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18 septiembre 2016

Dios o el dinero

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El evangelio nos presenta un texto difícil, pero capital para entender la actitud de Jesús —y la del evangelista— para con los bienes materiales.
¿Un administrador astuto?
La perplejidad ante la parábola surge del elogio que el Señor hace del administrador del que se habla en ella (cf. v. 8), puesto que el texto mismo lo llama, literalmente, «administrador injusto» (v. 8). El asunto se agrava con el comentario que sigue (cf. v. 913); se habla allí, literalmente también, de «dinero injusto» (v. 9) y Jesús dice que ganemos amigos gracias a ese dinero.
¿Cómo un comportamiento incorrecto puede ser un modelo para los discípulos de Jesús?

Nuestro texto es un dolor de cabeza para los estudiosos del evangelio. Una interpretación que resuelve una parte de las dificultades consiste en decir que en sus rebajas el administrador se ha limitado a eliminar el porcentaje que le correspondía (alto según las costumbres de la época) en las sumas adeudadas (cf. v. 5-7). De ser así no habría robo, sólo una previsora y oportuna renuncia a lo que tenía derecho. Pero entonces, ¿por qué hablar de injusticia? Algunos suavizan este término diciendo que en el v. 8 significa solamente una cosa obtenida con trampa o engaño. Estaríamos pues ante un hombre astuto que teje una artimaña, más que ante un franco violador de la ley. Pero quedaría por resolver cuál es el significado de la misma palabra, injusticia, atribuida al dinero (cf. v. 9)
Imaginación y simpatía
Cabe otro modo de comprender el texto. Según él no es necesario disminuir la gravedad de la falta cometida por el administrador. Aquello que se elogia (cf. v. 8) y que Jesús —con gran libertad de espíritu— propone imitar (cf. v. 9) no es el dolo, que es más bien censurado, sino la sagacidad con que procedió este hombre, hijo «de este mundo» (v. 8). «Los hijos de la luz» (v. 8) deben imitar la habilidad, no la deshonestidad del administrador. Que éste la haya usado para causas inapropiadas no quita el ingenio de que hizo gala. Imaginación que los seguidores del Señor deben tener, pero para ponerla al servicio de otros fines: el anuncio del evangelio.
En esta interpretación el texto aparece con toda su audacia y exigencia. Ella puede ser reforzada si apelamos, además, a una perspectiva cuya presencia en los evangelios se nos escapa con facilidad, pero que está cargada de mensaje. Nos referimos a la ironía. Desde ella podemos leer los v. 9-12. Los seguidores de Jesús no deben ser astutos, y menos aún antipáticos, predicadores del evangelio. Es necesario ser imaginativos y tener la capacidad de hacer amigos. Nadie puede negar la pertinencia y la vigencia del consejo; pensemos en la poca alegría, el ánimo siempre dispuesto a la censura y la falta de vivacidad que manifiestan tantos cristianos. La ironía consiste en proponer como modelo de conducta a alguien que ha obrado mal; ella permite sacar provecho incluso de esa conducta. La ironía hace siempre más compleja y más aguda nuestra mirada.
De otro lado, no hay la menor duda del rechazo de Lucas por la riqueza injusta y sus consecuencias. Para que no quepa duda el pasaje termina planteando una tajante alternativa: «No podéis servir a Dios y al dinero (mamona)» (v. 13). Se trata pues de optar decididamente. No hacerlo es pisotear a los pobres (cf. Am 8, 4). Ser claros en nuestra opción nos ayudará a dar testimonio en el «tiempo apropiado» (1 Tim 2, 6).
El capítulo dieciséis que empezamos a leer este domingo, nos presenta exigencias radicales y cortantes; convenía recordar en un comienzo que debemos saber presentarlas con creatividad y habilidad. Y, por qué no, con simpatía.
Gustavo Gutiérrez