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04 septiembre 2016

¿Es posible seguir a Jesús?

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Jesús nos brinda una oferta generosa, es un honor para nosotros el aceptarla. Nos invita a participar con él, a ser colaboradores en el proyecto de salvación al que le envía el Padre. 
Para entender el sentido del evangelio de hoy es preciso recordar que está con sus discípulos en camino hacia Jerusalén. Jesús advierte a quienes le seguían alegremente de las dificultades que entraña un auténtico seguimiento. Jesús sabe que va a ser apresado, juzgado, ajusticiado, el fin de su vida. Fija las condiciones para que los que deseen ser los seguidores, colaboradores suyos y continúen su obra.

Sólo en el contexto del seguimiento de Jesús, podemos entender las exigencias aparentemente desorbitadas que nos propone. Nos habla personalmente a cada uno de nosotros. Nos invita a seguirle, será el fin último de nuestra vida. Fin último sólo hay uno. Todos los demás son medios, Jesús quiere que nos decidamos a seguirle en plena libertad. La última palabra de decidirnos la tendrá nuestro ser específicamente humano, el conocimiento y la voluntad. Hemos escuchado sus condiciones. Seguir a Jesús, implica ante todo vivir con sus valores, conforme al espíritu de Jesús. Propone sus exigencias:
1ª.- Dispuestos a dejar de lado a la familia.
2ª.- Cargar con la cruz.
3ª.- Renunciar a todos los bienes.
Las tres se resumen en una sola: disponibilidad total. Sin ella no puede haber seguimiento.
Conocemos el proyecto de salvación al que le envía el Padre. Alcanzamos nuestra plenitud al desplegar plenamente nuestra capacidad de amor, es lo específicamente humano. Si un amor impide otro amor, es que no son verdaderos amores evangélicos.
Jesús nos pide el amor que está más allá del mero sentimiento, pero nunca podrá estar en contra de nuestro humanismo. Seguir a Jesús nos enseñará a amar más y mejor, con un amor universal, indudablemente sin excluir a nuestros familiares.
La historia que vamos trazando los humanos en este mundo, no es la que Dios quiere; nuestros egoísmos, nuestros odios, injusticias, violencias no cuadran con lo que Dios ha pensado. Dios quiere una humanidad de hijos suyos, que vivamos como hermanos. Hemos organizado un mundo del desarrollo y bienestar contrapuesto a otro en el que muchos hijos suyos carecen de los mínimos para vivir con dignidad. Dios no quiere eso, quiere que un día vivamos en plenitud la realidad que Jesús llamaba el Reino de Dios, quiere que lo vayamos ya preparando. Y para esto envió a su Hijo.
Y la cruz? Cargar con la cruz hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso a que se sometía a un condenado, a la muerte en cruz.
Jesús vivió plenamente este trance. Él es el rostro humano de Dios, viéndole a Él vemos a Dios, cuando habla escuchamos a Dios. Si vivimos intensamente, la vida nos traerá cruces pesadas, no inventemos cruces artificiales. Asumamos con fortaleza las cruces que nos trae la vida. 
La primera palabra de Jesús fue llamar bienaventurados a los que tienen un corazón misericordioso, a los que trabajan por la paz. Amó con predilección a los que sufren, a los que están entregados a construir la paz con los mayores sufrimientos. Ayudó a los pobres y marginados a vivir con dignidad, aunque le costara la muerte, la suya fue la muerte en cruz. 
Si vivimos intensamente esta palabra suya, la vida nos traerá cruces pesadas. Hagamos nuestras esas cruces, será bastante. Jesús quiere tener seguidores, que sigan su misión, que sigan cada uno su propia cruz al ir con Él. Hoy a estos les llamamos cristianos.
En cuanto a la tercera exigencia, “renunciar a todos sus bienes” no es fácil entenderla hoy. A los que entraban a formar parte de las primeras comunidades cristianas se les exigía que pusieran a disposición de la comunidad todo lo que tenían. No se tiraban por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que a nadie le pudiera faltar lo que se consideraba de todos.
Seguir a Jesús no es un mandato, es una invitación generosa para asumirla en libertad. Participar de su propia misión, será estar presentes en el mundo de hoy con las ideas, los sentimientos con que él vivió, y con su ayuda estar dispuestos a seguirle en las decisiones de nuestra vida.
Jesús con palabras que nos pueden parecer duras, nos pide estar dispuestos a dejar padre, madre, familia… por seguir su causa. Seguir su causa no podrá ser motivo de dejar de amar a la familia, Jesús no pide renunciar a lo que es constitutivo de nuestra personalidad, de nuestra libertad, la renuncia que nos pide hace referencia a lo que tenemos, al tener. 
Cuánto tener nos sobra, cuánto tener resulta a veces por su cuantía inútil para nuestra vida, incapaz de hacernos felices, nos da preocupaciones de cómo mantenerlo. Mientras muchas personas no llegan a poder vivir con los mínimos que exige su dignidad humana, en nuestros ambientes se piensa que todo este orden es el correcto. ¿Podemos creer que Dios lo piensa también? Jesús quiere que tengamos lo necesario y todos tengan lo necesario para vivir, nos pide reflexionar sobre nuestros bienes, también sobre nuestras ideas, nuestros valores. Dispuestos a renunciar aún a lo más querido y seguirle.
“Sí alguno quiere venirse conmigo…”Jesús no impone nada, simplemente propone. Las condiciones no las impone él, son exigencia de la misma naturaleza humana. 
Sólo el verdadero conocimiento, la sabiduría puede llevarme a una búsqueda de los bienes definitivos. Mientras no alcance esa luz, andaré dando tumbos. Descubierto el tesoro, todo lo demás pierde valor.
Hemos de vivir conscientes de que las grandes injusticias del mundo de hoy no tienen solución únicamente en quitar el hambre en continentes lejanos, nuestro deber es impulsar en la medida de nuestras posibilidades la organización de una sociedad más justa, que toda persona aquí o allá, viva con la dignidad que merece.
Es otra palabra difícil en el relato de hoy: “dispuestos cada uno a llevar su cruz”. Es también una llamada personal. 
El escoger un modo de vivir que importa renuncias, renunciar al tener, aun al tener superfluo, hará sufrir, el ser fiel con las personas, con las instituciones con las que nos hemos comprometido para desarrollar nuestra vida, nos conducirá con frecuencia a situaciones dolorosas, serán familiares, amigos, grupos en los que hemos confiado, con los que hemos compartido nuestros valores, que pueden resultar ser contradictorios con los valores que vemos que Jesús proclama en cada situación. Sufrimientos duros podrán traer estas renuncias a veces ante ellas solo cabrá el silencio, silencio en el amor que Jesús mantiene y nosotros hemos de mantener con ellas.
No olvidemos las últimas palabras de Jesús de hoy. Tendremos que calcular si podemos seguirle, cómo vamos a poder. Qué enemigos tengo y qué ayudas. Hemos de pensar y calcular quienes son los que impiden seguir a Jesús y quiénes los que nos pueden ayudar a serle fieles.
Al enemigo más peligroso Jesús le llamó “el mundo”, tiene una capacidad de estar presente hasta en lo más íntimo de nuestro espíritu. “El mundo” que nos arrastra a ambicionar y mantener cotas cada vez más altas de consumo, comodidad, deseo de buen vivir ante la vista de tantos que carecen de alimento, de educación, de vivienda, de trabajo. Posiblemente lo tenemos todos cerca.
También encontraremos ayudas para seguir a Jesús en quienes hayan decidido seguirle, los encontraremos, conviven con nosotros en nuestros ambientes. Si nos decidimos a seguir a Jesús, Él siempre estará con nosotros: “cuando dos o tres se reúnen en su nombre, cuando partimos el pan como hermanos. El nos da su Espíritu que es el amor de Dios, más fuerte que la muerte.” 
El dijo a los suyos: “yo soy el camino que lleva al Padre”. Démosle gracias hoy, agradecidos, porque nos invita a seguirle y confiemos que Él es el mejor aliado para ser fuertes y seguirle con fidelidad.
José Larrea Gayarre