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06 octubre 2016

Domingo 9 octubre: Homilías


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1.- JESÚS ABRE LAS FRONTERAS DEL REINO A TODOS LOS POBRES DEL MUNDO

Por Gabriel González del Estal

1.- Mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano. Todos los milagros que hizo Jesús los hizo para salvar a alguien de su pobreza, enfermedad, pecado, marginación social, etc., nunca para condenar a alguien. Y, aunque haya frases en los evangelios que indiquen lo contrario, lo cierto es que Jesús universaliza el Reino de Dios, abriendo las fronteras de este reino a todas las personas necesitadas. Para Jesús, para Dios, no hay personas de primera o de segunda, por el simple hecho de haber nacido en un país o en otro, por adorar a Dios en un templo o en otro. Las lecturas de este domingo nos hablan de esto con absoluta claridad. Naamán era sirio, rico, pero enfermo, y el samaritano curado no adoraba a Dios en el templo de Jerusalén. Apliquemos esto a nuestra sociedad actual: a veces nos empeñamos en distinguir entre emigrantes y refugiados, mendigos tramposos y mendigos necesitados, enfermos de una categoría u otra, y tenemos razones lógicas y sociales para hacer esta distinción. Pero, pensando en cristiano, lo único que debemos considerar al regalar nuestra ayuda a una persona es saber si de verdad es o no es una persona necesitada, venga de donde venga y viva como viva. Jesús además procuraba que la persona curada se diera cuenta de que era su fe la que le había curado, viera la mano de Dios en su curación y, en consecuencia, se convirtiera, alabara a Dios y le diera gracias. Y eso es lo que debemos hacer también nosotros: procurar que a través de nuestras acciones caritativas, las personas ayudadas vean la mano de Dios en nuestras acciones. Aunque, ya sé que muchas veces nos va a resultar difícil saber cómo debemos actuar para conseguir esto, pero que al menos lo intentemos siempre. Y, aplicando esto a nuestra propia vida, todos sabemos que Dios nos ayuda y nos ha ayudado muchas veces. Démosle gracias a Dios siempre con humildad y agradecimiento, porque de personas bien nacidas es ser personas agradecidas.


2.- Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Naamán reconoció a través de la acción que le había ordenado el profeta Eliseo, que sólo el Dios de Israel era el verdadero Dios, y quiso recompensar materialmente al profeta por su buena acción. El profeta no aceptó recompensas materiales, porque para él la única recompensa era la conversión del magnate sirio. Actuemos también nosotros siempre con generosidad de espíritu, porque actuar de otra manera se llama corrupción, eso que tanto abunda hoy en nuestra sociedad. Que los cristianos no hagamos nunca de nuestra religión cristiana un instrumento para ganar bienes materiales. La Iglesia de Cristo tendría mucho de qué acusarse en este tema, a lo largo de los siglos. Hoy, y nunca más en adelante, deberá volver a ser así. La sociedad, en general, se ha hecho muy sensible ante el problema de la corrupción; que los cristianos seamos siempre personas que denunciamos y nunca practicamos la más mínima corrupción, sea quien sea el que la cometa.

3.- La palabra de Dios no está encadenada… Es doctrina segura: si morimos con él, viviremos con él. San Pablo tenía el cuerpo encadenado, pero su espíritu era libre, porque estaba lleno del espíritu de Cristo. Como sabemos, San Pablo llega a decir que no es él realmente el que vive, sino que es Cristo quien vive en él. Este divino espíritu de san Pablo es el que debemos pedir nosotros todos los días a Dios. ¡Ser libres de espíritu! Socialmente pueden encadenarnos, las tentaciones y dificultades de la vida pueden pretender encadenar, hasta cierto punto, nuestro cuerpo, las enfermedades corporales también pueden encadenar en cierto modo el cuerpo, pero el verdadero cristiano siempre será una persona libre. Libre para anunciar con nuestra palabra y con nuestra conducta el evangelio de Jesús, el reino de Dios. Y, si vivimos así, con Cristo, también moriremos y resucitaremos con Él.

2.- HOSPITAL DE CAMPAÑA

Por José María Martín OSA

1.- Dios no hace discriminaciones. Ayuda a todos, independientemente de su raza, nación o religión. Solo pide una fe sin condiciones. Como Naamán el sirio, muchos querrían imponer sus condiciones a Dios, para tomarlo en serio y creer. Pero es Dios quien tiene la palabra. Y Dios no convoca oposiciones, ni valora el curriculum, ni acepta enchufes. Dios sale al encuentro de todos los que le buscan con sincero corazón, y se les muestra en los acontecimientos más insospechados de la vida. Moisés lo descubrió en una zarza que ardía sin consumirse. Lo importante es saber ver, saber mirar con ojos nuevos, tener el corazón limpio para poder ver a Dios.

2.- En la vida de fe hay que luchar. En el anuncio del Evangelio hay dificultades: nos ponen pegas, nos prohíben hablar en ciertos ámbitos, sentimos vergüenza a veces…. ¿Hay que descorazonarse por ello? La libertad de la Palabra que ha crucificado a Jesús ha llevado a Pablo a la cárcel, probando así toda su eficacia: sólo se encarcela al que molesta. Un mensaje que no suscitara oposición no pasaría de ser una bonita palabra. Pablo pide a Timoteo que tenga en cuenta todo esto, que no desmienta los himnos que canta su comunidad: Jesucristo es nuestra razón de vivir, porque Él ha sufrido la muerte; nuestra razón de continuar, porque El continuó hasta el final; nuestra infidelidad es ridícula frente a su indomable fidelidad. Tener miedo a los riesgos que puedan derivarse del anuncio del Evangelio, esto sería ya renegar de Jesús.

3.- Las lepras de nuestro tiempo. El leproso en tiempo de Jesús era tratado como un muerto en vida y se le obligara a vestir como se vestía a los muertos: ropas desgarradas, cabelleras sueltas, barba rapada. No se les permitía habitar dentro de ciudades amuralladas, pero sí en las aldeas con tal de no mezclarse con sus habitantes. Por eso, vivían en las afueras de los pueblos. Todo lo que ellos tocaban se consideraba impuro, por lo que tenían obligación de anunciar su presencia desde lejos. Eran "impuros” ritualmente y vivían una especie de vida de excomulgados. Existen en nuestro mundo, y tal vez en nuestra Iglesia, otras lepras y otros leprosos con los que nadie quiere juntarse…..Son los que el Papa Francisco llama “los descartados”. Son las personas rechazadas en el mundo y expulsadas de la comunidad. Sin embargo, la curación de los leprosos se presenta en los evangelios como señal mesiánica y cumplimiento de las promesas que ya anunció Isaías. La Iglesia debería ser el “hospital de campaña” que pide el Papa Francisco para atender a aquellos que nadie quiere, a aquellos con los que nadie quiere juntarse

4.- La fe agradecida. La desgracia común une a los desgraciados. Estos leprosos habían superado la tradicional enemistad entre judíos y samaritanos: forman un solo grupo. La fama de Jesús había llegado hasta los proscritos de la sociedad, hasta los leprosos. Jesús manda a los leprosos que se pongan en camino para ser reconocidos por los sacerdotes. Antes de curarlos, los somete a prueba y les exige un acto de fe. Sólo el samaritano vuelve para alabar a Dios y reconocer en Jesús al Rey-Mesías. La postración delante de Jesús no es una adoración, sino el reconocimiento de esta realeza mesiánica. Los otros nueve no vuelven. Parece como si vieran natural que en ellos, hijos de Abrahán, se cumplieran las promesas mesiánicas. Hoy los creyentes de toda la vida quizá no sabemos valorar en preciado don de la fe y las múltiples gracias que recibimos de Dios a través de los sacramentos. Pero, al decir Jesús al samaritano, al extranjero, "tu fe te ha salvado", nos enseña que el verdadero creyente se asienta en la fe agradecida, no importa cuál sea su origen o etnia.

3.- JESÚS SIGUE HACIÉNDOSE EL ENCONTRADIZO

Por Antonio García-Moreno

1.- AGRADECIMIENTO.- Naamán era un gran soldado sirio, querido de su rey por su valor y su lealtad. Pero su cuerpo estaba podrido. La lepra le corroía la piel y la carne. Una muchacha hebrea, botín de guerra, esclava de su esposa, interviene. En su tierra, dice, vive un profeta que puede curar a su amo de aquella terrible enfermedad. Naamán cree y se pone en camino hacia Israel. El profeta le atiende: "Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio". El bravo soldado sirio se resiste, le parece que aquello es un remedio absurdo. Por fin accede a bañarse en el Jordán. Y su carne quedó limpia como la de un niño.

Un caso más de fe en la palabra de Dios, un prodigio más que nos anima a creer contra toda esperanza, a vivir todo lo que nos exige nuestra condición de creyentes. Un hecho que nos empuja a la generosidad, a la entrega por encima de todo egoísmo, de toda incomprensión, de toda ingratitud.

Naamán se vuelca gozoso en ese Dios bueno que ha tenido compasión de su dolor. Es un corazón agradecido el suyo, un corazón noble. Y su agradecimiento es algo más que un puñado de palabras. Él llega hasta las obras. Vuelve a Eliseo y le ofrece un rico presente como prueba de su gratitud.

Sí, el corazón se nos llena de gozo cuando Dios nos ayuda, entonces nos inclinamos a dar gracias, alegres y eufóricos porque las cosas nos salieron bien. Pero muchas veces todo eso se queda en un mero sentimiento, una sensación efímera y fugaz que a lo más que llega es a las palabras... Hemos de ser agradecidos con el Señor por los innumerables beneficios que continuamente nos otorga, hemos de corresponder con amor al gran amor que él nos tiene. Sí, porque amor con amor se paga. Pero no olvidemos que el mejor modo de amar a Dios es amar a los hombres porque son criaturas suyas. Y no sólo con palabras, sino con obras y de verdad.

2.- MUCHO PEOR QUE LA LEPRA.- San Lucas refiere con frecuencia que Jesús caminaba hacia Jerusalén. De ordinario los viajes a la Ciudad Santa para los hebreos eran una peregrinación hacia el Templo de Dios Altísimo. Eran viajes, por tanto, cargados de un profundo sentido religioso en el que se caminaba con la mirada puesta en Dios, y con el deseo de adorarle, y de ofrecerle un sacrificio de expiación o de alabanza. Jesús se nos presenta en el tercer evangelio en un continuo camino hacia el monte Sión, el lugar sagrado en el que se inmolaría él mismo como víctima de amor para redimir a todos los hombres.

A lo largo de ese camino, el Señor enseña a cuantos le siguen; cura y sana a los enfermos que acuden a él. La fama de su poder y compasión era cada vez más grande. En el pasaje que contemplamos son diez leprosos los que se acercan cuanto pueden, más quizá de lo permitido, para implorar que los sane de su repugnante enfermedad. Exclamación angustiada y dolorida, súplica ardiente de quienes se encuentran en una situación límite, oración vibrante y esperanzada, que solicita con todas las fuerzas del alma que sus cuerpos se vean libres de aquella podredumbre que les roía la carne.

La lepra viene a ser como un símbolo del pecado, enfermedad mil veces peor que daña al hombre en lo que tiene de más valioso. En efecto, el pecado corroe el espíritu y lo pudre en lo más hondo, provoca desesperación y desencanto, nos entristece y nos aleja de Dios. Si comprendiéramos en profundidad la miseria en qué quedamos por el pecado, recurriríamos al Señor con la misma vehemencia que esos diez leprosos, gritaríamos como ellos, suplicaríamos la compasión divina, confesaríamos con humildad y sencillez nuestros pecados, para poder recibir de Dios el perdón y la paz, la salud del alma, mil veces más importante que la del cuerpo.

Cristo Jesús sigue pasando por nuestros caminos, sigue haciéndose el encontradizo. Acerquémonos como los leprosos de hoy, gritemos con el corazón, lloremos nuestros pecados, mostremos nuestro arrepentimiento y nuestro deseo de no volver a pecar. En una palabra, hagamos una buena confesión. El milagro se repetirá; como los leprosos sentiremos que nuestra alma se rejuvenece, se llena de paz y de consuelo, de fuerzas para seguir luchando con entusiasmo, con la esperanza cierta de que, con la ayuda divina, podremos seguir limpios y sanos, capaces de perseverar hasta el fin en nuestro amor a Dios.

Ante este prodigio, nunca bien ponderado, de la misericordia y el poder divinos al perdonarnos, que se nos llene el corazón de alegría y de gratitud, que seamos como ese samaritano que volvió a dar las gracias al Señor por haberlo curado de tan terrible enfermedad. Tengamos en cuenta, además, que la ingratitud cierra el paso a futuros beneficios y la gratitud lo abre. Pensemos que es tan grande el don recibido, que no agradecerlo es inconcebible, señal clara de mezquindad. Por el contrario, ser agradecido es muestra evidente de nobleza y de bondad.

4.- Y… ¿QUÉ SE DICE?

Por Javier Leoz

En un mundo donde siempre nos parece tener más derechos que obligaciones, estamos perdiendo algo tan sencillo como difícil: el arte de dar las gracias. La gratitud es camino abierto a nuevas generosidades, a otros detalles o a que, aquel que salió a nuestro encuentro cuando le necesitábamos, vuelva a brindarse otra vez cuando haga falta. Muy al contrario, la ingratitud, es una actitud que nos cierra muchas ventanas. “Es la amnesia del corazón” (Gaspar Betancourt)

1.- Es de agradecer que, personas que no tienen compromiso alguno con otras terceras, se detengan en su camino para socorrer. Algo así ocurrió en aquel encuentro de Jesús con los leprosos: se detuvo, miró su estado físico, espiritual y corporal… y los curó. Tan sólo uno de ellos tuvo la gentileza de, volviendo sobre sus pasos, darle las gracias por aquella curación.

Hemos avanzado mucho en la sociedad que nos toca vivir pero, también es verdad, que en algunos aspectos hemos ido dejado por el camino valores que –hasta hace cuatro días- formaban parte de la buena educación, de las mínimas normas de urbanidad o del respeto hacia los otros: el dar las gracias.

Nuestros padres o nuestros profesores, nuestros sacerdotes o los responsables de nuestra educación cuando éramos pequeños –al recibir un regalo- siempre nos solían enunciar: ¡qué se dice! Y, a continuación, conscientes de nuestro olvido respondíamos: ¡gracias!

2.- También, respecto a Dios, somos tremendamente desagradecidos. Pensamos que los destinos del mundo, el día y la noche, el sol y la luna, la salud y el bienestar….depende exclusivamente del ser humano. ¿Por qué dar gracias? ¡Tengo derecho a la luz, a vivir, a ser feliz! Es un pensamiento habitual, incluso, en personas que nos decimos creyentes.

La eucaristía de cada domingo es un retroceder en nuestro caminar para dar gracias a Dios por los muchos beneficios que nos da; por la vida y por el trabajo, por los amigos y por la fe, por el presente y sobre todo por el futuro que junto a Él nos espera: el cielo.

3.- El mes de octubre, además de ser un tiempo especialmente indicado para iniciar o recuperar el rezo del Santo Rosario, es un espacio reservado para dar gracias al Señor: los del campo por aquello que han recogido, los profesores por el curso recién iniciado, los padres por los hijos y por la familia, los sacerdotes porque –de nuevo- se nos envía a salir al encuentro de los que necesitan sanación o consuelo.

4.- Pero, sobre todo, más allá del oportunismo, de lo que podemos considerar como imprescindible o válido para dar gracias a Dios que, hoy, no nos olvidemos de darle gracias por la fe. Una fe que nos hace confiar en Él, esperar en El, apoyarnos en El y curar nuestras dolencias en El.

Hay mucho desagradecido suelto. Mucho hijo de Dios que, teniéndose como tal, olvida el rezar un padrenuestro antes de salir de casa o una jaculatoria mariana antes de acostarse. El mundo de las prisas, del individualismo y del egocentrismo hace que, también a nosotros, nos pase factura: pensamos que todo lo bueno viene de cualquier sitio… menos de Dios. Y, eso, no es así.

5.- QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR

Darte las  gracias por lo mucho que me das

y de  esperar, cuando tardas en llegar

Darte las  gracias por los detalles insignificantes

por los  dones que, de tantas personas, recibo sin saberlo

por las  sonrisas que, por la calle, se me regalan

por los  rostros que no me son indiferentes.



QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR

De ver tu  mano allá donde sólo veo el mundo

De abrir mi  corazón a tu presencia

De tener mis  ojos despiertos a tu paso

De abrir mis  manos a quien lo necesita



QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR

De cultivar  la gratitud cuando tanto se me da

De decir  “gracias” por pequeñas o grandes cosas

De agradecer  la fe como don y como tarea

De pedir  cuanto necesite

aunque no  sea a la hora que yo lo espere



QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR

De cuidar el  corazón, con la vitamina de la gratitud

De  fortalecer mi fe, con el arma de la oración

De  robustecer mi alma, con savia de la caridad

De curar mi  espíritu, con mi confianza en Ti

Amén

5.- EL 90 POR CIENTO NO FUE AGRADECIDO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Sin duda, Jesús de Nazaret nos ofrece este domingo una enseñanza basada en la moderna estadística. El relato de Lucas de hoy nos habla de la presencia de diez leprosos que acuden a pedir la curación al Maestro. Apartados de la vida cotidiana por ser considerados impuros, los leprosos, presumiblemente, se agruparían para poder subsistir. Y de ahí que el grupo entero de los diez pidiera su curación a Jesús. La realidad es que si de diez sólo uno vuelve a agradecer el favor recibido –su curación—pues bien podríamos decir –trasponiendo el asunto a los principios estadísticos—que el noventa por ciento resultó poco generoso y que creyó, que tras presentarse a los sacerdotes, que les daban la patente de que ya no eran impuros, lo demás poco importaba.

2.- Otro aspecto llamativo de la narración de Lucas es que parece que el Señor Jesús no da importancia alguna a esa enormidad que significa curar de golpe a diez leprosos. La lepra –y sobre todo si está avanzada—es una enfermedad muy visible, con desaparición de zonas de tejidos y de carne, como, por ejemplo, pueden ser los dedos. Ya es, en sí misma, maravillosa la curación, la transformación inmediata de un cuerpo castigado y deformado por la enfermedad, a un cuerpo limpio. Pero eso no parece importar a Jesús, ni tampoco al evangelista que narra el prodigio. Le importa más la actitud de quienes han sido curados, de las personas. La curación podría tomarse, entonces, como un medio, no como un fin.

3.- Solo uno de los curados vuelve y agradece la curación dando grandes vítores a Dios y a la persona que le ha curado. Se da la circunstancia que uno es samaritano, como en la parábola del aquel es atacado por los bandidos y dejado medio muerto a la vera del camino. El único que se apiada en un samaritano, un hereje –casi un pagano—para los judíos fieles a la Ley de Moisés. Pero aquí no es una parábola, no es una narración imaginaria del Señor Jesús, realizada para mejor enseñar a los que le escuchaban. Es un hecho cierto y acontecido en el viaje de Jesús de Nazaret desde Galilea hacia Jerusalén, camino, precisamente, hacia la culminación de su misión redentora, camino de la Cruz y de la Resurrección. Y al ser una historia ocurrida pues no hay más remedio que pensar, también estadísticamente, en la dureza de corazón de los coetáneos de Jesús y en su falta total de generosidad.

4.- Jesús ve en la actitud de los leprosos curados y en la vuelta del samaritano a agradecer la curación el rechazo del Israel a su misión redentora. El mismo San Lucas en el capítulo cuarto (Lc 4,27) de su evangelio se lamenta de que “muchos leprosos había en Israel, en tiempos del profeta Eliseo, y solo se curó Naamán, el sirio”. Y por eso, la primera lectura de hoy no es otra que el fragmento del capítulo segundo del Libro de los Reyes en que se describe como Eliseo acompaña y cura de la lepra a Naamán. Naamán, como el samaritano del evangelio, también alabó al Señor.

5.- Hay muchos expertos y exegetas que consideran que todo el discurso general de Jesús de Nazaret era fuertemente subversivo contra el poder de la religión oficial de Israel. Y, sin duda, Jesús criticaba a fariseos y saduceos por haber utilizado a Dios, y a su Santo Nombre, en un puro instrumento para su beneficio, o para la confirmación de sus postulados. Pero mi idea no es tanto, que constantemente, Jesús estuviera criticando esa situación creada, como elemento dialéctico. La realidad –como lo demuestra el relato evangélico de hoy—es que la dureza de corazón de una gran parte del pueblo judío de entonces existía e impregnaba la vida cotidiana de esos días.

6.- Vamos jalonando domingo a domingo con el contenido –muy importante desde el punto de vista catequético— de la segunda carta del apóstol San Pablo a su discípulo Timoteo. Se diferencia esta carta de la primera porque Pablo, ya en prisión, para un momento de gran desencanto ya que, prácticamente, le han abandonado todos, salvo Lucas y la familia de Onesíforo Es, según la mayoría de los expertos, la última de las cartas escritas por Pablo. Y, además, de ese fin de enseñanza doctrinal busca que vengan a visitarle el propio Timoteo y Marcos, también. Pero Pablo recuerda y alecciona en ella a Timoteo a que los padecimientos por Jesús –Pablo los está pasando en la cárcel—les llevarán al Reino de los Cielos, donde reinarán con el Señor Jesús. “Por eso –dice—lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación”. La tristeza por su encierro y su abandono se ve dulcificada por el convencimiento pleno de que sus sufrimientos se alinean con los que el Señor sufrió en la Cruz y que fueron camino total de salvación.

7.- La enseñanza de hoy es muy útil para todos, pero sobre todo para aquellos que se ven muy seguros y complacidos con su presencia y militancia en la Iglesia. No es buena esa complacencia si no está impregnada de generosidad y del convencimiento claro de que “somos siervos inútiles”. Demasiada complacencia y falta de generosidad y amor tenían los judíos contemporáneos de Jesús de Nazaret. Eran, en realidad, duros como piedras e insensibles como figuras de madera. Que no seamos, nunca, nosotros así. Y que vayamos siempre con el agradecimiento por delante, a Dios y a los hermanos. No es ocioso repetir, aquí y ahora, ese viejo refrán castellano que “es de bien nacidos, ser agradecidos”. ¿No os parece?

LA HOMILIA MÁS JOVEN

AGRADECIMIENTO Y LIBERTAD

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Aunque ya os he hablado otras veces de ello, permitidme, mis queridos jóvenes lectores, que me refiera a ciertos lugares que se mencionan en los textos de hoy. Eliseo, el gran profeta que sucedió a Elías, es el héroe de Jericó. Logró, según se cuenta en otro lugar de la Biblia, que el agua que afloraba de un manantial y que no era agradable al paladar, se hiciera gustosa. Y la tal fuente todavía mana. Me gusta beber de ella siempre que puedo. El lugar, repleto de palmeras, está muy cercano a la desembocadura del Jordán en el Mar Muerto. Las aguas de este gran lago tienen disueltas sales en una proporción muy superior a la de los océanos.

2.- El Mar de la Sal, como lo llama la Biblia, no goza de libertad, está aprisionado entre las orillas del desierto y a una profundidad de 400 metros, inferior a las de los otros que se extienden por nuestro globo. El conjunto de peculiaridades químicas y climáticas, le convierten en lugar privilegiado y único, que goza de propiedades medicinales. Presión, humedad, temperatura y química, benefician a los que padecen enfermedades cutáneas principalmente, soriasis y articulares, reumáticas o artrosis. Os estoy hablando de realidades de hoy en día y conozco casos que han mejorado de sus molestias. Nadie duda de sus ventajas. Ahora bien, en tiempos de Eliseo, lo traumático y lo dermatológico, como denominaciones clínicas, era desconocido. Nadie está obligado a creer que se trate de un milagro. Podemos aceptarlo como prodigio y continúa siendo válida la curación del importante político. Lo que no hay que olvidar es la confianza y humildad que tuvo el personaje al aceptar el “tratamiento”.

3.- Observad también, mis queridos jóvenes lectores, que si la Fe de Israel fue en un Dios familiar, de la estirpe de Abraham, dicho de otra manera, para el potentado era Fe en un Dios territorial y por eso se lleva a su país cargas de tierra, para sobre ella poder adorarle honestamente.

4.- La segunda lectura contiene una frase que no quiero que olvidéis: la Palabra de Dios no está encadenada. Los discursos de los políticos cambian con frecuencia, las teorías de los científicos no siempre se demuestran, los métodos de captación personal no son todos válidos y sus resultados a largo plazo a veces son inútiles. Pero la Palabra de Dios perdura. Se demuestra a la corta o a la larga, su validez. Puede uno siempre confiar en ella, aunque no se vea claro, aunque cueste. Sentencias vulgares chuscas: “al freír, será el reír” y “el que ría el último, reirá mejor”

5.- La curación de los diez leprosos, según tradición, ocurrió en la población que hoy se llama Jenín, situada en lo los territorios o Cisjordania, es decir, en Palestina. Me he detenido una vez en esta ciudad y guardo muy buen recuerdo de la acogida de unas gentes que solo sabían que uno de nosotros era compañero de profesión, concretamente médico, de un vecino amigo de ellos. Fuimos atendidos y obsequiados con mucha amabilidad. La otra vez fue sólo una corta parada de un viaje que nos llevaba a Nazaret, desde Jerusalén. Está relativamente cerca de los antiguos santuarios de Betel y Silo, en zona próxima a la frontera con Israel.

6.- Dicho esto, que os puede parecer superfluo y no seré yo quien os lo reproche, vamos al meollo de la cuestión. A los niños de poca edad, a los bebés, se les enseña a decir y repetir: gracias. Cuando uno viaja al extranjero, se apresura a aprender la expresión propia del lugar, que deberá decir cuando le hacen un favor: sea merci beaucoup, thank you very much o danke (no os preocupéis, acabo de mirarlo en el google, para asegurar la ortografía).

7.- El episodio del evangelio de la misa de hoy nos enseña, nos exige, ser agradecidos. Sin que esta virtud sea propia de potentados, intelectuales o políticos. Precisamente, quien demuestra esta virtud es lo que hoy llamaríamos un marginado, un barriobajero. Se trataba de un samaritano. Pero no es el único lugar que se habla de ello. Pablo en Colosenses 3, 15 lo pide: sed agradecidos. Más abajo, en 3,16 recomienda: cantad agradecidos. En Hechos 20, 35 dice Pablo: “hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir”.

8.- Pero lamento deciros, mis queridos jóvenes lectores, que el sentirse agradecido y expresarlo, parece que ha desaparecido hoy de muchísimas personas vecinas nuestras. Me siento feliz cuando ayudo, sea de la manera que sea, pero me entristece cuando aquel que he asistido, marcha sin añadir palabra, como si se hubiera tratado de la compra de un género del que ya había abonado el precio justo. Jesús también se entristeció ante actitud semejante. La ausencia de agradecimiento es una prueba de egoísmo, de orgullo y de carencia de amor.

Añado para vuestra utilidad otra referencia que, sin citar la palabra agradecimiento, es de idéntico sentido, es de la Carta a los hebreos (13,7) ”Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la Palabra de Dios”