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02 septiembre 2016

La misa del domingo 4 septiembre

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4 de septiembre de 2016
Subrayados de la Palabra
  • 1ª lectura (Sab 9, 13-18): «Apenas conocemos las cosas terrenas y con trabajo encontramos lo que está a mano: pues, ¿quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo?».
  • 2ª lectura (Flm 9b-10.12-17): «Te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envió como algo de mis entrañas. Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar, en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo; así me harás este favor, no a la fuerza, sino con libertad».
  • Evangelio (Lc 14, 25-33): «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío».
Ecos de la Palabra para jóvenes y comunidades
  • El libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús.
  • Para definir las relaciones que le unen a Onésimo, Pablo no tiene reparo en acudir una vez más a la imagen de su paternidad espiritual. En labios de Pablo no se trata de una simple imagen sentimental, sino que sus palabras reflejan toda su actividad apostólica, que el presenta como una verdadera transmisión de vida.
  • El evangelio nos da las pistas para seguir a Jesús. Es un texto duro, que en el fondo viene a decirnos que no le podemos seguir de cualquier manera, sino que si decidimos seguirlo tendremos que obrar cambios radicales. En el camino habrá dudas, caídas, pero, también encuentro personal, fortaleza y mucho amor.
Proyecto de homilía
La primera lectura de hoy nos invita a apreciar la necesidad de la sabiduría, así como su valor incomparable. Es tan valiosa que finalmente llegamos a concluir que no la podemos alcanzar con nuestras solas fuerzas y que solo podemos poseerla si llega a nosotros como regalo. Este regalo solo lo podemos recibir de Dios que a través de su Espíritu nos hace comprender la insondable sabiduría que le rodea.
La sabiduría que Dios nos proporciona a través de su Espíritu no es simple conocimiento sino camino de vida, fuente de gozo, y su descubrimiento no se realiza de un modo directo, sino por medio de mundo, de nuestras relaciones y nuestra historia.
La segunda lectura, tomada de la carta de Pablo a Filemón, probablemente uno de los escritos más breves del Nuevo Testamento, nos interpela sobre el trato que damos a los demás, familiares o extraños, sabiendo perdonar todo tipo de agravios e injusticias. Nos invita a tener sentimientos de tolerancia y misericordia. Nadie es dueño y nadie esclavo. En cristiano, todos somos hermanos en Cristo-Jesús.
El evangelio prolonga la reflexión sobre la sabiduría. Lo mismo que un rey evalúa si conviene o no hacer frente a las tropas enemigas y en qué momento, el discípulo de Jesús debe evaluar y discernir con sabiduría cuál es el momento de la batalla.
La batalla no es un ejercicio de estrategia militar sino un combate interior que invita al milites Christi (al soldado de Cristo, a cada uno de nosotros) a ir haciendo frente a nuestros afectos y valores en la medida en que se espejan en Cristo Jesús y divergen con su proyecto el Reino.
En este frente hay un enemigo especial: el dolor, el sufrimiento, la muerte. Por eso tenemos que seguir repitiéndonos lo que Jesús dice: “El que no toma su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. Hoy en día se tiende a hablar cada vez menos del dolor y del sufrimiento, pero no por ello la cruz sigue ocupando un papel muy importante en la vida cristiana y en la vida humana en general. Decía Luis Rosales que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir». Jesús nos invita en su evangelio a descubrir el valor de la cruz y el dolor y a darle un sentido.
Jesús, no afrontó el dolor de un modo inhumano o superhumano, sino que lo afrontó con fuerza y tesón viviéndolo en primera persona e intentando ayudar a aliviar el dolor de los demás.
José Luis Guzón, sdb