la circulación de las mercancías. Zaqueo era el jefe de los publícanos de la ciudad.

Era una persona rica y ligada al sistema de dominación de los romanos. Cobraba impuestos en nombre de Roma. Por ello, los judíos más religiosos y observantes de la ley pensaban así: “Nuestro único rey es Yavé, no el César. Por eso quien colabora con los romanos y con el César es un pecador”. Así, pues, Zaqueo eran considerado pecador.
Veamos ahora la situación de Zaqueo. Zaqueo quiere conocer a Jesús. Como era bajo de estatura, se sube a un árbol y espera que Jesús pase. Tiene verdadero deseo de conocerlo. Zaqueo es un hombre rico, pero que no se encierra en su riqueza. Zaqueo busca algo más. Imaginémonos que siendo, como era, una persona importante de la ciudad, se sube a un árbol; seguramente siendo objeto de comentarios y burlas por parte de la gente. Ello indica que ya no le importa nada la opinión de los otros. Hay algo más importante que le mueve por dentro.
Y se produce el encuentro. Cuando Jesús llega al lugar, no pregunta qué hace aquel señor encaramado en una rama de un árbol. Simplemente responde al deseo del hombre y dice: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó y lo recibió muy contento en su casa. Todos murmuraban: “Se ha alojado en casa de un pecador”.
Lucas subraya que todos murmuraban. Pero como en tantas otras páginas del Evangelio, a Jesús no le importa quedarse solo en su actitud de acoger a los excluidos, a los que todo el mundo rechaza.
No le importan las murmuraciones Va a casa de Zaqueo y lo defiende de las criticas. Y es precisamente en esa actitud de acogida incondicional por parte de Jesús, donde Zaqueo experimenta y expresa su conversión: “Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más.”
Ésta es la conversión que se produjo en Zaqueo a raíz de la acogida que Jesús le dio: repartir la mitad de los bienes entre los pobres y restituir lo robado cuatro veces más. Jesús dice que ha venido a buscar ya salvar lo que estaba perdido. Su Reino es para todos. Nadie, ni siquiera el más pecador, puede quedar al margen. La opción de Jesús es clara. Acoge a los que no eran acogidos. Ofrece lugar a los que no tenían lugar. Recibe como hermano y hermana a las personas que la religión y el gobierno excluían y tachaban de inmorales e impuros: prostitutas y pecadores, herejes y paganos, leprosos y endemoniados, enfermos y pobres, samaritanos y publicanos. Jesús no sólo acoge a las víctimas de la exclusión, sino que les ofrece ser parte de su Reino. Y es que Dios no mira la miseria, sino el corazón que le busca.
La pregunta que nos tenemos que hacer hoy al escuchar este pasaje es: ¿quiero yo realmente ver a Jesús?
Agustín Fernández, sdb