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30 agosto 2016

Comentario al Evangelio del domingo 4 septiembre

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El texto hay que encuadrarlo en el marco del ministerio profético durante el camino hacia Jerusalén (9,51-19.27), que no es un mero viaje con un destino final. Es ministerio profético, una escuela de aprendizaje; una invitación a reconsiderar la propia vida. No tiene un destino cualquiera; termina en Jerusalén, allí donde se decide el final de la vida de Jesús, como se decidió el final de la vida de muchos profetas (Mt 23,37). 
El contexto inmediato (14,15-24) es la parábola del banquete. En ese texto la perspectiva del mensaje es la invitación general a participar del banquete del Reino, desdeñada con ligereza por los invitados que excusan su asistencia con el pretexto de sus intereses personales.

Aquí, a pesar del dato del v.25, no estamos ante una enseñanza dirigida “a las multitudes”, sino a los discípulos, y no se trata de una enseñanza relativa al Reino sino a la adhesión personal de cada discípulo a Jesús («viene tras de mí; para ser discípulos mío»). Esta enseñanza, que aparece también en 9,57-62 y 19,24-30, está colocada justo a mitad de ese camino a Jerusalén y, dado que se produce en un momento en el que Jesús instruye a los discípulos con más detenimiento, está mucho más desarrollada. 
Los vv.26-27 son dos dichos paralelos sobre el discipulado. El primero tiene como centro «odiar padre, madre, hermanos, esposos, hijos…». La expresión suena fuerte en griego y castellano, pero debe entenderse en el trasfondo semita no como una invitación a una actitud psicológica de repulsa en el afecto, sino más bien como una advertencia a la hora de clarificar las prioridades en la elección (Mt 10,37). La indicación de Jesús va dirigida a discernir no qué puede aportar uno a Jesús cuando decide seguirle (edad, cualidades personales, contactos…), sino a qué está dispuesto a renunciar, primero en el orden de los afectos más enraizados en el corazón humano; después, en el de los bienes. En el segundo dicho se advierte al discípulo que esa disposición a la renuncia es a precio de cruz (en la escuela de cruz), la que dio sentido a la vida de Jesús, la que constituye el destino final del camino profético, y que puede suponer para el discípulo incluso el martirio. 
Los vv.28-32 presentan dos ejemplos a modo de parábola que dan por supuesta la posibilidad del fracaso en el seguimiento (como en los ejemplos de la construcción y la batalla) y son, por tanto, una invitación al serio discernimiento que se espera de quien desea ser discípulo (una empresa mayor que la de construir o guerrear), porque Jesús advierte que, si no se está a la altura de la exigencia, mejor no emprender el camino. No todo seguimiento de Jesús es igual o exige el mismo compromiso (Mc 5,18-19); pero lo que no cabe en un discípulo (en Lucas una expresión que abarca a todos los creyentes) es un seguimiento “tacaño” o engañoso, en el que el discípulo quiere “que Dios venga a donde él quiere” (Ejercicios de San Ignacio 154). El seguimiento de Jesús no es uno más de los buenos propósitos que podemos hacer; no es un mero interesarse por la cosas de Jesús. El seguimiento de Cristo es entrar en su séquito y participar de sus trabajos, y eso precisa reflexión, discernimiento y estrategia; una clara y honesta lectura del presente en vistas al futuro. 
El v. 33 cierra la enseñanza apuntando en clave de advertencia otra enseñanza muy propia de Lucas, que desarrollará en los domingos siguientes: el imprescindible discernimiento de la preferencia en los afectos que nos ligan a los bienes, también a los que pertenecen a uno legítimamente, y cuestionan la sinceridad del seguimiento del discípulo. 
Junkal Guevara Llaguno