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12 octubre 2016

Esperar lo invisible

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Cardenal Óscar R. Maradiaga, SDB
El Espíritu atestigua a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria. Estimo que los sufrimientos del presente no tienen proporción con la gloria que se ha de revelar en nosotros. La humanidad aguarda expectante a que se revelen los hijos de Dios. La humanidad fue sometida al fracaso, no de grado, sino por imposición de otro; pero con la esperanza de que esa humanidad se emanciparía de la esclavitud de la corrupción para obtener la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que hasta ahora la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro aguardando la condición filial, el rescate de nuestro cuerpo. Con esa esperanza nos han salvado. Una esperanza que ya se ve, no es esperanza; pues, si ya lo ve uno, ¿a qué esperarlo? Pero, si esperamos lo que no vemos, aguardamos con paciencia.

(Rm 8,16-25)
El texto que nos ocupa se encuentra situado en el corazón de la Carta a los Romanos, que es el opus maximum del apóstol Pablo. Obra que fue el principal motor de la reorientación teológica de san Agustín y, en su momento, de Lutero y la Reforma, así como de la nueva versión, en nuestro siglo, por obra de la llamada «teología dialéctica» de Barth y Bultmann.
Eso representa, sin embargo, un peligro para la interpretación de la carta: la sobrecarga teológica que han volcado sobre ella todos los que la han utilizado (sin excluir a santo Tomás ni a los teólogos de la Contrarreforma).
Por eso merece una especial atención, al iniciar mi reflexión, el considerar la carta a los Romanos, en su carácter de auténtica comunicación entre un apóstol, que escribía a menos de treinta años de la muerte de Cristo, y una comunidad que él no había evangelizado personalmente.
El fundamento de la «nueva identidad»
No por nada Pablo llama «hermanos» a los destinatarios de la carta. Más que un simple apelativo, ve en la expresión una relación que ha nacido de la nueva identidad adquirida y otorgada por Cristo a través de la acción del Espíritu Santo.
Si es el Espíritu quien los guía, asevera Pablo, entonces son «hijos de Dios». Pues el Espíritu que han recibido no era de esclavitud, lo que les haría recaer en el temor, sino el Espíritu de adopción, que les permite gritar «¡Abba! ¡Padre!».
Pablo ha sacado esta acertada imagen de la adopción, del sistema legal grecorromano, puesto que los judíos del siglo I d.C. no la utilizaban.
El Espíritu atestigua a su espíritu que ellos son hijos de Dios. Si son hijos, entonces también herederos; herederos de Dios, pero también coherederos con Cristo, si padecen con él para poder ser glorificados conjuntamente con él.
Por eso, todos somos hermanos y como tales caminamos juntos a la herencia prometida. El hecho de ser coherederos nos recuerda que la primogenitura (es decir, el derecho del hijo mayor a heredar todas propiedades del padre) no se practicaba entre los judíos. Ellos dividían sus propiedades entre todos sus hijos. La parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32) ilustra esta forma de entender la sucesión.
Pablo recurre al vocabulario más potente sobre las relaciones humanas que existía en el antiguo mundo mediterráneo para unir estrechamente a los miembros de un grupo, es decir, el vocabulario del parentesco.
En la antigua sociedad mediterránea, el parentesco era la institución social más importante. Tan importante era la conexión con el pariente, que los miembros de los grupos que anhelaban expresar las estrechas relaciones que compartían utilizaban habitualmente el vocabulario del parentesco de forma ficticia para referirse unos a otros.
Por ejemplo, los israelitas se dirigían unos a otros como «hermanos», y la misma designación se utilizaba entre los grupos no étnicos que no podrían referirse a un antepasado común como posible fundamento de su relación.
La conexión inevitable entre el grupo familiar fundamental y una casa o una familia particular implicaba que también se recurriera a las imágenes familiares para hablar del carácter de la pertenencia al grupo.
Al respecto, nos llama la atención y no deja de sorprendernos cómo Pablo se refiere a Dios con el término arameo «Abbà», cuyo origen se halla en el ámbito de las relaciones familiares íntimas tal como se entendían en Palestina.
Todo la anterior nos permite afirmar, que Pablo considera la nueva identidad del cristiano, asociada también a su nuevo destino. La relación de lo que «somos» nos permite entrar en una nueva dimensión de lo que «seremos». De lo que estamos llamados a recibir. Ya somos familia, somos hermanos, somos sus hijos, por lo tanto ahora sí que podemos llamar Padre a Dios, recibir sus promesas y llamarnos hermanos porque tenemos en común el mismo padre y un mismo destino.
Pablo ha venido desarrollando esta realidad, en todo el capítulo 8, donde después de los vv. 1-11, vuelve a formular la quaestio iuris: «no le debemos nada» a la carne (v.12), porque hemos muerto (6, 2.8; 7,4) y porque no pesa ninguna condena sobre nosotros (8,1).
Luego da una formulación extrema a la renuncia al mal: «matar» las obras del cuerpo para «vivir». Y a continuación, enlazando con grandes temas de la carta a los Galatas, se separa de la simple superación del mal: “dejándonos llevar por el Espíritu (v.14a) seremos hijos de Dios (v. 14b) y no siervos” (v.15ab).
Y por ese Espíritu gritamos «Abba-Padre» (v.15c), apoyados en su testimonio (v.16); seremos herederos de Dios junto con Cristo (v.17ab), en la pasión y en la gloria (v.17c).
Es el mismo Espíritu Santo, en definitiva, el autor de la confianza filial con que el cristiano puede hablar a Dios (cf. Gál 4,6). No está totalmente claro si la expresión empleada en el v.15 «espíritu de filiación» coincide con el «nuestro espíritu» del v.16, como tampoco si se distingue y cómo del testimonio del Espíritu Santo. Pero lo que sí es seguro es que con «nuestro espíritu» no puede tratarse del yo natural, sino más bien de un yo transformado.
Cuando existe una dignidad, existen unas exigencias; cuando media una filiación, se espera una herencia. Dios es nuestro Padre, por ello participaremos de su gloria y de su vida, y por ello podemos poseer por gracia lo que en principio y por esencia corresponde a Cristo. El apóstol, sin embargo, vuelve una vez más a la tierra. Nuestro camino hacia Dios sólo es posible en la comunión de vida con Cristo; si alguno quiere ser glorificado con Cristo, debe antes haber padecido con Él. Necesita antes dar pruebas de cristiano.
El tema de los «sufrimientos» podría muy bien corresponder al de la tribulación en 5, 3-5. Aquí sin embargo, no nos dice que debemos gloriarnos de ellas, pero sí las ve en su aspecto positivo y las relaciona con la expectativa de la gloria futura (v.18).
En efecto, por grandes que puedan ser los sufrimientos, que con toda seguridad visitarán al cristiano en la vida presente, no admiten comparación con la revelación definitiva de la gloria de la abundancia de toda la gracia que Dios nos ha concedido, y que ya poseemos aunque de modo invisible.
La comparación con los dolores de parto que sufre el universo entero (vv.19-22) está en la línea de ver la «nueva creación» como fruto de un gran cataclismo: el dolor no hace más que anunciar la llegada del gran momento. Lo importante para nosotros es no dudar de que tenemos las primicias del Espíritu (v.23a) y esperamos la filiación total (v.23d). Pues esa resistencia y esa esperanza que no se ve (v.24s) son componentes esenciales de la salvación.
Ante todo este misterio, Pablo explica la teología no sólo de lo que nos va a venir y de lo que debemos esperar, sino que nos anima a tener la «esperanza» como una virtud.
En todo el NT, la «esperanza» está siempre en relación a un bien, nunca a un mal.
Una especie de definición general popular de la esperanza es «la expectación de las cosas que no se ven» y en nuestro texto (Rm 8,24s) significa: de cosas sobre las que no se puede disponer. Y de esta última definición, es desde donde se desprenden todas nuestras dificultades para vivir esta virtud: queremos y deseamos ser tan dueños de todo para poder también disponer de todo.
Añadiendo además el hecho, de que vivimos tan apegados a los bienes de la tierra que olvidamos los bienes del cielo.
Tanto en 2Cor 4,18 como en Hb 11,1 la esperanza se explica al contraponer lo visible y lo invisible. Se hace referencia a la realidad ahora oculta de Cristo y los cristianos, que se revelará en el futuro. Se afirma que la esperanza cristiana es marcadamente escatológica, tiende a la consumación de la escatología ya realizada.
Nuestra esperanza es que «estamos destinados a la gloria». «Gloria» que es el contenido auténtico de la esperanza porque como bien lo dice Pablo: «Esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve?» (Rm 8, 24b). Por ese motivo la carta no nos ofrece una descripción detallada de la gloria y ninguna observación sobre la naturaleza del reino venidero.
Pero nos dice algo mucho más importante: «Pues sabemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta el presente» (Rm 8, 22).
Se trata de una metáfora muy reveladora. Pablo vincula el sufrimiento actual de la creación con el resultado esperado: un feliz alumbramiento.
Este es uno de los pasajes más fascinantes y curiosos de la carta a los Romanos. Su peculiaridad se encuentra en el hecho de que por primera vez, y tal vez la única en todas sus cartas, Pablo considera aquí a los seres humanos en relación con el mundo creado no humano.
Aunque no resulta nada extraño que un grupo religioso imagine que su congregación se encuentra en el centro del mundo, raramente encontramos algo tan atrevido como este planteamiento. La creación había sido sometida a la futilidad, no voluntariamente, sino por aquel que la sometió en esperanza (Rm 8, 20).
Futilidad que probablemente refleja la posición en la que se encontraba la creación como consecuencia del pecado de Adán. Así, la creación, hundida con la raza humana, muestra, no obstante, una esperanza de que también compartirá su restauración.
La filosofía griega quería liberar el espíritu de la materia considerada como mala; el cristianismo libera la materia misma. Y lo mismo se extiende ala salvación del mundo no humano.
También debemos tener en cuenta que para la gente de las culturas del Mediterráneo antiguo (como Pablo), la conexión entre el presente y el futuro se comprendía habitualmente según las categorías de un proceso natural que ocurre en el presente y que producirá un determinado resultado en el futuro, a menos que ocurra un desastre.
Entre los ejemplos paradigmáticos encontramos el crecimiento de la semilla y la mujer encinta o en sus faenas. En esta perspectiva, lo venidero consiste en el despliegue o el desarrollo del horizonte del presente. Esto nos permite entrar directamente en el tema que nos ocupa.
Esperar lo invisible
«Pues una esperanza que se ve, no es esperanza, pues, ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero si esperamos lo que vemos, lo esperamos con resistencia» (Rm 8, 24b-25). Pablo percibe la contradicción que supone ver aquello que esperamos. En el marco de la perspectiva mediterránea sobre el tiempo, esto significa que, aunque sabemos que la mujer está en cinta, aún no podemos ver el bebé; aunque la semilla se ha sembrado, aún no podemos ver el fruto.
¿Qué es lo que podemos ver, sino esperar?
Probablemente, Pablo se está refiriendo a fenómenos tales como la glorificación y la revelación de los hijos de Dios (8,17.19), la adopción y la redención del cuerpo (8, 23).
Estos fenómenos existen en el horizonte del presente y se desarrollan orgánicamente a partir de la experiencia presente pero aún no son visibles. Pablo también dice que esto nos anima a ser pacientes. Pero como ya lo señalé anteriormente, no hace ningún esfuerzo para describir estos acontecimientos, en la forma que previamente había intentado hacer en 1Tes 4,15-17 o como lo hace también el autor del Apocalipsis.
Entonces:¿qué es lo invisible que esperamos? Pablo lo presenta todo a través de un proceso lógico en estos versículos que estamos comentando.
Partiendo de nuestra realidad terrena nos eleva a las realidades celestiales:
• El sufrimiento. Quien desee ser glorificado con Cristo, debe antes padecer con él; con este conocimiento provechoso termina el v.17
• La valoración positiva (vv.16-17). Pero el sufrimiento en la vida presente no admite comparación alguna con la revelación definitiva de la gloria de la abundancia de toda la gracia que Dios nos ha concedido, y que ya poseemos aunque de modo invisible (v.18). Algún día conseguiremos esa consumación que supera todo sentimiento humano.
• El cumplimiento: Salvados por la esperanza (vv.18-25).¡Al fin llega la consumación! ¡Lo invisible se hace visible! Para comprender este desenlace recurrimos a las otras cartas de Pablo y a Juan. En primer lugar: Lo que no se puede dar en la tierra es la visión de Dios en el mundo futuro. Ciertamente un conocimiento, una comprensión bienaventurada y una unión amorosa con él, no se puede dar aquí.
El ver a Dios «cara a cara» (1Cor13,12a) es una contra imagen al ver enigmático a través de un espejo aquí en la tierra.
Ese conocimiento, que no será ya parcial, no afecta sólo a nuestra inteligencia, pues el conocimiento bíblico de Dios significa hacer comunidad con Él, y el «ver a Dios» es sólo un aspecto entre otros de la cercanía con Él y de la bienaventuranza en el venidero reino de Dios (cf. Mt 5, 3-10).
Entonces «conoceremos a Dios, como somos conocidos por Él » (1Cor 13,12b), es decir, como Dios nos comprende con su mirada, nos ha escogido con su gracia y nos ha atraído con su amor.
En segundo lugar: la gratuidad de este proceso se pone fuertemente de relieve en 1Jn 3, 2: aun cuando ya ahora somos hijos de Dios en sentido plenamente real (por el bautismo y la vida divina), «todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser un día.
Pero sabemos que, cuando se manifestare, seremos semejantes a Él, pues lo veremos tal como es». La visión de Dios nos asegura nuestro modo de ser transfigurado, que nos asemeja a Él. Así se cumple la promesa del paraíso y se calma el ansia insatisfecha desde entonces de acercarse a Dios cuanto es posible en absoluto a una criatura.
Y en tercer lugar, nuestro texto señala además, que así como sólo el cristiano puede juzgar en toda su ruina el estado del hombre sin Cristo, así también en la creación extrahumana sólo él descubre la verdadera realidad de las cosas.
El mundo no está en orden, ha sido forzado a tomar parte en la maldición de Dios (Gn 3, 17-19); ahora espera ansioso tomar parte en la revelación esplendente de la gloria de los hijos de Dios.
El mundo era concebido de un modo distinto a como se nos muestra hoy. Está destinado también a la consumación. Por el acto de Adán que todo lo ha convertido en ruina, es decir por una causa externa, y en modo alguno por su propia naturaleza, incluso la creación extrahumana está sometida a la vanidad o frustración, contra lo cual se rebela lo más íntimo de su ser.
Dios le tiene asignada una consumación; la insoportable tiranía de la muerte y la corrupción, será quebrantada; también la creación extrahumana participará en la gloria de los hijos de Dios que supera toda comprensión, que al propio tiempo representa la suprema y verdadera libertad. Habrá un nuevo cielo y una tierra nueva.
Todo lo anterior es una idea fundamental en el pensamiento del apóstol. Él considera que todo creyente instruido por la revelación, debe ser consciente de que el mundo presente en verdad «gime» y se retuerce de dolor; mediante una fórmula no puede escapar de la lucha por su subsistencia, no puede escapar de la corriente vital, no puede regir una voluntad eterna imperfecta o, análogamente, persuadirle y, con ello, destruir pura y simplemente la esperanza esencial de perfección que reside en el mismo hombre.
Y ¿qué nos garantiza que se va a realizar para nosotros y para lo creado esta consumación? La garantía a favor de la consumación definitiva radica en nuestro propio anhelo.
Tenemos ya el Espíritu Santo como fianza de la futura y completa revelación (2Cor 5, 5). A la luz de este don sobrenatural, y por su fuerza, suspiramos por la realización plena y visible de aquello que ya tenemos en raíz (v.5); suspiramos en definitiva por la redención de nuestro cuerpo de todo lo carnal (en el sentido del apóstol).
Sabemos además, que la transformación fundamental acontece en nosotros de manera invisible según la voluntad de Dios; como cristianos en este mundo, somos siempre y por esencia, personas que esperan; el cristianismo no es aquí una consumación definitiva. La auténtica esperanza cristiana no puede considerarse sino como una espera que soporta todos los padecimientos preliminares; sólo ésa es la esperanza que cuenta delante de Dios. El cristiano nunca está aquí en su casa, no se da por satisfecho con las condiciones transitorias, siempre está lleno de aspiraciones.
El hombre de este mundo se absorbe en lo transitorio, almacena corrupción, sin esperar nada más; para él, el pequeño mundo de lo caduco es su único mundo.
Nos debe quedar claro, pues, que Pablo no nos invita en este texto a huir de la realidad terrena para estar solamente sopesando las realidades venideras. Él está exigiendo una concentración en la experiencia presente, y la esperanza y la resistencia tipifican la adecuada actitud ante lo que vendrá, y pretende desalentar los intentos por adentrarse en el futuro para contemplar la gloria que había de llegar.
El futuro sirve para suministrar un carácter particular a la existencia en el presente, no para constituir el objeto de una especulación independiente.
Desde esta perspectiva, la esperanza se relaciona con la fe. Fe y esperanza tienen en común que su objeto todavía es invisible y no se puede probar (cf. Rm 8, 24ss.: esperamos algo que no vemos). Pero lo mismo que la fe, la esperanza del nuevo testamento lleva en sí una certeza incondicional.
Por esta razón se pueden introducirse profesiones de esperanza con términos como: 
-πιστεύομεν – creemos (Rm 6, 8) πέπεισμαι– estoy seguro (Rm 8, 38) πεποιθὼς – tengo la segura confianza (Flp 1,6) A su vez, estando seguro de las promesas de salvación, el cristiano se gloría de su esperanza, es decir, alaba agradecido la gracia de Dios: 
καυχώμεθα ἐπ’ ἐλπίδι τῆς δόξης τοῦ θεοῦ.-estamos orgullosos con la esperanza de alcanzar… (Rm 5, 2). τὸ καύχημα τῆς ἐλπίδος – esa honra que es la esperanza (Hb 3, 6).
«Para que tengáis esperanza»
Hablando de esa consumación ¿Qué se puede esperar del ser humano? Ciertamente poca cosa. Somos constitutivamente frágiles. Kant decía que de la madera torcida de la que está tallada la humanidad, no puede esperarse que salga nada recto.
La salvación siempre es obra de Dios. Aunque, paradójicamente, el ser humano es también capaz de muchas cosas. Ya desde los comienzos del cristianismo, sus mejores pensadores han dicho que es «capaz de Dios». Precisemos, capaz de acoger a Dios si Dios viene al hombre.
«Esperar lo invisible» tiene su fundamento en la misericordia y el poder de Dios. Poder y misericordia que comienza a manifestarse en el hecho mismo de la creación. El omnímodo poder de Dios se manifiesta en el hecho de que crea «de la nada», o sea, sin requisito alguno previo, sin nada que le condicione, sin necesidad alguna que motive su actuación ni coacción alguna que la determine: «Llama a las cosas que no son para que sean»(Rm 4, 17); «por su voluntad lo que no existía fue creado»(Ap 4, 11).
Su amor se manifiesta en que crea solamente lo que le agrada, lo que le gusta: «Te compadeces de todos porque todo lo puedes… Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si algo odiases, no lo habrías creado. ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras? ¿Cómo se conservaría, si no lo hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor amigo de la vida» (Sab 11, 23-26).
«Esperar lo invisible» tiene además su fundamento en el acto de la recreación realizada por Dios mismo con la resurrección de Jesucristo.
Por su resurrección, Jesús se ha convertido en «nuestra esperanza»(1Tm 1, 1). En Él, los cristianos estamos seguros de la fidelidad de Dios. Esperamos con una certeza inquebrantable porque Dios nos ha amado y nos ama en Jesucristo: «Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 39; cf. Rm 8, 31-39). Nosotros poseemos ya las primicias de este amor. Más todavía, este amor nos ha sido dado con el don del Espíritu Santo, que nos asegura que somos amados y que amamos (cf. Rm 5, 1-11; Gál 4, 4-7).
Una esperanza así fundamentada «no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
Precisamente porque contamos ya con este auxilio en el presente de nuestras vidas, es por lo que el bien esperado no es un simple deseo, sino algo bien garantizado. De modo que si la esperanza tiene que ver con el «más allá», su fundamento está con el «más acá», en la experiencia de un Dios que nos acompaña en nuestra realidad creada y garantiza el cumplimiento de nuestros más profundos deseos.
Dicho de otro modo, es la densidad religiosa del presente, o sea, el vivir hoy en comunión con Dios, lo que da todo su sentido a la esperanza cristiana.
Hoy día no es fácil para cada uno de nosotros como no lo fue para los primeros discípulos del Señor, ser testigos de esa esperanza que brota de la tumba vacía. Para muchos esa restauración futura causa risa o es declarada imposible.
Es más, sin ese fundamentos la propia vida pierde sentido, como lo ha señalado Fernando Savater, quien abiertamente afirma que la vida no tiene sentido, pues tiene sentido, afirma, aquello que ha sido concebido de acuerdo a determinado fin, y la vida no tiene ningún fin, ninguna salida, pues acaba con la muerte. Para nos otros es todo lo contrario, nuestra esperanza es que con la resurrección de Cristo, todos hemos vencido y nuestra vida no sólo tiene sentido, sino que el sentido de la vida está sostenido en la esperanza que Él nos da.
Porque como bien lo argumentaba ya un libro escrito antes de la aparición de Cristo: «Si Dios puede suscitar vida de la nada, por el mismo poder puede devolver la vida a los muertos» (2Mac 7, 22-23.38). Así la maravilla de la vida hace creíble la posible maravilla de la resurrección, por la cual todo será restaurado.
Conclusión
De todo lo dicho se desprende la constatación que la esperanza, virtud teologal y sanamente comprendida, no exime a los cristianos de ninguna responsabilidad, no niega la urgencia de luchar ya en este mundo contra la pobreza, la opresión, el mal, la desgracia y todo tipo de muertes. Al contrario, la reafirma.
La esperanza cristiana implica la lucha diaria contra la muerte. Así, la esperanza cristiana muestra su credibilidad y, lejos de convertirse en un fácil consuelo, se convierte en un elemento críticamente liberador.
Y al mismo tiempo, la esperanza ni suprime el pensamiento ni ofrece fáciles seguridades, precisamente porque la fe, y la esperanza que en ella se apoya, escapa a la certeza de la razón y a la evidencia de la sensibilidad.
Sí, la esperanza ofrece una seguridad, la seguridad de que Dios es fiel, tal seguridad convive con la inquietud que supone el que Dios siga siendo siempre un misterio que nunca acabamos de desvelar.
Lo que sí es cierto, citando al poeta español Joan Maragall: «Me parece que, a medida que se siente más fuerte el Reino de Dios en la tierra (Adveniat regnum tuum, sicut in coelo et in terra), uno mira menos hacia atrás y no necesita saber si todo procede de un castigo, porque está fascinado por la gloria que tiene ante sí y por el amor que siente dentro de sí».
La esperanza tal como nos la presenta san Pablo es una espera y un anhelo paciente, disciplinado, confiado del Señor como nuestro salvador. Esperar es ser atraído por la meta y lanzarse a ella, es un mantenerse en este dinamismo.
La esperanza muestra su vitalidad perseverando en la espera, en el soportar pacientemente las tensiones entre el ahora, cuando sólo caminamos guiados por la fe y la vida futura.
Este perseverar es algo activo pues sirve para «esperar». Aunque el aguardar va unido también a padecimientos, a éstos se les considera positivamente como «dolores» que anuncian el «renacimiento». Por eso los que esperan están consolados y confiados.
Esperar es un aguardar disciplinado. Por eso a la exhortación de 1Pe 1,13: «poned vuestra esperanza sin reservas en el don», le precede ésta otra: «ceñíos los lomos», es decir, estén preparados para partir. Esto implica la renuncia radical a todos los cálculos sobre el futuro, el respeto humilde de los límites puestos a nuestro conocimiento y además el sometimiento de nuestros deseos a las exigencias de la lucha que nos toca.
La meta de la esperanza nos llama a «vigilar y orar». El que lucha por una corona eterna se impone la renuncia necesaria. La esperanza se hace motivo de purificación personal, espolea a procurar la santificación, sin la que nadie puede contemplar a Dios.
El apóstol, poseído del anhelo de llegar al Señor, busca su honor en agradarle (2Cor 5, 8ss). La esperanza exige mantenerse sin titubeos en la profesión de la fe en Él (Hb 10, 23) y estar pronto a responder a cualquiera que nos pregunte por las razones de nuestra esperanza (1Pe 3, 15).
En último término, la esperanza es un aguardar alegre. Da ánimo y fuerza. Protege al hombre interior como un casco a la cabeza (1Ts 5, 8). Como un ancla asegura el barco, así asegura nuestra vida la esperanza que nos une a Cristo, el sumo sacerdote que ha entrado una vez y para siempre en el santuario del cielo (Hb 6, 18ss).