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20 agosto 2016

La misa del domingo día 21 de agosto

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Primera lectura: (Isaías 66,18-21)
Marco: El contexto es la reunión de todos los pueblos que llegarán a formar con Israel –en la época escatológica– una sola comunidad. Son convocados todos los hombres a la unidad, pero alrededor de Israel. Israel sigue siendo el pueblo privilegiado y depositario de las promesas.
Reflexiones
1ª) ¡Dios proyecta y prepara una salvación universal para todas las naciones!
Para la interpretación de esta lectura hay que dirigir la mirada a los orígenes (Gn 2) y a la promesa hecha a Abrahán: Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra (Gn 12,2-3). Esta promesa universal estará presente en todo el itinerario salvífico. La lectura que proclamamos hoy enlaza con esta promesa patriarcal.
Entre los dos textos han ocurrido muchos acontecimientos. La humanidad no es una comunidad unida, sino un conjunto de naciones frecuentemente enfrentadas y odiadas entre sí. La reunión de todos los pueblos y naciones es obra del amor gratuito y misericordioso de Dios que así lo ha proyectado desde los orígenes. Aquellos pueblos todavía no conocen ni el nombre ni la gloria del Señor, es decir, no conocen su identidad. Pero todos los pueblos están convocados a participar de los bienes de la salvación. Es necesario proclamar que Dios bendice todos los proyectos conducentes a garantizar la paz, la justicia y el equilibrio solidario entre los pueblos. Y los creyentes deben enrolarse generosa y gustosamente en todos esos proyectos, aunque no estén inspirados explícitamente por el Evangelio. En la solidaridad universal habla Dios, porque tiene un proyecto universal de salvación y este no es posible sin la paz, la justicia y la solidaridad humana.
Segunda lectura: (Hebreos 12,5-7.11-13)
Marco: La perícopa que proclamamos tiene como tema central que Dios nos corrige como a hijos. Esta exhortación sale al paso de aquellos hermanos, perseguidos a muerte, que corren el peligro de sentirse abandonados por un Dios que permite el sufrimiento y la persecución a muerte. Este autor extrae las consecuencias y reflexiona sobre el tema proyectando una luz nueva, aunque el pensamiento sapiencial aparece ya en el Antiguo Testamento.
Reflexiones
1ª) ¡La corrección de Dios, signo de su solicitud paternal y pedagógica!
Desde la perspectiva teológica es evidente que el hombre frente a Dios necesita una rectificación diaria. La corrección es una pedagogía que pretende eliminar los elementos que obstaculizan el crecimiento y la maduración. El autor juega con dos planos diferentes y complementarios. De hecho, recurre al ejemplo de una familia en la que el padre, solícito del crecimiento y maduración de sus hijos, se ocupa de corregirlos para que lleguen a la madurez humana. El autor de la carta piensa en los creyentes que sufren la persecución sangrienta, el despojo violento de sus bienes y el rechazo social que eso conlleva. En ese plano, insiste que la corrección y la prueba que Dios permite tienen un valor pedagógico para conseguir la salvación y la maduración en la fe. El sufrimiento curte los espíritus. De tal manera que el sufrimiento y el amor son dos valores correlativos: la capacidad para amar está en relación con la capacidad para sufrir y a la inversa. ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué los acontecimientos trágicos que no comprendemos? ¿Por qué los desastres naturales que arrastran tantas vidas y dejan tras de sí tanta angustia, sufrimiento y desesperación?… El autor de la carta a los Hebreos responde que es una pedagogía utilizada por el mejor de los Padres con sus hijos a los que ama. Esta actitud del Padre posibilita y anima una actitud coherente en sus hijos para con sus hermanos a fin de ayudarles a llevar sus cargas.
Evangelio: (Lucas 13,22-30)
Marco: Proseguimos el viaje hacia Jerusalén. El interés central de esta sección es describir los rasgos del verdadero discípulo y, posteriormente, de la verdadera comunidad cristiana.
Reflexiones
1ª) ¡Siempre en camino hacia Jerusalén y hacia el mundo para invitarlo a la salvación!
Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Es una de las siete veces que el autor recuerda al lector que Jesús va hacia Jerusalén. Tiene especial interés en que el lector no pierda de vista este telón de fondo que colorea sus enseñanzas. Y en ese camino ascendente, Jesús sigue realizando su misión, que es enseñar y proclamar el Reino de Dios, y lo hace en todas las ciudades y aldeas por las que atraviesa en su itinerario. Jesús invita y, en cierto modo, urge a que todos puedan participar de la salvación que se va a consumar en Jerusalén. Lucas quiere mantener un clima de tensión hacia el centro de la salvación. Es una de sus ideas preferidas y que jalonan y estructuran su relato. Ya desde el comienzo aparece esta visión universal: en la dramatización* cristológica que realiza de la obra de Jesús ( (Lc 2,30-32). De forma proléptica* pero muy sugerente, Lucas quiere que sus lectores de siempre lean su obra en esta clave que ilumina el conjunto.
2ª) ¡La oferta de Dios es sinceramente universal y para todos!
Señor, ¿serán pocos los que se salven? Esta pregunta dirigida a Jesús por un oyente anónimo, expresa y recoge una de las más frecuentes inquietudes que ha experimentado la Iglesia a lo largo de su historia (e indirectamente la humanidad entera). El Evangelio de Jesús se presenta como una oferta exigente para todos. Los hombres, en su experiencia humana, parecen encontrarse ante la imposibilidad de alcanzar la salvación. Para conseguir una respuesta lo más acertada posible es necesario tener en cuenta algunos elementos importantes. Por una parte, el Nuevo Testamento afirma que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tm 2,1-8). Por otra parte, en la predicación de Jesús encontramos un dicho que ha sido objeto de distintas interpretaciones. Se trata de la frase final con que termina la parábola de los invitados a las bodas: Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos (Mt 22,14). En la lengua hebrea y aramea no existe el comparativo y la relación más… menos y muchos… menos. Para expresar estas ideas lo hacen con los absolutos: muchos… pocos. Este sería el sentido: todos son invitados a participar de la salvación pero no todos responden. En la Institución de la Eucaristía, Jesús afirma, también en su lengua materna, que su sangre será derramada por la multitud o totalidad de los hombres. Todos estos testimonios abogan a favor de la convicción de que Dios quiere realmente la salvación de todos. ¿Qué impide la salvación? La repuesta libre del hombre que puede elegir. Lo que se nos ha dado gratuitamente hemos de conquistarlo para poseerlo. He ahí el secreto de la salvación. Todos pueden realmente participar en la salvación definitiva. Es necesario proclamar este mensaje a los hombres de nuestro tiempo.
3ª) ¡Hay que acertar con el camino y con la puerta!
Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos. Jesús ofrece una última recomendación. Lucas, que es el evangelista que más subraya la misericordia, la bondad y el amor de Dios, insiste, a la vez, en las exigencias prácticas y concretas del Evangelio para que se pueda conseguir lo que promete. Es necesario acertar con el camino que es Él mismo (Jn 14,1-6; Jn 10,1ss). Aunque pertenece a otra tradición evangélica y estos textos necesiten su propia interpretación, la referencia completa el pensamiento expresado por Lucas y enriquece la perspectiva: sólo por medio de Cristo Jesús, el Señor, se consigue la salvación. Ciertamente, el conocimiento expreso de Jesús puede darse o no, pero todos entran en la vida definitiva por Él. Esto quiere decir que Dios tiene muchos medios de conducir a los hombres, sus hijos, hacia el encuentro con su Hijo, Salvador universal, y hacia la salvación que a través de Él concede al mundo. Jesús, el Logos encarnado, alcanza a todos los hombres, y todos, a su manera, habrán de responder libremente para entrar en la salvación. Esta perspectiva es firme y segura. Es necesario acertar con la puerta. Los que tienen el privilegio de conocer el Evangelio, y a Jesús a través de él, son invitados a conocer siempre mejor a Jesús, su persona, sus gestos y sus palabras, y a tomar en serio su salvación.
Fr. Gerardo Sánchez Mielgo