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17 agosto 2016

Domingo 21 agosto: Homilías varias


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1.- MENSAJE UNIVERSAL DE SALVACIÓN

Por José María Martín OSA

1.- El espíritu del texto de Isaías es marcadamente universalista. Israel descubrió el universalismo de la salvación en la dolorosa experiencia de su deportación a Babilonia, al vivir entre los gentiles. El libro de Isaías se cierra abriendo el horizonte de una visión ecuménica y misionera: Yahvé reunirá a todas las naciones vecinas y les manifestará su gloria. Utilizando todos los medios humanos de transporte, las naciones del mundo llevarán a Jerusalén a los hijos de Israel que estaban dispersos. Esta gran repatriación será como una ofrenda a Yahvé y un reconocimiento de que él es el Señor y Dios de las naciones. En recompensa, Yahvé elegirá también de entre los gentiles a sacerdotes y levitas. En adelante, todos serán pueblo elegido, un solo pueblo elegido. En el salmo 116 podríamos hablar de un ecumenismo, que estrecha en un único abrazo a pueblos diferentes por su origen, historia y cultura. Estamos en la línea de la gran "visión" de Isaías, que describe "al final de los tiempos" cómo confluyen todas las naciones hacia "el monte del templo del Señor". Entonces caerán de las manos las espadas y las lanzas; más aún, con ellas se forjarán arados y podaderas, para que la humanidad viva en paz, cantando su alabanza al único Señor de todos, escuchando su palabra y cumpliendo su ley. Hoy día los teólogos hablan de una “religión universal” en la que todos invoquemos al mismo Dios. ¿Será posible? ¿Practicamos la tolerancia hacia otros credos y religiones?


2.- Perseverancia en un mundo hostil. El autor de la Carta a los Hebreos exhorta a sus lectores para que no se desanimen. Se dirige a unas comunidades cristianas en las que ya ha desaparecido el entusiasmo de los comienzos y empieza a notarse la vacilación ante las primeras dificultades y la persecución que padecen. La vida cristiana no es una vida en "un mundo feliz", sino lucha y responsabilidad en medio de un mundo hostil que contradice al evangelio. El misterio del dolor y de los sufrimientos que tenemos que aguantar por causa del evangelio se hace más aceptable para los que creen de verdad en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. De ello se habla precisamente en los versillos anteriores, en los que se afirma que Jesús es el "autor y el consumador de la fe".

3.- ¿Cuántos se salvarán? He aquí una cuestión que preocupaba a los rabinos en aquel tiempo y, no hace muchos decenios, a los teólogos católicos: el número de los que se salvan. Los rabinos consideraban que, para salvarse era necesario o poco menos el pertenecer al pueblo elegido, y esto pesaba más que una vida personal intachable. Por tanto, confiaban salvarse y que se salvarían también todos los hijos de Israel con muy pocas excepciones. Jesús no responde a esa pregunta, que es más teórica que práctica. Prefiere insistir en la necesidad y la urgencia de la conversión al evangelio. La "puerta estrecha" es una alusión al esfuerzo que requiere la auténtica conversión. No sólo es estrecha, sino que además puede cerrarse en cualquier momento; de ahí la urgencia: la conversión no puede dejarse para mañana. Jesús hace una llamada apremiante a todos los hijos de Israel, a quienes ha sido enviado por el Padre y que no acaban de aceptar su mensaje y su persona. Jesús ha venido "a los suyos", ha plantado la tienda en medio de su pueblo; pero ni los vínculos de la sangre, ni la aproximación física del Mesías al pueblo de Israel va a servirles de nada si no se convierten al evangelio. Lo que importa para la salvación es la fe y la comunión espiritual con la persona de Jesús. Porque lo que cuenta ya no es la descendencia de Abrahán según la carne, sino creer con la fe de Abrahán e incorporarse a Cristo y al Reino que él anuncia. Lo que salva es aceptar con fe el evangelio, que se presenta sin limitaciones raciales o nacionales y como un mensaje universal.

2.- TODA UNA VIDA EN CONFORMIDAD CON EL EVANGELIO

Por Antonio García-Moreno

1.- LA GLORIA DE UNA RAZA. "Esto dice el Señor: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua..." (Is 66, 18). Las fronteras cerradas y estrechas del judaísmo se rompen con la llegada del Mesías. Antes de venir Cristo, los judíos pensaban que sólo los hijos de Abrahán, los de raza hebrea, podrían entrar en el Reino de Dios. Llevados de esa enseñanza procuraban no mezclarse con los gentiles, hasta el punto de considerar que era una mancha entrar en una casa de paganos. En contraste con esta doctrina Jesús enseña que no es la sangre ni la carne la que salva, que no basta con tener por antepasados a los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob para entrar en el Reino.

Ante el escándalo de sus oyentes, Cristo llega a afirmar que Dios puede hacer brotar hijos de Abrahán, de las mismas piedras. Y que muchos de Oriente y de Occidente se sentarán un día en la mesa del Reino. Entre nosotros puede ocurrir algo parecido. Podemos pensar que por el mero hecho de pertenecer a una familia cristiana ya somos cristianos. Hay que salir de ese error. Se es cristiano no por unas creencias o por unas prácticas semanales, sino por toda una vida en conformidad con el Evangelio.

"Vendrá a ver mi gloria..." (Is 66, 21) La gloria de Dios, ese resplandor que llena de gozo y de paz el corazón del hombre. Ver la gloria divina, en efecto, es suficiente para colmar todas las ansias que acucian el espíritu humano. Buena prueba de ello es la exclamación de san Pedro cuando, en el Tabor, contempla por unos momentos la gloria del Señor y dice lo bien que se está allí. Es cierto que esa gloria sólo en el cielo se podrá contemplar plenamente, gozando sin término el mayor bien que jamás podremos ni imaginar. Pero también es cierto que el gozo de la vida eterna se comienza a gustar en esta vida de aquí abajo. Por eso los cristianos que son fieles son también felices.

El Señor, deseoso de nuestra felicidad, quiere adelantarnos algo de la dicha y la alegría del cielo. Por eso se preocupa de señalarnos bien claro el camino que hemos de recorrer por medio de sus Mandamientos, inscritos en nuestro mismo corazón como una Ley natural que determina lo bueno que nos beneficia y lo malo que nos perjudica. Es una Ley que él da a todos los hombres, pues todos están destinados a ser sus hijos, a gozar un día de la gloria eterna, y a pregustar, entre amarguras quizá, el sabor inefable de su cercanía y su amor.

3.- DIOS LLAMA A TODOS, PERO LA RESPUESTA HUMANA SIEMPRE ES INDIVIDUAL

Por Gabriel González del Estal

1.- Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Hoy día, los cristianos no podemos afirmar teológicamente que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación. Sería radicalmente injusto que millones de personas quedaran excluidas de la salvación, por el sólo hecho de no haber conocido a Cristo y no haber sido bautizadas en su nombre. Toda persona de buena voluntad, que acompaña con obras buenas su fe en Dios, sea del país o de la religión que sea, es una persona agradable a Dios. Dios no hace distinción entre razas, culturas, o ritos; sí hace distinción entre personas buenas, que hacen el bien, y personas perversas que hacen, libre y voluntariamente, el mal. Naturalmente, que nosotros, los cristianos, consideramos como una gracia especial el conocer a Jesucristo y creer en él y en su evangelio. Creemos que es una gracia especial conocer a Jesucristo y considerarlo como nuestro único mediador, porque en Cristo y por Cristo Dios nos concede la salvación. Pero, como ya nos advertía san Agustín, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Aunque Dios nos llama a todos, no todos respondemos adecuadamente a su llamada. En el evangelio de este domingo, según san Lucas, se nos dice que nos esforcemos por entrar en el Reino por la puerta estrecha, siguiendo el ejemplo de Cristo, porque Cristo es nuestro camino y nuestra verdad y nuestra vida. Para ser buen cristiano hay que estar dispuesto s sufrir por Cristo y a luchar contra el mal. No nos valen las medias tintas; sólo los esforzados entrarán en el Reino de los Cielos, no nos bastará haber dicho “Señor, Señor”, sino habernos esforzado en todo momento en cumplir la voluntad del Padre. Así lo hizo Cristo, así debemos hacerlo todos los cristianos, y así tendrán que hacerlo todas las personas que quieran acompañar a Cristo en su Reino.

2.- Yo vendré para reunir a los países de toda lengua… y anunciarán mi lengua a las naciones. El tercer Isaías, en estos últimos capítulos del libro de Isaías, quiere animar a su pueblo en tiempos del postexilio, y les dice que Dios hará a Sión y a Jerusalén el centro espiritual del mundo y que hacia allí vendrán personas de todos los pueblos de la tierra, y anunciarán la gloria de Dios a todas las naciones. Ya no será Israel el único depositario de la promesa, sino que a través de Israel serán llamados a la salvación todos los pueblos de la tierra. Es un texto precioso, porque es una confesión clara de la universalidad de la salvación que Dios nos ofrece a todos. Los judíos, el pueblo judío, siempre pensaron en Dios, como su Dios, porque ellos se consideraban el único pueblo elegido. Estas afirmaciones católicas, es decir, universales, que se encuentran en algunos libros del A. T. debemos considerarlas como anticipo de la catolicidad de la religión cristiana que vino a anunciarnos Cristo en su evangelio y que quiso hacer realidad en la predicación e instauración del verdadero Reino de Dios. Los cristianos nos consideramos hermanos de todas las personas del mundo, porque, con nos dirá san Pablo, nuestra fe en Cristo no hace distinciones entre judíos y paganos, hombres o mujeres, razas o etnias.

3.- Hermanos: Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos? Este texto de la Carta a los Hebreos nos habla de un tema distinto al tema de las dos lecturas anteriores: del tema de la corrección paterna. Es un tema que debe venirnos bien a nosotros, en los tiempos en los que estamos viviendo. Hoy no parece estar de moda la corrección, ni de los padres, ni de los educadores, ni la corrección fraterna en general, pero tenemos que reconocer que la corrección es una obligación de todos los que tienen obligación de educar a alguien. Sin corrección no hay verdadera educación. No digamos que a la corrección debe sustituirla el amor, porque la verdadera corrección siempre debe ser fruto del amor. Corregimos a una persona porque la amamos y queremos lo mejor para ella. No es fácil practicar la corrección acertadamente, ni acertar con el momento más oportuno, ni acertar con las formas más eficaces. Pero por el hecho de ser difícil no podemos renunciar a ella, porque, como también se nos dice en esta Carta a los Hebreos, “ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz. Pues, que así sea.

4.- ¿NOS IMPORTA SI SEREMOS MUCHOS?

Por Javier Leoz

Jesús no apuntaba tanto hacia la cantidad cuanto a la calidad de los llamados. ¿Qué hay que hacer para alcanzar la salvación? Su mensaje es un mensaje universal (no para un grupo determinado) y es excluyente para aquellos que practiquen la injusticia.

1. ¿Nos preocupa la salvación? ¿Nos preocupa a los cristianos contemporáneos saber si nos salvaremos o no?

-Hemos predicado durante tanto tiempo el amor ilimitado de Dios que prácticamente hemos llegado a la falsa conclusión que, aquí, todo el mundo entrará por la puerta grande del cielo (aunque haya sido un ladrón) porque la misericordia de Dios puede sobre todo y con todo

-Hemos incidido tanto en la justicia social (compromiso activo en favor del mundo y de sus nobles causas) que hemos inclinado la balanza a una especie de “ONG” que nos procura la salvación sistemática. Y, el Papa Francisco, ya en el inicio de su pontificado, nos advertía que la Iglesia, desde luego, no es ninguna ONG. Que responde a otros fundamentos más elevados y sobrenaturales.

¿Quién de nosotros no oye con cierta frecuencia aquello de “lo importante es no hacer mal a nadie”?.

Será bonito trabajar en pro de la justicia, del bienestar, y del progreso de los pueblos. Pero, para eso, no hace falta ser cristiano; con ser un buen ciudadano bastaría.

La novedad de un cristiano estriba en que precisamente, una vez descubierto a Jesús como el mejor tesoro, es urgido y empujado a sembrar el bien arrastrado e interpelado por la presencia de Dios en su vida (no movido por meros afanes sociales).

2. ¿Serán pocos o muchos los que se salven? Estoy convencido de que en el mundo existen cientos de miles de personas que coinciden con los esquemas y las líneas trazadas por Jesús para el establecimiento de su reino. Pero, de igual manera, también estoy persuadido de que hay otras tantas personas que intentan silenciar lo genuino del evangelio (el amor que Dios nos tiene) a costa de potenciar simplemente y funcionar con unos parámetros de valores éticos o humanos. Hoy se nos prepara para vivir en soledad. Hoy, se nos quiere hacer entender y hasta convencer irracionalmente, que el hombre está sólo. No quiero ni pensar en las consecuencias trágicas que le espera un ser humano desprovisto de la compañía de Dios.

El Evangelio siempre será una fuente o un manantial de los más elementales y óptimos valores a los que el mundo puede aspirar. Pero para eso… no vino precisamente Jesucristo.

-Vino para recordarnos que hay un Dios que nos ama con locura y que espera que en nuestros caminos le dejemos caminar junto a nosotros.

-Vino para hacernos saber que Dios perdona faltas y pecados, limitaciones y fragilidades pero que –por si lo hemos olvidado- también da a cada uno lo suyo por su única y magnánima justicia.

-Vino para recordarnos que, si somos hijos de Dios, somos hermanos y que por lo tanto estamos llamados a dar el callo a favor de la justicia y de la atención a los más necesitados.

-Vino, en definitiva, a darnos una palabra de aliento y de esperanza, de salvación y de optimismo que se sostiene en la seguridad de que hay un Dios que trasciende y deja pequeños nuestros pobres e interesados planteamientos.

3.- ¿Serán muchos o pocos los que se salven? Tal vez, hoy y aquí, es el momento de clarificar conceptos. El hombre no se salva por sus obras ni Dios es tan bueno como para llegar a ser “tonto”. La cuestión es saber si en el centro de todo lo que hacemos, decimos, pensamos y construimos… vamos poniendo a Dios o nos vamos pregonando a nosotros mismos.

4- UNA BONITA FÁBULA SOBRE LA “ORACIÓN”

“La brisa y el abrigo”

En cierta ocasión hicieron una apuesta el agua, el viento y la brisa. El juego consistía en comprobar quién era el más hábil para que, un señor que caminaba todos los días por una calle, se quitara su valioso abrigo.

El viento, impetuoso, contestó: ¡yo seré quien lo consiga! Cogió fuerza y sopló sobre aquel señor que se paseaba con su flamante abrigo. Éste, al sentir el aire, agarró fuertemente con sus manos el abrigo para que no se lo llevara aquella corriente traicionera.

Al día siguiente le tocó el turno al agua. Pensó; si descargo con furia sobre este señor, no le quedará otro remedio que desprenderse del abrigo si no quiere estropearlo. Y así fue. Comenzó a llover con intensidad. Pero, el señor del abrigo, sacó un paraguas de un bolsillo y además logró cobijarse en unos porches a tiempo.

No muchos días después, entre sonrisas y burlas, le tocó el turno a la brisa. Ésta era humilde, constante en aquello que se proponía y no solía maltratar a nadie. Cuando se dio cuenta de que, aquel señor, pasaba por la calle….comenzó a ser lo que siempre quiso ser: suave brisa con un poco de calor. El señor al sentir la presencia de una brisa tan agradable se dijo: “qué bien se va por esta calle”. Y se quitó el valioso abrigo.

Así es la oración que quiere Jesús. Confiada y suave. Constante y persistente. El Señor, que no se deja ganar en generosidad, nos da todo aquello que le pedimos con una condición: que lo hagamos con delicadeza, a tiempo y destiempo pero con amor. Como la brisa lo hizo con el abrigo de aquel paseante. Y, el Señor, nos abriga con su mano, con su paz y con su presencia. Se desprende de todo lo que haga falta…cuando lo pedimos con humildad y cariño.

5.- LA SALVACIÓN DE TODOS

Por Ángel Gómez Escorial

1. - El padecimiento del Hombre Dios en la cruz fue de tal dimensión que bien puede decirse que todos los pecados del género humano fueron saldados en ese momento. Los méritos de Jesús son infinitos, pero para que un hombre o una mujer se salven deben quererlo. La libertad humana es otro don de Dios que llega por semejanza con la mismísima divinidad y dicha libertad otorga, por un lado, un enorme merecimiento al hecho que querer salvarse y hacer lo posible para conseguirlo. Pero también la total posibilidad de oponerse al efecto liberador de la cercanía de Cristo y optar por otro camino.

2.- Por todo esto son totalmente compatibles la misericordia de Dios y su justicia. Es conveniente decir, además, esto en el presente Año de la Misericordia. Y esta diatriba que, a veces, ha ocupado muchas horas en las discusiones de los teólogos, toma otra dimensión sin tenemos en cuenta con todo su valor la realidad de la libertad individual humana. Es verdad que en magnitudes "operativas" será siempre mucho más grande la misericordia de Dios que la libertad de un hombre, pero está ultima es irreductible si el ser humano lo desea así.

3.- La acción de Dios no es un narcótico. Todos hemos de aceptarla conscientemente. De ahí que el mensaje de Cristo –que se refleja en el pasaje evangélico de este 21 Domingo del Tiempo Ordinario—adquiera forma de exhortación para modificar nuestras conductas. El camino de perfección no consiste en levitar a treinta centímetros del suelo. Se trata de un análisis permanente de nuestras actitudes en función de elegir la "puerta estrecha" que significa: la entrega a los demás, una austeridad en nuestra vida que no embote los sentidos para saber con exactitud qué es lo que tenemos que hacer y, sobre todo, un continuo esfuerzo por tener presencia de Dios.

4. - Hay gentes que han elegido consecuentemente la "puerta ancha". Y no lo niegan. Saben que están en una dirección que no responde a lo que algo en su interior les ha pedido. Algunos llegan a tener la clarividencia –por supuesto negativa—de que están enfrentados a Dios. Pero la mayoría de quienes traspasan el vado amplio andan engañados. El poder del Maligno se basa en el engaño. San Ignacio de Loyola que ha sido quien mejor ha comprendido el mundo interior del creyente recomendaba siempre realizar oraciones de discernimiento para pedir a Dios que la elección fuera la adecuada. El engaño del "enemigo de natura humana" como "sub angelo lucis" –bajo el aspecto de ángel de luz—es muy frecuente. La pirámide del engaño a veces es enorme y mantiene un entramado bien tejido de engaños para mantener al pecador enredado. No suele haber –como decíamos—aceptaciones objetivas del mal. En su mayoría son pertinaces engaños. Y ahí es donde actúa la misericordia de Dios de manera más eficaz. Hay que abrir los ojos del engañado y ponerle en situación de comprender su error.

5. - Por otro lado, en su contenido de valoración histórica el fragmento de San Lucas que leemos hoy tiene un contenido de advertencia específica a los judíos contemporáneos de Jesús. El Maestro les está indicando que pueden perder la primogenitura de pueblo elegido por Dios y que otros van a alcanzar dicha posición. La rebeldía –libertad colectiva—de los paisanos contemporáneos de Jesús, impidiendo la redención pacifica, trajo dicho apartamiento y la posibilidad de que otras gentes pasaran a formar parte del pueblo elegido. Es posible que en la psicología precisa de Jesús preocupase ese factor de manera muy importante. Él se había encarnado en el seno del pueblo elegido y para salvarlo. No iba a ser así. Sin embargo, dicho comportamiento le preocupa, y mucho.

6. - La conclusión útil para este día es que somos libres para elegir el camino que queramos. Dios nos ayudará con gracias suficientes para seguir el camino que conduce a la puerta adecuada, pero nuestra libertad es insoslayable y nuestra responsabilidad también. El esfuerzo personal para nuestra salvación existe y está ahí. Para obtener –incluso para desear—el regalo de la Gracia hemos de querer obtenerlo como una opción libre de nuestra condición humana. Pero, además, deberíamos -continuamente- dirigir nuestra oración a ese magnífico planteamiento, que, además, es un alto ideal: ¡Qué todos los hombre se salven!

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

PRECAUCIÓN

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- A veces caemos, mis queridos jóvenes lectores, en el error de creer que porque una cosa resulta bonita, ya es válida. Estoy pensando en las “misas bonitas”. Me propongo siempre que presido celebraciones, que, además del fruto sagrado de la Gracia, resulten interesantes, provechosas para el espíritu, que no sean aburridas. Sin pretender que se conviertan en misas divertidas. Porque de serlo puede uno vanagloriarse y creerse importante, además de pensar que Dios le debe a uno agradecer lo bien que lo ha hecho. Sin importarle, sin preguntarle si se ha obrado su buen querer.

2.- Me temo que un día, al presentarme ante Dios y contarle mi vida, me responda: en realidad no te conozco, deja pasar a los que dedicaron su vida a hacer el bien, sin sentirse famosos, sin estar satisfechos del todo, ni creerse buenos por adelantado.

3.- No busquéis misas bonitas y dejéis de asistir a la Eucaristía cuando no las encontréis. Acudid en busca de enseñanza, del alimento espiritual de la Palabra proclamada, exigencia de conversión o mejoramiento, que corresponde a la oración y el silencio aceptado y el contacto íntimo con el Señor, al recibir su Cuerpo y Sangre.

4.- Muchos desconocidos hay por el mundo que no saben cantar, ni tocar la guitarra, pero que acuden al servicio de los pobres, donde sea y mediante la organización que sea. Hay practicantes no creyentes, que valen más que los creyentes no practicantes.